Opinión | Cartas a Marina
El valor de las cosas

El actor John Gleese en la nueva campaña de la Junta de Andalucía para promocionar el turismo religioso / JUNTA DE ANDALUCÍA
Iba a escribir sobre el asunto de Roma. Por la razón que sea, haber trasladado al Cachorro a San Pedro se ha convertido en un acontecimiento histórico. No como cuando el Cristo de los Desamparados del Santo Ángel estuvo en la National Gallery, de Londres. El caso es que por más bombo que se le quiera dar a la cosa, la realidad es que algunos de los peregrinos capillitas que recorren la ciudad eterna están descubriendo que el Cristo de la Expiración es una gota de agua en el océano de la cristiandad.
No tiene nada de especial ni diferente a otras imágenes sagradas que pueblan los millones de templos católicos, más allá de un singular reconocimiento artístico, como tantos otros. Lo cual evidencia algunas vergüenzas, como que no somos tan importantes ni tan universales, que nuestra religiosidad nos importa solo a nosotros y que por más que nos recreemos en nuestras magnificencias, el cofradierismo es un producto religioso de consumo local.
Quizá esto explique por qué la inmigración católica proveniente de América Latina no termina de integrarse en las hermandades andaluzas y solo lo hacen como casos singulares. Y es que hay que estar muy puesto en la cosa para entender nuestra excéntrica forma de celebrar la religión que, a veces, resulta ajena a los propios andaluces.
No somos tan importantes ni tan universales, que nuestra religiosidad nos importa solo a nosotros y que por más que nos recreemos en nuestras magnificencias, el cofradierismo es un producto religioso de consumo local
Al hilo de esta cuestión, a la Junta de Andalucía, reconvertida en Servicio de Lacayos para la Venta y Explotación de los Bienes Andaluces, se le ha ocurrido que los eventos cofradieros pueden ser un nuevo producto que poner en venta. Junto a nuestras playas, nuestros montes, nuestras reservas naturales, nuestros palacios, castillos y monumentos, ¿por qué no comenzar a vender el patrimonio inmaterial?
Si es posible gentrificar ciudades, desplazar a la ciudadanía, modificar sus estilos de vida, convertir sus hogares en pisos turísticos, ¿por qué no hacer lo mismo con nuestras procesiones, nuestras romerías y con la devoción de nuestras imágenes? No tengo dudas de que Juanma Moreno ya sueña con un Rocío convertido en Fátima y con el Santuario de la Virgen de la Cabeza transformado en la milagrosa Lourdes. Según parece, la Junta de Andalucía desea atraer turismo religioso porque en el foco habría 500 millones de euros.
Mal que nos pese, algunos tenían razón: tanto la celebración de la procesión magna de diciembre como la peregrinación a Roma no han sido más que un ensayo y un evento promocional de la Junta de Andalucía, quien ha invertido sustanciosas cantidades en ambos con el objetivo de dar a conocer el nuevo producto. En el fondo, somos nosotros mismos quienes estamos en venta. Somos la mercancía. Porque, en este caso, no se vende una visita sino que se comercia con una experiencia: la de vivir y sentir las emociones que se generan en el vórtice de una bulla -esas que ya casi apenas existen-, la piel erizada por el trío de capilla de una marcha, el corazón encogío cuando un palio atraviesa la estrechez de la calle Francos o el orgullo ante una chicotá antológica.
Pero, ¿pueden venderse las emociones? ¿Puede sentirse conexión con lo que no se conoce? ¿Podemos sentirnos sinceramente conmovidos ante un ritual del que somos absolutamente profanos? Deseo que la Junta de Andalucía fracase en su intento por turistizar nuestras celebraciones religiosas y populares porque, como los galos de aquella diminuta aldea, es el único reducto que nos queda ante la barbarización del neocapitalismo.
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