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Opinión | Tres en línea

La que se avecina

Si el PP no es capaz de resolver en este fin de semana y dar señales claras el lunes de que el pacto está encauzado, el pescado se empezará a pudrir, la cesta se llenará de moscas y el hedor a inoperancia comenzará a resultar insoportable

Llorca, Bendodo, Mazón, Feijóo, Catalá y Mompó.

Llorca, Bendodo, Mazón, Feijóo, Catalá y Mompó. / Ana Escobar

¿Habrá elecciones anticipadas en la Comunitat Valenciana? A riesgo de equivocarme, y que ustedes me recuerden por esa metedura de pata (ya saben que un periodista vale tanto como lo último que firmó), creo que no. Ni le conviene a Vox ni el PP puede permitírselo. Otra cosa es la factura que los ciudadanos vayamos a pagar por ese pacto que derecha y ultraderecha vayan a cerrar. Pero de los excesos que ambos partidos puedan cometer no serán responsables sólo ellos, sino también una oposición que no ha sido capaz en un año de hilvanar una alternativa y una sociedad civil que, a excepción de las víctimas de la DANA, ha estado en general muda y amorfa.

¿Por qué digo que a Vox no le convienen unas elecciones anticipadas y le viene mejor votar a favor de la investidura de un sucesor de Carlos Mazón y pegar la patada adelante? Porque aunque la política sea un fenómeno cambiante, los análisis sólo pueden hacerse según las circunstancias del momento presente. Y esas son que Vox experimenta en toda España un fuerte crecimiento en intención de voto, que en la Comunitat Valenciana, como consecuencia de la crisis social y política abierta por la DANA, es aún mayor. Pero ese incremento de votantes ya lo tiene consolidado. No es un PP en sus horas más bajas quien se lo va a rebañar.

La cuenta que saca Abascal es que si ahora precipita las elecciones, Vox obtendrá un buen resultado. Pero si facilita la formación de un nuevo gobierno, se presenta como el único partido capaz de garantizar la estabilidad y no parar la reconstrucción y demuestra que quien de verdad manda es la ultraderecha y no la “derechita cobarde”, la renta al final aún será mayor.

Con un agravante: la quiebra del PP en estos momentos, tras el Funeral de Estado y la dimisión de Mazón, es tan profunda, que si Abascal fuerza las elecciones sabe que puede encontrarse con que la subida de su partido no compense la caída de los populares y el Gobierno autonómico vuelva a manos de la izquierda, haya hecho méritos para ello o no. Entonces, ese relato de “sólo Vox salva al pueblo”, tan falso como efectivo y del que la ultraderecha va a alardear hasta la náusea, se le desmontaría a Abascal.

Pactando una salida sin elecciones en la Comunitat Valenciana, además, a Vox le queda niquelado el discurso para los comicios en Extremadura, Castilla y León y Andalucía. ¿Cómo va a arremeter en esas comunidades Feijóo contra la ultraderecha si acaba de cerrar con ella un acuerdo de gobierno en la cuarta autonomía de España? Por eso creo que, aun siendo impredecible por naturaleza, a Vox le conviene más una investidura en la Comunitat que unas elecciones.

En el caso del PP, decía que no era cuestión de conveniencia, sino de necesidad. Los populares son conscientes de la extrema fragilidad en la que se encuentran por la nefasta gestión de la crisis hecha durante este año tanto en el Palau como en Génova, que les ha dejado, no sólo postrados, sino al borde de otra de esas guerras civiles a las que son tan aficionados como el PSPV. Ninguno de los demonios que atormentan al PP desde que fue fundado ha dejado de ser invitado a este aquelarre: el enfrentamiento entre populares valencianos y populares alicantinos; el menosprecio de Valencia a Castellón, olvidando que Castellón en el PP quita y pone rey en función de con quién se alíe; la máquina del fango de los unos contra los otros puesta a trabajar 24/7; las llamadas a Madrid no para postularse sino para descalificar al de al lado… Baste, para resumir el espectáculo y por simplificar, que en un bando milita la alcaldesa de la tercera ciudad de España y en el otro los presidentes provinciales del partido y de las diputaciones de la tercera y la cuarta provincia de España por población y PIB, es decir, los amos del poder territorial y de los recursos para las campañas electorales.

A pesar de la legión de asesores que contratan con nuestro dinero, ningún partido sabe nunca afrontar bien una crisis. Los hay en eso regulares, malos y muy malos. Y luego está el PP, que ha tenido un año para gestionar la salida de Mazón y tener preparada su sustitución. Pero lo ha hecho tan rematadamente mal que el presidente saliente aún no ha salido. Y en cuanto al entrante, ha tenido que ser Vox el que le recuerde al PP que para negociar una investidura lo primero de todo tendrá que ser decir cuál es la persona a la que se propone investir. De traca.

Hace tiempo que el pescado está en la cesta. Por lo que ya he dejado escrito: porque Vox no tiene especial interés por abrir las urnas y porque el PP tiene pánico a que se abran. El candidato para ocupar el despacho que Mazón deja libre en el Palau también hace meses que está claro: el alcalde de Finestrat, secretario general del partido y portavoz en las Corts, Juan Francisco Pérez Llorca, simplemente porque es el que reúne los mimbres necesarios y el mayor consenso en una organización que milagrosamente ha sido capaz de mantener prietas las filas durante once meses para tocar arrebato al cumplirse doce. Pero jugando a no dar su nombre como si hubiera otro “tapado”, lo único que ha conseguido el PP en estos días ha sido sembrar la idea de que si Llorca es el candidato no es porque a ellos mismo les guste, sino porque no han encontrado otro. Bonita manera de empezar el cuento.

Si el PP no es capaz de resolver en este fin de semana y dar señales claras el lunes de que el pacto está encauzado, el pescado se empezará a pudrir, la cesta se llenará de moscas y el hedor a inoperancia comenzará a resultar insoportable. Olvídense de todo eso de que Pérez Llorca va a ser un títere de Mazón, un mandado de Génova o un presidente de transición, porque entonces es que no lo conocen. Si finalmente es investido, incluso si el PP comete el error de presentarle como interino, Llorca tratará de consolidarse desde el primer minuto, con mucho que ganar y nada que perder salvo, si acaso, su autoestima.

Lo terrible de esta situación es el riesgo extremo de que no haya elecciones y, sin embargo, entremos desde la misma sesión de investidura en una campaña electoral, la más dura y sucia nunca vista, de más de año y medio de duración. Porque la izquierda, a la que ese viacrucis se le puede hacer muy largo, no parece ser capaz de encontrar otra forma de hacer oposición que a trabucazos. Y porque, por mucho talante negociador y moderado que adorne a Pérez Llorca, es difícil que un PP desquiciado aquí y desnortado en Madrid consiga tener otra estrategia que no sea también la del enfrentamiento y la polarización para desviar la atención de sus propios problemas.

Así que pase lo que pase, o a los dos grandes partidos les da un arrebato de cordura que por desgracia no es previsible, o en todos los escenarios ganará la ultraderecha y perderán los ciudadanos. Conseguir que eso no ocurra, desinflamar tanto las instituciones como la calle, es el mayor desafío que tendrá por delante Llorca. Si es que los suyos no lo liquidan por el camino, claro.

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