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Opinión | Mollete de calamares

No hay naranjos en Madrid

Naranjos en flor

Naranjos en flor / A.J. González

Un año más llegó el momento de buscar signos de la primavera en una ciudad que no me deja verlos. De camino al trabajo localizo cada año algún arbolucho extraño del que brotan unas flores blancas, como plumas, que me recuerda la fecha en la que nos adentramos. En el parque donde juego con mis hijos descubro algún ejemplar que brota en un rosa apagado que apenas dura unos días. Me arrimo, sin llamar la atención, y acerco la nariz. Pero esas flores me devuelven la nada y la confirmación de que en Madrid no hay naranjos. La certeza, un año más, de que el azahar está demasiado lejos.

El olfato es el sentido de la memoria. La neurociencia ha probado que un olor estimula directamente un recuerdo almacenado en nuestro cerebro. Un chute de azahar recorre nuestro sistema nervioso y nos golpea en el alma de manera que, de repente, nos hace sentir que todo está donde debe estar. Que la vida vuelve a nacer una nueva primavera. Que los días grandes de nuestra tierra están a la vuelta de la esquina. Ese olor nos coloca y nos descoloca porque penetra hasta el fondo de nuestra memoria y nuestros sentimientos.

Si lees estas líneas desde nuestra Andalucía, si estás en Sevilla o en Cádiz. Si te pilla este artículo en Córdoba, Huelva o Málaga. Si tienes la fortuna de estar este martes estrenando mes de abril en Granada, Jaén o Almería, aprovecha e imprégnate de una primavera que en ningún lugar se espera y que en ningún sitio se quiere como la esperamos y la queremos en nuestra tierra. Siéntete privilegiado y renueva el ritual que quienes estamos lejos no podemos cumplir. Piensa que no hay naranjos en Madrid y embriágate a la salud de los exiliados.

Madrid pasa del frío al calor sin darle demasiada importancia. De marzo a este brillante primero de abril, sin pena ni gloria. Ignorando la secuencia de emociones que en el sur nos atropella desde ahora hasta las calores del verano

Mientras Andalucía se acerca a los días más felices, en Madrid la vida pasa como siempre. La primavera arrastra los pies de manera tenue. Un ramillete de margaritas plantadas en una rotonda, los primeros brotes de los árboles de la Ribera de Curtidores. Las terrazas se llenan de bebedores de Mahou y asoman las primeras mangas cortas. Escaso botín que me recuerda que la primavera ya está aquí y que lo que para mí es un día más en mi rutina en la gran ciudad, es víspera de ilusión desbordante a 500 kilómetros al sur.

No hay naranjos en Madrid. Sin azahar ni espera ilusionada. Aquí los niños no aguardan el estallido de una flor que es símbolo de nuestra esencia. Madrid pasa del frío al calor sin darle demasiada importancia. De marzo a este brillante primero de abril, sin pena ni gloria. Ignorando la secuencia de emociones que en el sur nos atropella desde ahora hasta las calores del verano. Ni azahar, ni incienso, ni espinacas con garbanzos, ni bacalao, ni los caracoles que vendrán. Nada en mi barrio madrileño hace presagiar que la primavera ya ha reventado en nuestra cara para volver a colmar nuestros sentidos con la ilusión de un niño. Agárrala fuerte y disfrútala, tú que puedes.

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