Opinión | La ciudad en la mirada
Sobre un paisaje implícito: 'Ellas en la ciudad'

Bloques de viviendas en un barrio periférico de Sevilla / El Correo
Titulé mi tesis doctoral Los paisajes implícitos porque creí necesario dar un nombre -porque lo que no se nombra, a efectos prácticos, no existe- a esa parte invisible de la ciudad donde las historias no contadas se encuentran ocultas. A diferencia de los paisajes explícitos, que son los más evidentes, aquellos que percibimos con total facilidad, los paisajes implícitos se encuentran en estado latente, esperando pacientemente la llegada de unos ojos que los lean y una voz que los narre.
La historia oficial de las ciudades, y lo digo en general porque todas se han modelado y transmitido de un modo similar en términos de género, poder y visibilidad, ha privilegiado sistemáticamente las voces hegemónicas: las de los sabios, los vencedores, los creadores o los poderosos; en definitiva, las de los hombres (sí, casi siempre hombres) que han ostentado la autoridad, han tomado las decisiones y han ejercido el control del espacio.
Hace un par de semanas me topé con un paisaje implícito desconocido para mí, una historia de los barrios de Sevilla jamás contada. La invisibilidad de esta historia no era fruto de la censura ni de un silenciamiento consciente -esto al menos habría implicado un reconocimiento-, sino de algo mucho más peligroso: la indiferencia. El documental Ellas en la ciudad, dirigido por la arquitecta Reyes Gallegos, da voz a una generación de mujeres de la periferia sevillana que, desde el anonimato, el trabajo y la lucha incansable, consiguieron convertir sus barrios, aquellas cárceles de hormigón, tierra y asfalto en las que fueron encerradas, en lugares habitables. O mucho mejor: en hogares.
Aunque se centra en Sevilla, los barrios de los que habla el documental fueron creados en toda España a las afueras de las ciudades en la época del desarrollismo franquista, años 60 y 70 aproximadamente, para dar cobijo a esos migrantes que protagonizaron el llamado éxodo rural. Estas barriadas, desconectadas del resto de la ciudad, respondían a un urbanismo económico y eficaz, basado en los principios modernos, que ya se había ensayado en la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial: producción en serie de bloques de viviendas iguales, repetidos en una retícula, y entre ellos, asfalto. Una solución homogénea y sin identidad para una población considerada homogénea, y cuya identidad no importaba, e incluso era mejor neutralizar.
Estas barriadas, desconectadas del resto de la ciudad, respondían a un urbanismo económico y eficaz, basado en los principios modernos, que ya se había ensayado en la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial
Este modelo urbano, completamente patriarcal y centrado en lo productivo, asumía que los hombres saldrían cada mañana a trabajar -en fábricas, obras u otros servicios- y que las mujeres permanecerían confinadas en el hogar, sin necesidad de ocupar el espacio público.
Por este motivo estos barrios fueron construidos y puestos en funcionamiento sin equipamientos básicos ni espacios para la vida comunitaria. Las necesidades cotidianas de las mujeres -y con ellas las de los niños, ancianos y otras personas a su cargo- no fueron consideradas. Desde luego, era la mejor manera de mantenerlas en casa, alejadas de toda distracción que pudiera abrir sus mentes y perturbar el orden establecido. Pero, afortunadamente, ellas salieron a la calle.
La forma en que se configuran los espacios condiciona nuestros comportamientos. Si la calle es un lugar hostil, ajeno o simplemente incómodo, lo habitual es que la gente la utilice poco y acabe ocupando otros lugares. Por eso, domesticar los espacios, sobre todo los públicos, es un desafío; un acto político. Y domesticar era, precisamente, lo que mejor sabían hacer estas mujeres. Gracias, Reyes, por acercarnos su testimonio.
Desde luego, era la mejor manera de mantenerlas en casa, alejadas de toda distracción que pudiera abrir sus mentes y perturbar el orden establecido. Pero, afortunadamente, ellas salieron a la calle
Después de ver varias veces el documental, me pregunto, ¿ha evolucionado el urbanismo desde entonces? ¿Cómo hacemos hoy ciudad? Observo en la periferia de Sevilla los barrios de nueva creación, aquellos más jóvenes, los que apenas tienen 5, 10 años de edad, incluso los que empiezan a encender sus primeras farolas. A pesar de algunos avances, la lógica de partida es la misma.
Veo espacios igual de genéricos. Veo el mismo asfalto, el mismo sol en verano, la misma lluvia en invierno. Veo la misma falta de espacios de juego, de relación y de vida; la misma desconexión. Veo que, en la mayoría de los casos, el único cambio es que ahora las mujeres ya no están recluidas; estudian, trabajan y pueden conducir, que no es poca cosa.
Ahora que la crisis de la vivienda vuelve a abrir el debate sobre cómo y dónde construir, es urgente preguntarnos qué tipo de ciudad queremos habitar. Me pregunto si, en lugar de continuar perpetuando este modelo de crecimiento urbano pensado para fomentar una vida homogénea, productiva, lineal y acelerada, con consecuencias que ya no podemos seguir ignorando, deberíamos empezar a plantear otras formas de hacer ciudad. Es hora de revelar los paisajes implícitos que sostienen la vida humana y aprender de ellos: aquellos de los cuidados, la identidad, los vínculos y la diversidad.
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