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Opinión | Cartas a Marina

Sevilla

Alguna culpa tendremos

Turistas en las calles de Sevilla

Turistas en las calles de Sevilla / Jorge Jiménez

Hace pocos días leía que si los sevillanos fueran dinosaurios, votarían al meteorito. ¿Qué quiere decir esto? Pues que la gente no suele tomar aquellas decisiones que realmente más les conviene sino las que creen que les favorece. A esto se suman dos mecanismos: por un lado, la individualización ―mientras no me afecte a mí, piensan algunos, que pase lo que sea― y, por otro lado, el sentido aspiracional, todo eso que estamos dispuestos a tragar para ser asimilados a quienes queremos parecernos y con quien queremos que nos identifiquen. Mucho de esto hay en el tema de la turistificación en Sevilla.

La mayoría de la ciudadanía no reconoce que el colapso turístico que sufren ciudades como Sevilla, Cádiz o Málaga desborda sus cascos históricos y sus efectos se expanden a toda la ciudad y a todas las personas. ¿Y si fuésemos capaces de explicar que la ausencia de Policía Local los fines de semana, los apagones constantes, la falta de aparcamiento o la acumulación de basura lo provoca el colapso turístico? Es decir, que todas esas carencias que sufren nuestros barrios y que nadie sabe demasiado bien por qué pasan, en realidad, tienen una explicación y no es la mera incapacidad política.

La mayoría de la ciudadanía no reconoce que el colapso turístico que sufren ciudades como Sevilla, Cádiz o Málaga desborda sus cascos históricos y sus efectos se expanden a toda la ciudad y a todas las personas.

El debate sobre el turismo es un marasmo de cifras y datos donde el impacto económico convive en tensión con la realidad de las personas. Sí, el comercio y la hostelería es la principal fuente de empleo en Andalucía, asalariando a casi un millón de personas en nuestra comunidad, pero el salario medio supera ligeramente los 14.000 euros anuales, por debajo del salario mínimo interprofesional. Sí, el turismo emplea a mucha gente, pero lo hace en condiciones irregulares, con contratos temporales y estacionales, que no respetan los derechos laborales y que no paga lo que debe a sus trabajadores. El turismo es un buen negocio para los inversores porque implica costes bajos y beneficios altos.

El principal efecto del colapso turístico es el desplazamiento de personas. Lo que en la literatura académica se conoce como gentrificación. Cuando un edificio es desalojado, es decir, se rescinden los contratos de alquiler y se vende al completo, esas personas deben desplazarse a otros lugares. Son expulsados de los territorios que habitan. Este efecto concatenado hace que el precio del alquiler vaya subiendo, como una onda expansiva, por todos los barrios de la ciudad. Los inquilinos de rentas altas que son expulsados del casco histórico recalan en los barrios más cercanos al centro de la urbe, alterando los estilos de vida y el precio de la vivienda.

Sí, el turismo emplea a mucha gente, pero lo hace en condiciones irregulares, con contratos temporales y estacionales, que no respetan los derechos laborales y que no paga lo que debe a sus trabajadores

Sin embargo, de lo que menos se habla, es que el turismo es un sector hipersubvencionadísimo y un agujero negro para las arcas públicas. Horas extras de Policía Local, incremento de los recursos de limpieza, inversión en campañas públicas de publicidad, permisividad en el incumplimiento de las ordenanzas municipales, etc. Es decir, que no solo nos expulsan y nos encarecen la vida sino que, además, nuestro propio perjuicio se financia con nuestros impuestos y con el silencio cómplice de todos. Incluidos los programas cofradieros, que prefieren seguir hablando de arte en lugar de analizar cómo las hermandades fueron utilizadas en Roma para relanzar una campaña turística. Digo yo que, en todo esto, alguna culpa tendremos.

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