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Opinión | Semana Santa

Sevilla

Profesión de fe

El palio de la Hermandad sevillana de Los Javieres a su paso por la Cuesta del Rosario.

El palio de la Hermandad sevillana de Los Javieres a su paso por la Cuesta del Rosario. / Raúl Caro / EFE

Esto ya está aquí. Las calles de azahar. Las papeletas de sitio. Los palcos en la plaza de San Francisco. De nuevo la ciudad suena a marchas y sabe a torrijas. Vuelve el rito.

Cada uno se prepara a su manera. Quien más y quien menos intenta conseguir un programa. Hay quien plancha ya la túnica y quien anda buscando algo que estrenar el Domingo de Ramos.

En este ajetreo, mientras los niños intentan encontrar la bola de cera del año pasado, vuelven también los plastas a machacarnos con sus tópicos. Los cronistas de la ciudad, que solo escriben con hilo de oro. Los cofrades más arrogantes, que sientan cátedra en las tertulias y los bares. Todos con la matraca de que hay una única forma de vivir la Semana Santa. La suya. La de las clases altas que siempre han mandado en esta ciudad vetusta. 

El ruido de esos tontos de capirote se multiplica en los tiempos que corren, de redes sociales y desprecio a lo popular. Un grito recorre los cenáculos capillitas: ¡cofrades, a las redes! A criticar las sillitas; a escandalizarse de los gritos de fervor; a ridiculizar a los que van muy pronto a esperar que pase la Esperanza...Y a los que llegan muy tarde y molestan mientras pasa la cofradía.

La tradicional turra de los pregoneros de pacotilla, que se creen guardianes de las esencias, se multiplica en la voz de estos petimetres, uniformes y uniformados. Es un chaparrón de topicazos que cala más que la lluvia de estas últimas semanas y que amenaza con deshumanizar nuestra celebración.

En contra de las apariencias, nada es eterno y casi nada realmente antiguo en nuestra Semana Santa. Tradiciones que parecen eternas llevan unas pocas décadas entre nosotros. Hace cincuenta años todavía a veces los costaleros meaban debajo del paso dejando un charco pestilente al avanzar. No hace mucho más desde que un costalero con retranca inventó el grito de "al cielo con ella" para desafiar a unas catenarias del tranvía. Yo mismo he salido de acólito de pago en el Baratillo, contratado a la puerta de la capilla un rato antes de que formara la cofradía, y no hace tanto.

Yo mismo he salido de acólito de pago en el Baratillo, contratado a la puerta de la capilla un rato antes de que formara la cofradía, y no hace tanto

En los últimos años la evolución se ha acelerado. Hay nuevas cofradías que llegan de barrios lejanos en recorridos interminables. Las mujeres se han integrado felizmente en los cortejos aunque las tertulias, los consejos y las esencias aún apesten a testosterona. Las cofradías han inventado himnos que sus fieles cantan en la calle como gesto de afirmación. Todo eso es tan nuevo como las holy cards. El éxito de esta semana grande radica en la capacidad de integrar todo eso con la tradición. El encaje delicado entre lo que somos y lo que cambia.

La magia de estos días descansa sobre la falsa convicción del eterno retorno. Es una marea de sensaciones que nos conecta con lo que somos desde siempre. No solo los ritos, también lo físico. Entrar en una nube espesa de incienso. La opresión de la bulla. Las marchas que llevamos una vida oyendo (el solo de flauta antes de que rompa Rocío; la rítmica repetición de Amarguras). El siseo que anuncia una saeta lejana. El roce del ropaje áspero de un acólito. Todo eso nos emociona porque nos recuerda a nosotros mismos. A lo que fuimos: nuestra ciudad particular, nuestras abuelas, nuestra infancia. Las semanas santas, como los veranos, son todas diferentes y todas parecidas.

La mayor amenaza de la Semana Santa está en que la masiva incorporación de de los últimos años se está produciendo bajo los falsos parámetros impuestos por los que se presentan en público como sus dueños. Sin referentes personales, oleadas de chavales se creen el rollo de que solo se puede disfrutar desde la perspectiva estrictamente religiosa, igual que se creen el rollo de que la auténtica estación de penitencia es solo la de los nazarenos de ruán y su aburrida disciplina. Los nuevos tontos de capirote se emocionan lo mismo con Santa Cruz que con la Estrella, con la Virgen de Nervión que con la de san Antonio Abad. La mismas marchas. La misma forma de andar; iguales las flores y prietas las filas. A rezar a todos por igual.

Lo que ha hecho especial a nuestra semana santa es la capacidad de cada cofradía para sublimar la personalidad de su barrio

El futuro de la fiesta misma depende de la capacidad popular de resistirse a esas imposiciones involucionistas. La mayoría de los nazarenos de Sevilla nunca han ido de su casa a la hermandad por el camino más corto, ni sin hablar con nadie. Lo que ha hecho especial a nuestra Semana Santa es la capacidad de cada cofradía para sublimar la personalidad de su barrio. Esa diversidad impensable en pocos otros lugares del mundo que permite que convivan un nazareno de El Calvario, que se toma la estación de penitencia como una misa dominical en latín con uno de la Esperanza de Triana que aprovecha el amanecer para echarse un cafelito o un carajillo en un bar del Arenal. ¿Cómo va a ser lo mismo la personalidad seria y elitista del barrio de San Vicente que la alegre y popular del de la Calzada? Solo en Sevilla se entiende que un nazareno de San Bernardo puede ir en la cofradía, ya de vuelta, de la mano de su novia o su novio, mientras que sería impensable que lo hiciera uno de la Amargura. La devoción, incluso la religiosidad, de los aristócratas hermanos de El Valle se manifiesta necesariamente de manera diferente a la de los nazarenos de la Hiniesta. Si se pierde esa diversidad, la Semana Santa dejará de ser algo ontológicamente diferente de cualquier salida procesional en cualquier otro lugar del mundo.

Le pese a quien a le pese, no hay una única forma de vivir la Semana Santa. Y desde luego, los mandatos de la Iglesia Católica no son la única manera de manifestar la devoción popular en Sevilla. Más aún, los silenciosos nazarenos de negro de Los Estudiantes o El Silencio seguramente tienen menos de sevillano que los desordenados integrantes de las cofradías de barrio que llenan la ciudad de capas, dorados, caramelos y alegría. Los diputados de tramo llevan siglos intentando en vano que reine la disciplina en las filas de la Macarena, los Gitanos o, ahora, San Gonzalo. Y por mucho tiempo.

Cada cual reza como quiere. Y quien no quiere, ni siquiera reza. La Semana Santa es devoción por lo que somos y fuimos. Es también de quienes creen solo en una virgen, pero no en todas. Y de los ateos y los agnósticos, que creen en Sevilla y en el eterno retorno que vuelve con el azahar. En esta ciudad todos somos creyentes. 

Yo creo en el Cristo de los Despojos. Tallado en la cárcel de Sevilla por un rojo cuyo delito fue sumarse a las barricadas en las que el pueblo de la collación de San Marcos se defendía del golpe de Estado. Esa imagen que hoy procesiona por las calles donde el Arenal pierde su nombre salió de las manos de un hombre perseguido por sus ideas. Cada golpe de gubia era un acto de rebelión y sevillanismo en el que es difícil no creer.

Creo en el arrabal de San Bernardo, gentrificado hasta en su hermandad, que resiste bebiendo botellines mientras llega el Cristo de la Salud, que cada año tarda más.

La procesión de San Benito, un martes santo, por las calles de Sevilla. 16-04-2019 Sevilla.-Cvirus.- Cabrera considera que en diciembre podrán producirse salidas extraordinarias de procesiones. El Arzobispado de Sevilla ha dejado sin efecto las restricciones acerca del culto público, por lo que autoriza la vuelta de las procesiones en las calles "con normalidad", según informa en un comunicado. Para ello, monseñor Saiz ha promulgado un decreto este martes y que está publicado en la página web de la institución eclesiástica. POLITICA ESPAÑA EUROPA ANDALUCÍA ESPAÑA EUROPA ANDALUCÍA SEVILLA ECONOMIA SOCIEDAD MARÍA JOSÉ LÓPEZ - EUROPA PRESS

La procesión de San Benito, un Martes santo, por las Setas. / María José López / Europa Press

Creo en los niños que miran una a una las manos de los nazarenos de Los Negritos comprobando si aún las personas de esa raza se apuntan a la hermandad del Jueves Santo y creo en el mito de que aún hay nazarenos de Los Panaderos que reparten picos en vez de caramelos.

Creo en las poderosas madres del Tiro de Línea cargando bocadillos por las feas avenidas interminables y en las que van detrás del Cautivo, ejemplo de las mujeres fuertes y combativas que le dan sentido a la semana entera.

Creo en el sufrido capataz de Los Javieres que cada Martes Santo -y ya nunca más- tiene que aguantar el exagerado pánico de la multitud cada vez que un canto de la cruz roza la vetusta ojiva de Omnium Sanctorum.

Creo en los monaguillos del Museo, ese regimiento alegre, saltarín e incontrolable de enanos felices cargados de caramelos. Creo en ellos y en la santa paciencia de los diputados que a duras penas los pastorean.  

Creo en el himno de Andalucía sonando en el umbral de la iglesia del Cerro del Águila. Como creo en ese nazareno de la Veracruz que cuando la hermandad vuelve a su iglesia por el vacío de la Gavidia aún tiene que llamar a la puerta, a ver si le abren a un cristo tan chiquitito.

Creo en la virgen de la Hiniesta bailando al son de Campanilleros por callejuelas por las que no cabe y creo en la gente que llora en las bullas que rodea cualquier paso, porque la emoción del momento le hace olvidarse de los empujones.

Creo en el ángel de Montesión. Mi imagen favorita de toda la semana. Sublimación de la belleza andrógina. Turbador, hasta lo físico, en su perfección.

Creo en la rampa del Salvador porque sé que la ponen para que los niños juguemos en ella.

Y creo especialmente en los armaos de la Macarena que llenan el barrio de plumas y empujan a Pilatos de un costero al otro de la calle Parras. Y luego, cuando dejan a la Virgen en San Gil aún tienen fuerza para llenar el barrio de alegría y cervezas en la mañana de Viernes Santo. Por encima de todo creo en la Macarena.

Soy creyente, sin duda. Porque creo en todos estos grandes y pequeños milagros que se repiten en la ciudad sin necesidad de curas, de pregonero, de Consejo de Hermandades y Cofradías, ni de paletos enchaquetados. ¡A la calle!

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