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Opinión | A compás

Sevilla

Flamenco, patrimonio material de unos cuantos

El cantaor Israel Fernández realiza una prueba de sonido antes de un concierto.

El cantaor Israel Fernández realiza una prueba de sonido antes de un concierto. / Ricardo Rubio / Europa Press

"Siento no poder estar, pero este noviembre hay más espectáculos flamencos que días", contesté a una de las decenas de invitaciones que me han llegado estas últimas semanas en las que a todo el mundo parece haberle entrado una eufórica jondura a cuentas de la celebración del 16N. Es literalmente imposible responder a la abrumadora oferta que las instituciones públicas, escuelas, artistas, peñas, entidades y empresas de toda índole han desplegado por el 15 aniversario de la Declaración del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por parte de la Unesco.

Si bien en su momento valoramos el interés del sector por promover el reconocimiento a un arte cuyo legado merecía -creímos entonces- una valoración universal, lo cierto es que pronto advertimos la trampa. Primero cuando comprobamos que a la codiciada lista de la ONU se iban sumando con relativa normalidad otras manifestaciones culturales, como el canto de la sibila de Mallorca, los Castells o las tamboradas. Segundo cuando fuimos conscientes de la instrumentalización que implicaba el logro. Y tercero cuando vimos cómo se desinflaba el entusiasmo.

Es decir, en cuanto la ovación dio paso a las preguntas y lo que se empezaba a exigir era un programa fáctico que diera cuerpo a los valores que sostenían la candidatura, nos dimos cuenta de que a la condición inmaterial de la declaración le sobraba el prefijo. Igual que su expansión a la humanidad se fue diluyendo en un inquietante combate político y territorial por reclamar lo jondo como algo propio.

En medio de esta pugna el Parlamento de Andalucía aprobó el 18 de abril de 2023 (con la abstención del PSOE y el resto de grupos de la oposición) la Ley Andaluza del Flamenco, la primera norma legal dedicada a este arte que, como cita en la exposición de motivos, tiene como fin “garantizar su protección, conservación, difusión e investigación y la promoción de su conocimiento como patrimonio vivo, libre y universal”. ¡Ay lo que aguanta el papel!

En este marco, corresponde al Consejo de gobierno aprobar el Plan General Estratégico del Flamenco que debería “servir de instrumento básico y esencial en la ordenación de los recursos del flamenco en Andalucía” y que, según ha anunciado la consejera de Cultura y Deporte, Patricia del Pozo, será el colofón del programa conmemorativo de tal forma que "el Presupuesto de la Junta de Andalucía para 2026 ya contemplará partidas económicas suficientes para su puesta en marcha".

A la espera de conocer en qué se materializa esta hoja de ruta -que tendrá una vigencia de seis años “y es fruto de una intensa interlocución con el sector, con 630 aportaciones realizadas por más de 230 agentes en un proceso participativo sin precedentes llevado a cabo en las ocho provincias andaluzas", recalcó Del Pozo-, asistimos incrédulos al derroche de un programa sin precedentes.

Quiero creer que las más de 170 actividades anunciadas este mes responderán a los desvelos planteados por el sector y que la Comisión Asesora (integrada principalmente por políticos) habrá tenido intención de componer una agenda equilibrada que atienda a todas las sensibilidades. Sin embargo, desde que se estrenó la nueva marca Andalucía.Flamenco venimos observando que ya no se abren convocatorias públicas para que los artistas puedan presentar sus propuestas y ser evaluados, como en el desaparecido Flamenco Viene del Sur, sino que se configuran los carteles a criterio del Instituto Andaluz de Flamenco en una clara pérdida de transparencia.

Cuanto menos sorprende la apuesta del ente público por un cartel que, salvo alguna excepción, apenas deja hueco para los que tienen menos oportunidades y, desde luego, impide el acceso en igualdad de condiciones. En el Teatro Central, por ejemplo, se celebra la efeméride con Israel Galván, Yerai Cortés, María Moreno, Aurora Vargas, La Tremendita o María Terremoto, entre otros. El star system.

A este repentino fervor por el flamenco se ha sumado también la Diputación de Sevilla sacándose de la manga a última hora un nuevo festival, el Duende Flamenco, que acerca 15 funciones a municipios de la provincia y cuyo programa, que se intuye improvisado, sólo se explica desde lo electoralista. Aquí de nuevo pasamos de la habitual precariedad que marcan las escasas iniciativas de la Diputación en torno a lo jondo a tirar la casa por la ventana incorporando otra vez a los grandes nombres del circuito jondo: esto es, José Mercé, Israel Fernández, Farruquito, Manuel Liñán, María Terremoto o la última incorporación, como anuncio estelar, de Miguel Poveda, que ofreció un recital en La Rinconada el pasado sábado justo dos semanas después de pisar dos noches el Cartuja Center Cite.

El caché por la actuación de Poveda ha costado a las arcas provinciales 45 mil euros, a los que hay que añadir los 20 mil de las dos que ofreció José Valencia; los 46 mil de las dos de Farruquito; los 50 mil de los dos recitales de Argentina; los 20 mil de las dos de Rafael de Utrera; los 20 mil de Muerta de amor; los 20 mil de las dos de María Terremoto; los 20 mil de Mercé y los 40 mil de las dos de Israel Fernández. Un total de 281 mil euros que con los 99.300 del contrato por los Servicios de publicidad y comunicación transmedia resultan 380.300 euros.

Que conste que las cifras están dentro de la normalidad del mercado y que, pese a la fama de que el flamenco es caro, son similares a la inversión que supone otras acciones culturales. La pregunta que cabe hacerse es si una institución pública debe inflar esta burbuja programando con el criterio único de lo comercial. Sobre todo, cuando así se contribuye a agrandar las diferencias de un sector que pide a gritos miradas renovadas, planteamientos honestos y perspectivas menos cortoplacistas.

Ya conté en esta columna que el flamenco necesita un milagrito. Por eso, me temo que tras los fuegos artificiales volverán los cuchillos y esto seguirá siendo patrimonio material de unos cuantos. Los de siempre.

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