Opinión | Semana Santa 2025
Carlos Rocha
En una esquina de Feria
Entre San Juan de la Palma, el Vizcaíno y el arco de la Macarena han crecido generaciones que aprenden a moverse con las espadañas y los veladores como guías

Estefanía Payán González
Hacerse adulto en Sevilla pasa casi de forma irremediable por la Semana Santa. Cuando ya no tiene uno edad de ponerse pantalones cortos y calcetines altos, llega un día en el que tu madre te lleva al Corte Inglés o al London de la calle Méndez Núñez para buscarte el primer traje de chaqueta. Supongo que en otras ciudades hay otros ritos de paso, pero me permito afirmar que la mayoría de sevillanos (y sevillanas) escapan por primera vez a la vigilancia paterna un Domingo de Ramos. “Niño, ven que te voy a hacer una foto con tu hermano”. Y te colocas, muy propio, en el salón de tu casa con ese traje recién estrenado, una corbata de tu padre y posas como buenamente puedes antes de echarte a la calle con tus amigos pertrechado únicamente del Llamador en el bolsillo interno de la chaqueta.
Cuando te bajas del Tussam, -si ya tienes una edad lo recuerdas en color naranja- sales al mundo sin saber muy bien donde estás. El centro está abarrotado, lo primero que ves es la torre mudéjar de Santa Catalina y su espigadísima palmera, aunque todavía no sabes que esa iglesia se llama así. Empiezas a callejear con una mezcla de ilusión y un cierto temor por lo desconocido. Llegas a una plaza de planta triangular con otra palmera y ves a un montón de gente arremolinada frente a la puerta de otra iglesia. “Están esperando que salga la Amargura”. Fundido a negro.
Han pasado ya muchos años de ese Domingo de Ramos y tengo canas en la barba. Ya sé perfectamente que esa plaza triangular es la de San Juan de la Palma. Paso todos los días por delante de la iglesia homónima en mi camino al trabajo y al caminar junto a la puerta principal, que da a la calle Feria, siempre miro y saludo a la que está en el fondo, en el camarín, como quien saluda a una vecina. En el bar de enfrente, que también se llama San Juan de la Palma, he dejado a la Tere, esa señora del pelo azul que forma parte del paisaje igual que el azulejo de la virgen de la Amargura.
Una iglesia y un bar son el binomio sobre el que se asientan los puntos cardinales de la educación sentimental del sevillano
Una iglesia y un bar son el binomio sobre el que se asientan los puntos cardinales de la educación sentimental del sevillano. San Juan de la Palma es el extremo sur del universo de muchos de nosotros y nadie lo dibujó como Manuel Chaves Nogales. Yo sé que citar al mítico periodista, nacido en la cercana calle Dueñas, está muy visto. Pero es inevitable. En su Juan Bemonte, Chaves dice que “nacer en la calle Ancha de la Feria y encararse con la humanidad que hierve en ella apenas se ha cansado uno de andar a gatas (…) imprime carácter y tiene una importancia extraordinaria para el resto de la vida, porque súbitamente la calle ha dado al neófito una síntesis perfecta del Universo”.

La Tere, una bandera palestina, el Vizcaíno y el Señor de la Oración en el Huerto, estampas de un Miércoles Santo. / Carlos Rocha
Yo no nací en la calle Feria, pero el adulto que soy no se entendería sin los caminos de ida y vuelta desde San Juan de la Palma hasta la Resolana, con parada de avituallamiento en la plaza de los Carros. Allí hay otro binomio iglesia-bar, el que forman la capilla del Rosario de Montesión y Casa Vizcaíno. Justo encima vive precisamente la Tere, a la que pillé asomada al balcón en un traslado del cristo de la Oración en el Huerto en la Cuaresma de 2024. En el balcón que había justo encima del suyo había una bandera de Palestina colgada. Un año después estábamos en el mismo punto Patri, Jesús y yo con la tercera cerveza de la noche cuando se abrió un portón y el paso de la Virgen del Rosario entró en su capilla casi sin hacer ruido. A nosotros se nos puso una sonrisa tonta y pedimos la última. “Esta ciudad es una cosa”. A los guiris que estaban en la mesa de al lado se les quedó cara de póquer. A unos metros de la capilla han abierto una consigna para maletas este año, señal del éxito que han tenido, después de años de intentos, las apuestas de los distintos alcaldes de Sevilla por expandir el turismo desde el núcleo Catedral-Alcázar-Archivo hasta el norte del casco histórico de la ciudad. No hacía falta, la verdad.
Ahora hay más ruido de trolleys en el laberinto de calles que beben de Feria y los pisos valen el doble que cuando yo empecé a vivir en Cruz Verde. Fue allí la primera vez que me despertaron las cornetas y tambores de la Centuria Romana Macarena. Para entonces, yo ya estaba conquistado. Mi conexión con la Virgen llegó antes y lo hizo, paradójicamente, desde Triana. Fue idea de Pilar que un día nos saltáramos las clases en la facultad para ir a recoger el Llamador en Canal Sur. Después cruzamos el río y nos acercamos a la basílica y desde entonces no hemos dejado de hacerlo.
Este año volveré a escuchar a los armaos desde casa porque después de un impasse de un año, volví al barrio de la Feria como el que llega a tierra prometida. La Tostaíta Veloz ya no se llama así -eso también es gentrificación- y la Macarena ya no pasa por allí. Pero esa es la esquina de Feria donde una vez me emborraché mientras la esperaba, a sólo unos metros del lugar donde aprendí a poner lavadoras y al lado de la cocina donde mi madre me explicó, al otro lado del teléfono, cómo se hace un puchero. En el Vizcaíno me tomé la última cerveza antes de que nos encerrasen por una pandemia que nadie sabía cuanto iba a durar. Pero también pasó.
Frente al arco, que no está en Feria pero sí en el extremo norte de ese universo, me paré frente al azulejo más bonito que existe para tomarme la cerveza con la que celebré, yo solo, que la noche antes mientras estaba en Madrid habían sacado a Queipo. Ya lo dijo Chaves Nogales. En el mundo sólo hay una veintena de calles como esta y hay generaciones de sevillanos que han aprendido a vivir entre sus espadañas y sus barras de aluminio mientras esperan una larga fila de nazarenos blancos, verdes, morados o negros. Yo tengo la suerte de ser uno de ellos.
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