Opinión | El Lugarico
Quién teme a la piedad popular

Traslado a la Catedral de Sevilla de la Esperanza de Triana por la Magna. / David Arjona
Algunos sectores de la Iglesia, anclados en una ortodoxia extemporánea, no terminan de ver con buenos ojos las manifestaciones de la religiosidad popular, compendio de la piedad y devociones del pueblo llano, que especialmente en Andalucía constituyen auténticos fenómenos de masas. Los católicos de misa dominical, aunque seamos fijos discontinuos, vamos observando cómo los templos no se llenan hoy como en otros tiempos y cómo la edad media de los feligreses roza la categoría de abuelos, con escasa participación de gente joven. Es un hecho constatable en toda España donde las estadísticas que maneja la Conferencia Episcopal y encuestas solventes como la de Funcas indican que del 55 por 100 de los españoles que se declaran católicos solo un 17 es practicante habitual. El dato es muy significativo porque a finales de los años setenta el porcentaje de personas que se reconocían como católicos era nada menos que del 90 por 100.
Sin embargo, los actos religiosos de carácter popular están viviendo su edad de oro. Procesiones, romerías y peregrinaciones cuentan con millares de seguidores. Algunos ejemplos como los de la Semana Santa y el Rocío son elocuentes del grado de participación, que nos lleva a considerar que hay otra modalidad de Teología, mayoritariamente abrazada por la gente, independientemente de su clase social o nivel económico. Es lo que está ocurriendo estos días en Sevilla con la gran iniciativa de la Hermandad de la Esperanza de Triana de sacar durante un mes a la Virgen de su Capilla de los Marineros, recorrer media ciudad en olor de multitudes y convocar a cientos y cientos de devotos en las parroquias de San Pío X y de Jesús Obrero en el barrio menos favorecido del Polígono Sur.
No es necesario recordar la misión del Señor del Gran Poder a los Pajaritos, Candelaria y Amate en octubre de 2021 para comprender el éxito de estas misiones religiosas y populares que deberían estar en los programas de las Hermandades sevillanas como símbolo destacado de su servicio de catequesis y apostolado, seguramente el más cercano a la gente. La piedad popular colapsando las calles mientras las iglesias se quedan medio vacías es todo un síntoma que la Jerarquía diocesana no solo no puede ignorar, sino que debe fomentar y aplaudir. Si algunos sectores del clero y de los creyentes no ven todavía con buenos ojos estas manifestaciones o las consideran como sucedáneos de la liturgia tradicional, deberían asomarse estos días al Polígono Sur y comprobar por sí mismos cómo es preciso dar cauce a esta modalidad del sentimiento religioso que estalla en los barrios de la ciudad.
Algunos incluso continúan instalados en la idea de las supersticiones ante el fervor y hasta el arrobo con que miles de hombres y mujeres de todas las edades y condiciones están rezándole a Nuestra Señora de la Esperanza con auténtica y profunda devoción. Quién puede temer a esta piedad del pueblo llano que se desborda e inunda el ambiente. Búsquese por ahí lo que la Iglesia Católica está perdiendo en el inmovilismo de sus catedrales.
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