Opinión | Azul Machado
La cofradía romántica

Santísimo Cristo de la Exaltación. / El Correo
Tras la finalización del Viacrucis, el paso de misterio quedará un año más completado y levantará la misma expectación de siempre cuando por la ojiva de Santa Catalina se adivine la majestuosidad de su trasera.
Tras discurrir por Peñuelas, San Román, Bustos Tavera, Doña María Coronel y Capataz Manuel Santiago, llegará al cruce de caminos infranqueable del testigo excepcional que en su historia supone la complicidad de la taberna del Rinconcillo, donde la irreductible guardia de soldados de pavía y coroneles atesora una memoria en común, por cuyas ventanas se han asomado casi los mismos años de historia compartida. Testigos excepcionales son del discurrir de una cofradía romántica, de cinturones de esparto, melancolía de vencejos y luna llena de Jueves Santo, cuyo epicentro confluye en la bifurcación que marca el arco de herradura, la cruz de hierro, Santa Lucía con la espada y el platillo y quien desde lo alto, junto al alminar, hila mis recuerdos uno a uno entre su palma y la rueca.
La Virgen, con sus lágrimas envueltas en manto de tisú, esperará a que suban al Cristo a su paso, acto seguido, para que todo vuelva a su momento, la historia paseará entre los exvotos de Santa Lucía
En la puerta, el retablo protegido por el cristal mirará su propio paso, entrará el Señor, se mirarán para volverlo a hacer una vez la característica cruz de guía llena de los elementos de la pasión, pise los adoquines que anuncian que los recuerdos vuelven de nuevo, para enredarse entre los callejones de Feijoo, Alhóndiga y San Felipe, por donde aún huele a la harina de Alcalá de la panadería de Amalia.
Excepcionalmente, ese recodo no tendrá motos, ni bicis, ni camiones descargando refrescos, ni veladores, la puerta por donde cada Jueves Santo se asoman todas mis semanas santas quedará libre, solo ocupada por los pies de los hermanos. En esa misma puerta, el cuerpo de priostes ha tenido la genial idea de sacar la cofradía a la calle, montando la limpieza de los enseres en la acera, ante la expectación de muchos y la sorpresa de otros, ofreciendo la oportunidad, desde una perspectiva única, de observar las capillas que sustentan los varales, los candelabros de cola, los campanarios de sus remates o el original y único cristal de su candelería.
La Virgen, con sus lágrimas envueltas en manto de tisú, esperará a que suban al Cristo a su paso, acto seguido, para que todo vuelva a su momento, la historia paseará entre los exvotos de Santa Lucía, la qubba que albergará el altar de insignias, el altar mayor, el cristal de vértigo de la entrada, donde se divisa la cripta con restos de tres civilizaciones y la joya del barroco que encierra la capilla sacramental, verdadero tesoro de la Hermandad.
El paso espera al Señor, que volverá a mirar el artesonado mudéjar de madera y las bóvedas de crucería gótica hasta que en unos días, el crujir de las nueve trabajaderas con sus hombres valientes portando sus cuatro siglos de historia
El paso espera al Señor, que volverá a mirar el artesonado mudéjar de madera y las bóvedas de crucería gótica hasta que en unos días, el crujir de las nueve trabajaderas con sus hombres valientes portando sus cuatro siglos de historia, enfile la estrechez de Gerona, custodiado por su capataz, los ángeles de sus esquinas de la Roldana y los dos caballos, que junto al perfil de la cruz, las cuerdas y los sayones, recortarán el cielo entre la modernidad de las Setas y las azoteas, dibujando un claroscuro entre el sol del atardecer de Jueves Santo, el incienso y el perfil de su barba, tan característico del círculo de Roldán.
Mientras llega el día de la salida, los ojos observarán la magnitud del paso de misterio, ya con el Cristo dispuesto. Se detendrán en los mejores ladrones, los más sevillanos, que se desmarcan del resto según dispuso Luisa Roldán, marcando la diferencia entre algunos sayones, los que tiran de la cruz, los que ayudan a levantarla, el soldado romano a pie y el centurión que porta la sentencia, junto a los dos portentosos caballos que siempre fueron dos, aunque haya quien se pregunte si fueron cuatro. Lo mejor será explicarles que llevan razón, porque se esconden en las cartelas situadas en los respiraderos, donde la gubia de la Roldana los dejó tallados para la eternidad, como prueba de la grandeza discreta y romántica que tiene mi cofradía.
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