Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Rafael Manher

Rafael Manher

Arquitecto, conservador del patrimonio y escritor.

Fuego en Castilla

Interior de la Mezquita-Catedral de Córdoba.

Interior de la Mezquita-Catedral de Córdoba. / Europa Press

Hay títulos que, con el tiempo, parecen escritos para un presente que nunca imaginaron. Fuego en Castilla, la película que José Val del Omar rodó a comienzos de los sesenta, suena hoy como un presagio. Granadino universal y alquimista del surrealismo, Val del Omar encendió en la pantalla unas llamas que devoraban las esculturas de Berruguete, como si la materia misma ardiera en un sacrificio místico. Era cine experimental, sí, pero visto desde este verano de incendios parece también un llanto anticipado: el fuego que no distingue entre paisaje y patrimonio, entre un bosque o un monumento. Su mirada visionaria nos recuerda que la modernidad, sin conciencia, puede ser tan destructiva como el fuego que pretende representar.

La temporada estival nos ha dejado demasiadas cicatrices. Iglesias ennegrecidas, conventos desalojados, yacimientos amenazados. La belleza se revela frágil cuando la negligencia -esa chispa humana- encuentra el oxígeno perfecto. En 2019, fue París quien nos enseñó la lección, cuando la catedral de Notre Dame ardió ante la mirada impotente del mundo. Aquella tragedia encendió las alarmas y recordó que la prevención no es un lujo administrativo, sino un acto esencial de responsabilidad colectiva. Planes de emergencia, protocolos claros, revisiones constantes: todo eso que suena a papeles es, en realidad, la diferencia entre una anécdota y una ruina. También es una cuestión de educación patrimonial: comprender que cada piedra, cada retablo o archivo, es parte de nuestra identidad común.

El reciente incendio en la Mezquita-Catedral de Córdoba vuelve a confirmarlo. Las llamas arrasaron el vestíbulo de la Puerta de San Nicolás, utilizado como almacén y donde se encontraba la máquina barredora cuya batería se apunta como posible origen del fuego. Las capillas de San Nicolás de Bari, la de Jesús Verde y la de la Anunciación figuran entre las más dañadas; en esta última, una de las cubiertas se desplomó la madrugada del 9 de agosto. Lo más inquietante es que el propio Cabildo había reconocido en primavera el riesgo de mantener un almacén en el interior del monumento y había adquirido dos inmuebles para trasladar allí los enseres. La decisión estaba tomada, pero la mudanza no llegó a tiempo. Ahora, mientras se retiran escombros y se asegura la zona, los técnicos trabajan para presentar a finales de septiembre un plan de recuperación que no se completará hasta mediados de 2026. La lección, otra vez, llega después de la pérdida, cuando el daño ya forma parte de la historia que tratábamos de proteger.

No todo, sin embargo, es así. El Museo del Prado lleva años demostrando que la protección es posible. Su plan de emergencias incluye mantas ignífugas, dispositivos de acción inmediata y simulacros periódicos. Medidas discretas, casi invisibles, que pueden salvar una colección antes de que la noticia llegue a los titulares. Quizá si esa cultura de la prevención estuviera extendida, hoy hablaríamos menos de pérdidas y más de anécdotas, de sustos contenidos, de incendios sofocados a tiempo.

Fuego en Castilla no es solo una obra maestra del cine experimental. Es, visto desde hoy, una advertencia poética: el patrimonio no se conserva por milagro, sino desde un cuidado planificado. Si no aprendemos a proteger lo que amamos, las llamas de Val del Omar dejarán de ser una metáfora para convertirse en realidad. Y entonces el fuego no arderá en la pantalla, sino en nuestra memoria.

Tracking Pixel Contents