Opinión | NADA ES LO QUE PARECE
Netanyahu, el gran enemigo del sionismo

El presidente estadounidense, Donald Trump, recibe al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, en la Casa Blanca / Europa Press/Contacto/White House
La desmesura de Netanyahu y los fanáticos que lo mantienen en el poder va a conseguir lo que Arafat no consiguió en la vida: aislar a Israel de la comunidad internacional. No hay persona sensata que aguante sin romper a llorar lo que está ocurriendo en Gaza que no es nada más y nada menos que el exterminio de una población con la excusa de acabar con los terroristas de Hamás. No hay que olvidar en ningún momento que tan responsable de lo que allí acontece es Netanyahu como Donald Trump. Uno llega a tener la sensación de que el histriónico presidente de los Estados Unidos lo está haciendo a propósito: permite los excesos de Netanyahu para satisfacer a sus bases antisemitas, que las tiene, y conseguir que el mundo pierda la simpatía por la causa sionista que ha sido dominante tras el holocausto nazi. En todo caso, estamos ante un punto de no retorno. Los halcones israelís y los terroristas palestinos han llevado al mundo a una situación insostenible en la que no hay manera de seguir consistiendo la matanza de estos meses y la hambruna mientras la ayuda internacional se acumula en la frontera. Ni unos ni otros tienen nada que hacer en el futuro de esa región maldita.
El último síntoma de esta tendencia es el anuncio del presidente de la República Francesa de que en septiembre reconocerá al Estado de Palestina en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Este gesto debería hacer reflexionar a Israel y muy especialmente al movimiento sionista. Netanyahu es un mal negocio porque no le importa nada más que evitar entrar en la cárcel por las causas que tiene pendientes y que están paralizadas mientras no abandone el poder. Las mejores causas de la historia de la humanidad se han perdido cuando las ha defendido un sátrapa. Y de manera simétrica a esta reflexión sionista, los propalestinos deberían empezar a distinguir entre los judíos e Israel y entre Netanyahu y los judíos. Esas cancelaciones de todo lo judío o de todo lo israelí no son más que un último balón de oxígeno para el asfixiado Netanyahu.
Fuente: El Periódico
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