Opinión | Miel, limón & vinagre
Ramón Pérez
Nico Williams, cabeza de león

Nico Williams.
Al mural urbano de Barakaldo no le caben más remiendos. El grafiti del artista Carlos López, donde aúpa al arte callejero a los héroes del imaginario colectivo del Athletic más reciente, ha tenido más versiones que el Yesterday de los Beatles. El affaire veraniego de Nico Williams con el Barça desató la ira de los aficionados rojiblancos más coléricos, que emborronaron la composición donde lucía el jugador insignia de los bilbaínos. Esta vez el culebrón no ocupó demasiadas portadas porque a principios de este mes de julio los leones anunciaron la continuidad, casi sine die, del extremo internacional, precisamente, en un muro que con tanto revuelo ha adquirido el rango de santuario.
En una sociedad cada vez más fugaz, empapada de una inmediatez mal calibrada, donde priman los vídeos de tres segundos, el tuit de tres palabras y la foto más ostentosa, la decisión de Nico Williams, un joven de esta generación TikTok, es una bocanada de aire fresco para un fútbol mercantilizado hasta el extremo y también para un Athletic amarrado siempre a un romántico atavismo. Porque Nico, además de un fantástico jugador, es un futbolista galáctico, entendido el término como primer espada de un marketing que hoy es tan importante para un club como los tres puntos de cada fin de semana.
Junto a Lamine Yamal, Nico es la imagen de la remozada selección española, descarada, ganadora y desafiante contra la ola racista que hierve en las alcantarillas de este país. Rompen protocolos, su jugueteo a mitad de un partido de la Eurocopa echándose a piedra, papel o tijera un trago de agua mostró lo que son: unos chiquillos, bautizados con un don, pero chiquillos al fin y al cabo. Nunca rehuyeron de su deseo por jugar juntos semanalmente y por ese anhelo se dejó querer Nico, seducido por segundo verano consecutivo por el Barça de Laporta, anclado desde más tiempo del que quisiera en una partida de mus con malas cartas: fanfarroneando siempre más de lo que puede.
En un año relativamente discreto para Nico en lo futbolístico, su Athletic se clasificó para la Champions League y puede que haya sido ése uno de los estímulos para continuar escribiendo una historia que todavía tiene por delante un libro y un cheque en blanco. Amparado por el buen hacer del impecable Valverde y rodeado de valores al alza como Vivian o Sancet, Nico debe asumir este año por Europa el liderazgo de un club canónico que ha sabido reinventarse con pies de plomo.
El Athletic se ha desprendido del plomizo sambenito de club decimonónico; manteniendo su filosofía, en la actualidad es ejemplo de entidad vanguardista (sus jornadas literarias son una delicia y toda una declaración de intenciones), de club integrador, comprometido y plural y también un modelo económico a calcar. El pequeño de los Williams, treinta años después, ha desoído los cantos de sirena más embelesadores que también sorteó Julen Guerrero a mediados de los noventa. El de Portugalete, como Nico, fue icono de una generación, sus recortes de prensa llenaron carpetas de adolescentes y los clubes más punteros del continente suspiraron por él. Su contrato sin fecha de caducidad por el Athletic, un club que no ganaba una Liga desde hacía quince años y alejado del escaparate más selecto, no fue entendido entonces, como muchos en Can Barça tampoco comprenden ahora que Nico diga no al campeón de Liga y Copa.
La fidelidad de seguir, pese a todo, en el club de tu vida es un rara avis en un sector como el futbolístico, cuya vida profesional acaba casi cuando empiezan las demás. Sin embargo, el Athletic es una excepción: es una entidad con un sentido de pertenencia muy arraigado, pero no es un modesto y sobre sus espaldas pueden recaer contratos millonarios. Por el momento, Nico continúa en la senda de los one club man (como Maldini, Puyol, Arconada o Totti), con la férrea idea de no ser ni cola de león, ni cabeza de ratón, sino cabeza de león.
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