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Opinión | Cartas a Marina

Sevilla

La 'middle-class' cofradiera

El Cachorro en Roma.

El Cachorro en Roma. / Miguel Salvatierra / EFE

Como ya se ha dicho (casi) todo sobre la excursión capillita a la Ciudad Eterna y parece que queda poco más que señalar, lo mejor será ponerle guasa al asunto con el objetivo de épater le bourgeois cofradiera que ha viajado hasta la colina Vaticana para, agárrense los machos, peregrinar jubilosamente en este año santo. No lo hicieron bajo la promesa de hacerse la foto con el papa de turno o para deleitarse con el Cachorro y la Esperanza atravesando la Via della Conciliazione. ¡Qué va! Eso fueron cuatro despistados y todos los que nos quedamos en la Tierra de María Santísima, que somos todos unos envidiosos y unos resentidos.

Por curioso que parezca, la estampa de ver al recién elegido pontífice bendiciendo ante una devotísima imagen andaluza seguirá siendo exclusiva de la Hermandad de los Escolapios, de Granada, y para la que el erario público tuvo que aflojar, seguramente, menos manteca. Claro, entonces no se pensaba en Andalucía como destino para el turismo religioso ni la Junta tenía estratégicamente guardado un spot en el cajón con el monty python John Cleese para cuando las cofradías estuvieran en Roma. Habrá que consolarse con la afirmación, a posteriori, de que Su Santidad León XIV visitó al Cachorro y a la Esperanza de noche y a puerta cerrada, sin dejar testimonio alguno. Cosas veredes.

Como todo el mundo sabe, lo importante de aflojar el pastizal que costaba la tournée romana no era participar en la demostración de que la Semana Santa andaluza es el arquetipo de la clericalmente bautizada por el papa Montini como piedad popular. ¡Tampoco! La razón fundamental para rascarse el bolsillo era gozar del martirio de una cola de cuarenta y cinco minutos para confesarse en la basílica petrina, ver a tu imagen salir desde una carpa ―muy digna, todo hay que decirlo― flanqueada por los logotipos de todos los patrocinadores como si fuese un vulgar evento de una firma comercial ―¡qué locura, las hermandades comportándose como marcas empresariales!― y atravesar avenidas de la periferia romana para llegar a un monumento casi desértico, dicho esto por muchos de los propios asistentes.

Después de esta experiencia, solo es esperable que jamás vuelvan a repetirse las críticas a esas asociaciones civiles que también salen muy dignamente desde una carpa porque, en más ocasiones de las deseadas, los curas no quieren cofradías en sus parroquias y que se no presenten remilgos porque una procesión atraviesa avenidas. Después de la experiencia italiana, ya no habrá reparos en aceptar que las cofradías desfilen por la muy sevillana avenida Alcalde Luis Uruñuela. Incluso cabría esperar el traslado del pregón y emplazarlo, de una vez por todas, en FIBES. Si el Cachorro puede procesionar por el ensanche de Roma, no tengo dudas de que las autoridades hispalenses podrán ir a Sevilla Este.

A Roma había que ir como fuese. Da igual que el pontífice invitante hubiera fallecido, da igual que pillase con el cónclave recién terminado y sin importar que a lo largo del proceso hubieran surgido dudas sobre el recorrido o la ubicación de las imágenes. Había que ir y la pregunta que se queda sin respuesta es para qué. Mientras alguna voz autorizada responde, seguiré pensando que esto solo sirvió para la ostentación de la middle-class cofradiera y para poner lo más santo que tenemos al servicio del Sacro Supremo: el dios Mercado manifestado en la lacra de la turistificación depredadora.

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