Opinión | Tribuna
Lo del South

Ambiente en la edición pasada del South Internationa Series Festival, que se celebra en Cádiz. / El Correo
Escribo este artículo en un AVE Madrid-Sevilla que, curiosamente, ha salido exactamente a la hora prevista y parece que también llegará puntual a Santa Justa (sé que lo parece, pero no, aún no he empezado a hablar de ficción). Mañana tengo el rodaje de una pieza promocional con un grupo de profesionales y (muy) amigos con quienes sé que irá todo sobre ruedas (en zoom, más bien; es como rodaremos este plano secuencia) y nada más llegar al hall de la estación de Atocha me encuentro con más colegas de Andalucía que vienen de Barcelona de grabar un documental. Llegan cargados de bolsas y trípodes. Yo llevo una claqueta en el bolso, junto a la prenda de mangas largas que siempre llevo en estas neveras con forma de vagón. No somos íntimos y es la primera vez que coincidimos en un andén, pero me invade la sensación de que compartimos viaje desde hace años. Supongo que, de alguna manera, es así. Supongo que nuestra profesión es un poco así.
Cuento esto a una semana exacta de que empiece el South International Series Festival, un certamen que comienza su tercera edición con nuevo director (Carles Montiel), altas expectativas y homenajes al actor y director sevillano Paco León, Chris Brancato (creador de Narcos) o la actriz María Castro (Amar es para siempre, La promesa), entre otras muchísimas actividades que convertirán a Cádiz en referente del universo de las series. Ahora nos parece normal, pero hace sólo unos años un evento así nos hubiera parecido ciencia ficción (casi tanto como que este tren prosigue su marcha sin retrasos ni averías).
Además, Secuoya Estudios, una de las empresas más destacadas del audiovisual nacional y aliada de Netflix, organiza en pocos días una jornada de puertas abiertas para presentar su sede de Sevilla al sector. Mientras, el Festival de la capital hispalense supera su última y peligrosa crisis y mantiene un crecimiento implacable de la mano de su nuevo director, Manuel Cristóbal. El Festival de Cine Español de Málaga es un cohete desde hace varias ediciones, empezando a robar estrenos al mismísimo Festival de Cine de San Sebastián, y otros como el FICAL de Almería o el señero Iberoamericano de Huelva se mantienen firmes y con clara presencia en el sector cinematográfico nacional. Además, la Academia de Cine de Andalucía ya demostró en los pasados Premios Carmen que es una realidad imparable y que, cuando el cine andaluz se une, se llega a los Goya y a donde haga falta.
Entonces, ¿ya está todo hecho? No. Quienes llevamos en este oficio un par de décadas y nos seguimos cruzando los andenes cargados de claquetas y trípodes sabemos que no. Por poner un ejemplo, hace solo dos días se conocían las tres películas preseleccionadas para los Premios Oscar: Romería, Sirat y Sorda. Ninguna producción andaluza, todas con inversión catalana. ¿Casualidad? No creo. Hace tiempo que se sabe que la inversión que realiza el Gobierno catalán en su cine (y en la cultura, en general) es abrumadoramente mayor que la inversión andaluza. Hace mucho que sabemos que Cataluña cuenta con la ESCAC, una escuela de cine muy superior a cualquier otro centro andaluz de formación audiovisual, y que tiene un nivel parecido (y hasta superior, dirán sus fans) al de la ECAM, la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid-ambas consideradas entre las 15 mejores escuelas de cine “del mundo”, según este reciente artículo de The Hollywood Reporter-.
Esto no pretende ser un reproche. Como mucho, quizás, una llamada de atención. Me consta que en la Consejería de Cultura y la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales hay grandes profesionales de la política y la administración pública luchando por mejorar las condiciones de nuestro cine y audiovisual y lograr, entre otros hitos, que regresen las desaparecidas ayudas al estudio de las artes visuales o se consiga implantar una escuela pública (o semipública) que forme profesionales de alto nivel y máxima competitividad. Me consta que no soy el único que piensa esto. Me consta que hay gente brillante, pero cansada (y el brillo cuando se cansa tiende a oxidarse). Me consta que el talento andaluz no existe en casi cualquier otra parte del planeta y que tenemos que cuidarlo como si en esas aulas estuvieran los próximos Federico García Lorca o María Lejárraga (y lo están). Me consta -yo mismo he participado en varios- que somos capaces de crear eventos que atraigan a mentes de medio mundo convirtiendo a Andalucía en destino incuestionable. Pero también me consta que todavía falta más inversión, más apuesta y más riesgo por parte de las autoridades. Si Andalucía quiere estar a la altura del cine catalán o madrileño debe empezar por los cimientos más básicos, y esa base no es otra que la educación. Ese es el edificio desde donde parte todo y, en nuestra comunidad, eso sigue siendo un solar.
NOTA: Hablando de edificios, hace un mes prometí aclarar esto. Y sí, claro que me quedo.
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