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Opinión | Tribuna

Sevilla

El robo de las joyas de la Macarena

La Esperanza Macarena de Sevilla y las cinco 'mariquillas', regalo de Joselito El Gallo.

La Esperanza Macarena de Sevilla y las cinco 'mariquillas', regalo de Joselito El Gallo. / El Correo

Pasaban apenas las siete de la tarde de un domingo cualquiera -o eso nos habíamos querido creer- cuando una mujer de luto riguroso cruzó el umbral de la basílica de la Macarena. Avanzaba despacio, con esa solemnidad que solo da el hábito de la devoción, seguida de otra mujer -quizá su hija- que sostenía un ramo de flores. La mayor se detuvo frente al altar, respiró hondo, fijó la mirada en la Virgen… y, de pronto, cayó desplomada como si alguien hubiera apagado un interruptor. El golpe seco contra el mármol retumbó en toda la nave. Su acompañante soltó un alarido que partió el aire: "¡Ay, que se muere, que se muere!". La basílica entera se dio la vuelta de golpe.

En segundos, se formó un corrillo febril: abanicos agitándose con urgencia, botellitas de agua que aparecían de manos temblorosas, el sacristán arrodillado aflojándole el refajo mientras un "¡Ay, la pobre!" serpenteaba entre los bancos como el humo del incienso.

Y mientras el tumulto crecía, dos mujeres se deslizaron hacia el camarín con la naturalidad de quien va a encender una vela. Solo que ellas no iban a rezar. Allí dentro, entre susurros y una calma afilada, se movieron con la precisión de quien ha ensayado cien veces delante del espejo. A los pocos minutos, una mochila engullía las esmeraldas, el rosario, los broches… y hasta la mismísima corona de la Macarena. No tardaron ni un suspiro en despejar la estancia.

A la salida, otros compinches -tan cinematográficos que podrían haber salido de un thriller barato- aguardaban con varias motos en el exterior. Las mujeres subieron con la serenidad de quien se va a por unos churros. Acto seguido, desaparecieron en dirección a la ronda de Capuchinos como si la ciudad se las tragara.

Dentro del templo ocurrió el prodigio final: la mujer que hacía un minuto agonizaba abrió los ojos, se incorporó, se sacudió la falda y salió caminando del brazo de su acompañante. Milagros de la vida moderna.

Desde entonces, Sevilla entera zumba: cafés, taxis, tertulias… Todo vibra alrededor del botín perdido, ese patrimonio que creíamos intocable. El comentario del día, de la semana, del mes. Y lo que queda.

Porque, no nos engañemos: no hace falta ser Orson Welles para imaginar que algo así podía pasar. Tras el célebre robo del Louvre y tantos otros episodios, la lección es clara: el patrimonio siempre está en riesgo, especialmente cuando se da por garantizado.

Por eso resulta curioso -y un punto irónico- que, con las elecciones de la Hermandad de la Macarena en el horizonte, los discursos se centren en grandes promesas, proyectos relucientes y palabras que brillan más que las propias esmeraldas que podían ser robadas. Y, sin embargo, apenas se hable de lo verdaderamente esencial: la conservación del patrimonio histórico que la Hermandad custodia, más aún después de aquella restauración fallida que sigue levantando murmullos en Sevilla.

Que si un nuevo paso, que si un altar nuevo, que si una marcha inédita… Todo tiene que ser nuevo. Pero, quizá, lo verdaderamente revolucionario sería cuidar lo que ya tenemos, garantizar que lo existente -las joyas, la imagen, la memoria- llegue intacto al futuro.

Son medidas que no suenan a banda de música ni levantan vítores en una callejuela, pero evitan que, un domingo cualquiera, unos delincuentes se lleve por delante más que unas joyas: nuestro patrimonio.

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