Opinión | Tribuna
Vivir en un parque temático

Turistas en la Plaza de España. / Jose Manuel Vidal / Efe
En el desierto de Tabernas, en Almería, hay todo un poblado del lejano oeste. Son los decorados donde se rodaron algunos de los westerns del mítico Sergio Leone. Es una ciudad completa, con sus casas, tiendas, una cuadra, un salón, una iglesia… todo falso. Allí trabaja un puñado de vecinos de los pueblos de alrededor. Cada día se disfrazan de vaquero o corista y, para deleite de los turistas, hacen como que viven en el lugar.
Últimamente, tengo una pesadilla recurrente en la que los responsables municipales de Sevilla visitan esa atracción y vuelven con la idea de proponer a los sevillanos que nos vistamos de figurante y paseemos por las calles del centro para completar la oferta turística de la ciudad. No es una distopía imposible. Todo lo contrario.
Cada día son más los barrios convertidos en meros decorados vacíos. Calles enteras donde apenas viven vecinos, de modo que tras las fachadas que admiran los viajeros que paran en nuestra capital solo hay alojamientos turísticos para ellos mismos.
Es un auténtico urbanicidio. Aunque nuestros gobernantes, vendidos a los intereses del insaciable sector hostelero, no se den cuenta una ciudad no es solo un decorado de tramoya. La ciudad la hacen sus gentes. Las mismas que periódicamente elegimos a los alcaldes mediocres en cuyas manos estamos.
Hace solo unos días el regidor que ahora nos gobierna igual que antes gobernó Tomares ha vuelto a decir que en Sevilla aún caben muchos turistas. Que hay hueco para más gente, más hoteles, más apartamentos turísticos.
Visto que los turistas no votan en las elecciones municipales, solo se me ocurre una razón para que este señor con mentalidad de urbanización de medio pelo y todo su gobierno municipal se empeñen en expulsar a los sevillanos de la ciudad: a lo mejor están convencidos de que quienes los han puesto en su sillón no son los ciudadanos, sino las empresas hoteleras. Así que no dudan en sacrificar la esencia de lo que somos por su avaricia de la ganancias fáciles.
El problema es mucho más profundo de lo que parece. De una parte está la terrible pérdida cultural. Nuestra ciudad se desvanece. Se van los vecinos de siempre y con ellos también los puntos de encuentro, las costumbres más señeras y hasta una forma de hablar. Cierran tiendas, los bares cambian su fisionomía y se pierde hasta la gastronomía tradicional: cada vez es más difícil responder a la pregunta de qué se come en Sevilla. Supongo que paella congelada y tartar de atún.
Los mismos sevillanos empezamos a ir al centro solo de excursión. A recordar los boquerones en adobo de la calle Tetuán o tanques del Tremendo en escapada melancólica y folclórica. Los exiliados de Sevilla, amputados de su memoria sentimental, regresan casi exclusivamente para las fiestas. Caminan mirando alrededor y comentan los cambios del paisaje urbano. Los antiguos habitantes de Triana vuelven al barrio para la velá y los de la judería, San Román o la Macarena lo hacen en Semana Santa. El turismo también es interior. Y a veces, forzado.
De otra parte, la obsesión municipal por traer más y más turismo determina la economía y hasta el urbanismo de Sevilla. Nos venden que el progreso económico consiste en trabajar todos de camareros, cocineros, recepcionistas o limpiadoras en los hoteles que sus amigos ricos construyen sin parar en cualquier edificio que se queda vacío. Igual que hay quien vende su alma al diablo, Sevilla debe venderla al turista. Sacrificada en el altar de las ganancias empresariales de un puñado de listos con buenas conexiones que viven del pelotazo.
Peor aún, la ciudad que se piensa para los turistas es diferente de la que se construye para vivirla. Para el visitante la calle es un lugar a visitar; mitad atracción, mitad espacio vacacional. Caminan en masa, despacio, tomando fotos de todo; recreándose en los detalles. Si acaso se paran a tomar un refresco rápido y barato entre monumento y monumento; luego a comer lo que les den, rodeados de carteles de toros y trajes de flamenca.
Los que vivimos la ciudad usamos las calles de otro modo. Necesitamos poder circular por ellas para llegar de un lugar a otro, al trabajo o de compras. Nuestra ciudad tiene que tener tiendas y transporte eficaz y accesible. Debe estar salpicada de espacios culturales y educativos. De colegios accesibles, residencias de ancianos y ambulatorios.
Todo eso le parece superfluo al alcalde que llegó del Aljarafe y hace esos llamamientos a que vengan nuevas masas de turistas. La nueva planificación urbanística no encuentra solares para hacer colegios y autoriza a que todos los puestos de los mercados se conviertan en falsos bares típicos.
El ayuntamiento regala cada solar, cada edificio vacío a hoteleros amigos. Mantiene cerrados los teatros, pero abre museos absurdos que atraigan a turistas despistados. Premia a los empresarios que crean cadenas de restaurantes sin cocina propia ni personalidad alguba. Peatonaliza calles donde ya no pueden vivir vecinos, para que el turista pueda pasear y se abran franquicias desangeladas y veladores cutres. Mientras, la gente que antes era la ciudad se refugia en el Aljarafe o las afueras. Ese es el modelo.
Lo que un día fue Sevilla, donde se desarrollaba un modo de vida propio, con su música popular, su habla y sus leyendas hoy es un precioso decorado vacío. La Sevilla actual sobrevive en las barriadas. Sin conexión con la historia, se construye a golpe de rap, de mercadillo dominical y de bares de desayuno. La antigua es ya solo una postal, al modo de los paisajes pintados que ponían de fondo en sus estudios los fotógrafos antiguos. Vengan, háganse su foto, pasen por la caja de unos emprendedores aprovechados y vuelvan a su avión.
Al construir el parque temático de Isla Mágica pusieron un trozo de muralla, copia fidedigna de un fuerte que hay en Cartagena de Indias, para que los niños pudieran sentirse como auténticos piratas. Pronto, en manos de los desalmados que gestionan lo que debería ser de todos, toda la ciudad será tan auténtica como esa muralla de cartón piedra. Estamos a nada de que nuestro pomposo alcalde nos ofrezca trabajar de figurantes, paseando por la ciudad disfrazados de Carmen la cigarrera para que el turista desarrolle la experiencia inmersiva en la Sevilla de verdad. Al tiempo.
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