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Opinión | A compás

Sevilla

Antonio, el bailarín que conquistó a la Reina Isabel II, Kennedy y Franco

Antonio, el bailarín que conquistó a la Reina Isabel II, Kennedy y Franco

Sarao Films

 ¿Quién es Antonio Ruiz Soler?, pregunta una profesora del Conservatorio Profesional de Danza de Sevilla que lleva su nombre al arranque del documental Antonio, el bailarín de España, que se ha presentado a la prensa y se estrenará en noviembre en el Festival de Cine de Sevilla. Poco sorprende que ninguno lo sepa porque si hiciéramos una encuesta general seguramente la mayoría tampoco tenga ni idea de quién hablamos.

Aunque cueste asumirlo adolecemos de una absoluta falta de conocimiento sobre nuestro patrimonio cultural y de una nula memoria y reconocimiento a las figuras que lo han engrandecido con su talento. Mucho más si son flamencos, un arte que, a pesar de situarnos desde sus inicios en los primeros escalones de la excelencia creativa mundial, se sigue desde aquí mirando con recelo o directamente despreciando.

Es fácil que tildemos de triunfador a un actor en cuanto tiene un cameo en una película americana por insignificante que sea y, por supuesto, nos hemos enterado de la colaboración musical entre India Martínez y Will Smith, por ejemplo. Sin embargo, me encantaría saber a cuántos se han enterado del reciente Premio Laurence Olivier concedido a Eva Yerbabuena, uno de los galardones de artes escénicas más prestigiosos, equiparable a los Premios Nobel. O a cuántos les suena, al menos, el nombre de Israel Galván, Andrés Marín o Rocío Molina, bailaores andaluces que están considerados por la crítica internacional como tres de los mejores artistas de su tiempo (más allá del género) y a los que se rifan en Europa.

Parece que, fuera del universo jondo, se obvia la relevancia de nombres como los de la Encarnación y Pilar López, Sabicas o Carmen Amaya, genios que marcaron un antes y un después en el arte del siglo XX y pioneros en la conquista de las Américas.

La grandeza de la cinta de Sarao Films, dirigida por Paco Ortiz y producida por José Carlos de la Isla está precisamente en recuperar del olvido la memoria de este icónico artista

La grandeza de la cinta de Sarao Films, dirigida por Paco Ortiz y producida por José Carlos de la Isla (Marisol, llámame Pepa; Aníbal. El arquitecto de Sevilla; Algo Salvaje. La historia de Bambino o Acariciando el aire. Matilde Coral), está precisamente en recuperar del olvido la memoria de este icónico artista y dar a conocer “la figura más determinante de la danza española” sin cuyo legado “no existiría la danza española ni el concepto de compañía tal y como la conocemos hoy día; porque Antonio es la danza”, resaltan.

Es decir, mientras Fred Astaire y Ginger Rogers encandilaban al gran público en los cines en los años 30, este sevillano que a los cuatro años bailaba en las calles a cambio de monedas, colgaba siendo un chavalillo, con apenas 19, el cartel de no hay billetes en los principales teatros de Nueva York junto a Rosario, con quien formó una pareja de baile inigualable, cuya química se ve ya en unas sevillanas primitivas que interpretan siendo niños en el Alcázar.

Para quienes conocen la historia, lo interesante de la nueva apuesta del cineasta andaluz es que permite oír el testimonio de Antonio, a través de las conversaciones que mantuvo con su amigo el periodista Santy Arriazu entre 1983 y 1984, una autobiografía registrada en cintas de casete que luego dieron lugar a su biografía y que conforman un material exclusivo donde cuenta en primera persona los detalles de su trayectoria.

Los demás, además, podrán descubrir, a través de testimonios e imágenes de archivo de entrevistas y actuaciones, a una de nuestras grandes estrellas internacionales y un excepcional bailarín. “El único que logró ser reconocido en el mundo sólo con su nombre de pila”, apunta Antonio Canales que interviene junto a Carmen Rojas (pareja de baile de Antonio), José Antonio (bailarín que dirigió el Ballet Nacional), Aída Gómez (bailarina y exdirectora del Ballet Nacional) o Nacho Duato (bailarín).

Triunfador en Hollywood y Broadway, en lo personal Antonio (1921-1996) protagonizó una vida apasionante de fiestas en Marbella, sonados romances, como el que mantuvo con la Duquesa de Alba, y contacto con las personalidades más significativas del momento: de Picasso a Chaplin

Muchas de esas portadas, que recogían titulares de los Chavalillos sevillanos, los Aristócratas de la danza o El Nijinsky español, pudimos verlas en la interesantísima exposición Antonio, el legado de un genio, comisariada por Rosalía Gómez, y que la Junta de Andalucía realizó en 2021 por el centenario de su nacimiento.

Triunfador en Hollywood y Broadway, en lo personal Antonio (1921-1996) protagonizó una vida apasionante de fiestas en Marbella, sonados romances, como el que mantuvo con la Duquesa de Alba, y contacto con las personalidades más significativas del momento: de Picasso a Chaplin, pasando por Ava Gadner, Maria Callas, Ingrid Bergman o Mijail Baryshinikov, convirtiéndose en el mejor embajador de España durante una época convulsa. De hecho, bailó para la Reina Isabel II, para Kennedy en la Casa Blanca y para Franco, cuya ridícula apreciación fue decirle: “pareces de goma”.

Es verdad que la cinta hurga también en la decadencia del mito y en detalles de salseo rosa, como su sexualidad o sus complejas relaciones con la política y la aristocracia, que frivolizaron su imagen y enturbiaron la etapa final de su vida. Pero Antonio, bailaor, coreógrafo, empresario, artista, creador y figura universal fue para muchos el mejor bailarín español de todos los tiempos. A él le debemos coreografías inolvidables (como el zapateado de Sarasate, la farruca del marinero, la fantasía galaica o las sonatas del Padre Soler), la formación de un Ballet Nacional, que llegó a dirigir, y la creación del baile por martinete, que inmortalizó en Duende y misterio del flamenco (Edgar Neville, 1952), una de las 22 películas que grabó en América, España e Italia y de las que se recogen escenas míticas como las de La nueva cenicienta, junto a Marisol, o Luna de miel, donde interpreta El amor brujo de Falla al modo de los musicales americanos.

“Yo soy Antonio y estoy muy agradecido de que me den esta pequeña oportunidad de ofrecer ráfagas de mi carrera artística”, dice en la grabación. Esperemos que ahora el eco de su voz llegue lejos y que el filme sirva para que se cumpla justicia con un hombre que aún hoy no tiene calle ni estatua ni premio que le rinda honores.  

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