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Opinión | Cartas a Marina

Sevilla

Ayer, hoy, siempre: Betis

Los jugadores béticos tras perder la final el miércoles 28 de mayo.

Los jugadores béticos tras perder la final el miércoles 28 de mayo. / Associated Press/LaPresse / LAP

Mordimos el polvo en Polonia. El silencio se apoderó de nuestros corazones, las miradas se congelaron, lloraban los cuerpos cansados de quienes habían traspasado las fronteras para sostener con sus almas a un equipo que, cosas de la vida, sí que es más que un club. Atrás quedaron la emoción contenida en un pecho que late trece barras verdiblancas, el desvelo de una noche de primavera en la víspera de San Fernando que se sigue preguntado con guasa rockera dónde está mi Betis y las ansias por hacer historia: nada hay tan doloroso como rozar con la yema de los dedos una gloria que parece que siempre se nos escapa. Volvimos a guardar los sueños en el estuche de la mesita de noche, esperando tiempos mejores en los que cabalgaremos por Europa buscando gestas mayores.

Nadie es del Betis por sus títulos o por sus victorias sino por la certeza de estar en el lado bueno de la vida.

Sin embargo, hubo un mañana. Nadie es del Betis por sus títulos o por sus victorias sino por la certeza de estar en el lado bueno de la vida. Ser del Betis implica tener la seguridad de que siempre aciertas, de que estás en lo correcto, de que la verdad te ha sido revelada y de que nunca, nunca, nunca, te sentirás abandonado porque la sombra de su gloria protege a todos los que bajo ella quieren resguardarse. El Betis es el lugar seguro, la zona de confort, el hogar al que siempre se vuelve ―incluso en las derrotas―, la razón de ser y de existir de quienes, en algún momento, experimentamos el dolor, la angustia, el fracaso o la decepción. El Betis es la cara alegre de la vida, la sonrisa y el buen humor, la gracia sevillana atrapada en el verde de la esperanza y en el blanco de la paz. Nuestras únicas armas son la pasión que nos desborda un corazón verdiblanco y una fidelidad que traspasa el tiempo y el espacio. Ser del Betis significa estar inscrito en el libro de la vida.

Aunque perdamos mil finales, nada podrá humillarnos, nada nos quiebra ni nos turba, como dijo Santa Teresa, todo se pasa, solo el Betis basta.

Por eso, sea cual fuere la derrota, por más angustioso que haya sido el enfrentamiento, por destruidos que parezcan nuestros sueños, cualquier bético de corazón caminará con la cabeza alta, en silencio y con la mirada al frente. Nada nos doblega, nada nos rompe, nada nos fractura. En las buenas y en las malas, siempre Betis porque este sentimiento, esta pasión aprendida desde la cuna y vivida con la gran familia verdiblanca la hemos hecho con nuestras manos y se refleja en el brillo de nuestros ojos ―ese que no se opera―, en nuestra forma de vivir y de sentir, en nuestra forma de ser. Aunque perdamos mil finales, nada podrá humillarnos, nada nos quiebra ni nos turba, como dijo Santa Teresa, todo se pasa, solo el Betis basta. Y con esta certeza que nos asiste, con los corazones firmes, prietas las filas, en alto las banderas, ondeantes las bufandas, rasgando el cielo con nuestras voces y atravesando las calles de nuestra ciudad inmortal, nunca es mal momento para recordar cual es el principal mandamiento que debe ordenar nuestras vidas: ayer, hoy, siempre. Betis.

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