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Opinión | A compás

Sevilla

Todo el mundo a bailar

Israel Galván en Sevillanas solteras

Israel Galván en Sevillanas solteras / Web IG / Ruiz Caro

En Rita, la ópera prima de Paz Vega como directora rodada en la Sevilla de los ochenta, la actriz Paz de Alarcón enseña “la cuarta” a la niña protagonista. “La sevillana es un baile de seducción”, le explica. “El primer golpe es que se menee el vestido, que to el mundo en la feria te vea el vestío, y las manitas pa’arriba, como si fueran palomas. Y la actitud, Rita, la actitud es lo más importante”, continúa, “y los ojitos mirando al techo. Ésos no, ésos…”, le bromea cómplice señalándole los pechos.

La escena, tan tierna como cotidiana, me retrotrae a una infancia de escaleras abiertas, donde se compartían ollas, saberes y confidencias; a una época de veranos eternos sin aire acondicionado ni vacaciones en la que no había más remedio para el aburrimiento que la imaginación; y también a una ciudad, pre Expo’92, ajena a la alta velocidad y a la turistificación, en la que, a partir de una edad, las niñas tenían que aprender a bailar sevillanas. Los niños o jugaban al fútbol o iban a karate.

Hace mucho tiempo que dejaron de celebrarse las tradicionales velás a las que iba con mi abuela Victoria para escuchar copla y ver bailar sevillanas durante horas.

Desconozco si quedan vecinas que retiren las mesas del salón para poner su arte al servicio de las más pequeñas del bloque o si las decenas de academias que llenaban sus clases mantienen hoy día el ritmo de entonces. Pero en mi barrio, en lugar de escuchar el bullicio del marcaje de los pasos, huelo al químico de los salones de uñas vietnamitas, y hace mucho tiempo que dejaron de celebrarse las tradicionales velás a las que iba con mi abuela Victoria para escuchar copla y ver bailar sevillanas durante horas. Aquí, en la de San José Obrero, descubrí, sin saberlo, a un jovencísimo y tímido Israel Galván que bailaba tenía de pareja de baile a Ale, la vecina de debajo de mi abuela y estrella de la barriada.

A él la experiencia de repetir una y otra vez la primera, la segunda, la tercera y la cuarta debió quedársele tan adentro que ha recurrido a ese imaginario en muchos de sus espectáculos, dedicándole incluso un monográfico en su última obra Sevillanas solteras. estrenada en el Teatro Central en noviembre del año pasado.

Admito la nostalgia de esa feria -y esa Sevilla- acogedora, amable, familiar y generosa en la que las botellas de manzanilla convivían con los tupper de tortillas caseras y pimientos fritos y las horas se pasaban cantando y bailando, sin stories ni discusiones por las llamadas perdidas. “El móvil se ha cargado la feria”, advirtió con su habitual sorna nuestro querido poeta y visionario de la Alfalfa, Pepe Serrallé, sabedor de la importancia de perderse.

“Por la dimensión propia a su grandeza, fiesta de tanta gente reunida en estado de alerta a las satisfacciones. Por el misterio de ser comunión de cada uno con los miles alrededor y juntos, secuencia formidable de casi todas las generaciones de sevillanos disponibles, allí en su mayoría, ejerciendo de artistas, embaucadores, ya sea con la palabra con el cuerpo o con los ojos sea”, retrata otro poeta, el flamencólogo José Luis Ortiz Nuevo, en su original y esclarecedora Guía de lo oculto y resplandeciente. La Feria de Sevilla, publicada en abril de 1990.

Llega esta feria tardía y quiero cansarme de bailar las sevillanas populares de Cantores de Hispalis, María del Monte, El Pali o Requiebros, la nueva de Omar Montes, y todas las que me sé sin acordarme quién las canta

Llega esta feria tardía y quiero cansarme de bailar las sevillanas populares de Cantores de Hispalis, María del Monte, El Pali o Requiebros, la nueva de Omar Montes, y todas las que me sé sin acordarme quién las canta. Sevillanas que, como apunta también Ortiz Nuevo en su libro, han estado “unas veces en gloria de triunfo y otras en desuso o menosprecio que de todo ocurre en esta tierra de novelerías” y, por ejemplo en los años 50 del pasado siglo, “las clases dirigentes del lugar consideraban al baile del país propio de gente baja, corralera” hasta que afortunadamente “los lustros inmediatos nuestros cambiaron la conducta bailable de las clases, de modo que lo considerado antaño, por los exquisitos, como soez, plebeyo o suburbial, alcanza hoy categoría de estimación generalizada y hasta los más alcurniosos caballeros no dudan en abalanzarse presurosamente a los tablaos. Las vueltas que el mundo da”. Y lo que molesta siempre que se divierta el pueblo.

Seguramente las clases de inglés, vóley o piano a las que van los chiquillos ahora ofrezcan un futuro más prometedor, saludable y erudito que saberse los pasos de estas cuatro coplas, pero hoy quiero reivindicar la importancia de dedicar tiempo a aquello que nos divierte sin necesidad de que sume en nuestro currículo vitae. Sólo por la experiencia de compartirlo con otros, de integrarse en la comunidad y en la fiesta, de celebrar la vida.

Foto de Feria con mi hermana.

Foto de Feria con mi hermana Virginia. / Sara Arguijo

Aprender a bailar sevillanas ha sido para muchas de nosotras un rito de iniciación, como el que realizan los jóvenes de las tribus indígenas para pasar a la vida adulta y son fundamentales para la transmisión de conocimientos y prácticas culturales. Porque, ahora me doy cuenta, esas lecciones caseras e improvisadas mantienen vivos los vínculos entre las distintas generaciones de la casa, los afectos y los valores. Tejen un precioso hilo de intimidad, confianza y complicidad entre todas las mujeres y representan una herencia irremplazable. -¿A que yo lo hago mejor, mamá?, le repetía a mi madre, como niña repipi que fui, cuando competía con mi hermana Virginia en avances.

Lejos de los reservados de cante jondo, que en la feria son cada vez más residuales y sólo se dan en las casetas privadas de toldos echados y gente con dinero, las sevillanas se me antojan como un acto de rebelión colectiva de un pueblo que se afana en ser feliz. De ahí vienen y eso son: el principal estilo de folclore bailable de Sevilla, descendiente de la seguidilla castellana, que aquí se reposa y adquiere elementos estéticos de lo jondo hasta derivar en esta coreografía de carácter alegre y festero, que las parejas de dos en dos bailan como pueden.

Pues eso, por si acaso gira la rueda de la que advertía Ortiz Nuevo, cantemos y bailemos, hagamos ruido, movamos los volantes, démonos empujones, perdamos el equilibrio en las vueltas, saquemos a bailar a los desconocidos que veamos solos o aburridos, intercambiemos las parejas y derramemos el vino mientras nos dejen. Como sepamos, pero con actitud, recuerden. Ya huele a feria. Todo el mundo a bailar.

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