Opinión | Azul Machado
Romanticismo, Rebeldía y Betis

Entrenamiento que se celebra, este sábado, a puertas abiertas. / Raul Caro / EFE
Le oí decir a un bético una vez que es del Betis hasta cuando gana, por eso zozobramos cuando nos mete en ese estado de gracia de dos partidos seguidos ganados, será por eso de la inderrocable moral a prueba de derrotas, que diría el poeta y que tanto reivindico, el si gana viva el Betis y si pierde, que viva el Betis.
El Betis es como la vida; desesperanza, alegría y sufrimiento, tiene esa carga emocional que conlleva y tanto me emociona
Yo soy bética además de porque sí, por una cuestión de identidad, más allá del testigo que heredé y herederán, de ese sentimiento al que siempre se vuelve porque nunca nos vamos, por la lealtad y la memoria de los que fueron, quedándose en nosotros, que es como tener los pies en la tierra y en el cielo a la vez. Y porque el Betis es como la vida; desesperanza, alegría y sufrimiento, tiene esa carga emocional que conlleva y tanto me emociona, llenándome de entusiasmo solo por la reivindicación íntima de los instintos que me supone ser bética.
Como un oxímoron, el Betis es una mezcla de incomprensibles aciertos y comprensibles desaciertos, es ese pellizco, ese relámpago que no obedece a nada y que marca la pauta con su jerarquía de hacer fácil lo difícil y viceversa, ganando con quien se supone no debería ganar y perdiendo con quien se supone, debería ganar, ya que perder nunca pierde porque cuando pierde, siempre gana.
El del romanticismo y la rebeldía de su filosofía de Manquepierda y el del privilegio de cualquier muestra de su irracionalidad, la adversidad que se afronta de otra manera
¿Cuántos Betis hay dentro del mismo Betis?, el añejo de fotografías en blanco y negro, campos de albero, botas de vino, autocares, rifas, Tercera División, camisetas de algodón, esfuerzo, sacrificio y lágrimas, el de la gloria y el fango, el Campeón de la última liga de la República y primera Copa del Rey de la Transición, el anárquico, el pasional, el familiar, el de la corona, el que no lleva corona, el que juega en casa aunque juegue fuera. El del romanticismo y la rebeldía de su filosofía de Manquepierda y el del privilegio de cualquier muestra de su irracionalidad, la adversidad que se afronta de otra manera, el aprendizaje del sufrimiento o el tesón, y porque el nexo que nos une va impregnado de alegría y anarquía, ya que el Betis es ante todo contradicción, por eso tuvimos que anunciar los goles con tiza sobre un paraguas en aquella feria del 35, por eso eliminamos al Milán en la Recopa con aquel gol de López en San Siro y bajamos a Segunda acto seguido, y por eso ganamos la segunda Copa del Rey pasándolo regular en una lluviosa tanda de penaltis en Alcalá de Guadaíra que acabó trayendo el pase de Champions.
Por encima de todo prevalecerá siempre el mensaje de que al Betis hay que quererlo siempre, más allá de las victorias, porque en las derrotas lo queremos por instinto y sabemos que gane o pierda, nunca perderemos la humildad de su grandeza porque es algo intrínseco a su escudo, algo inexorablemente bético.
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