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Opinión | La ciudad en la mirada

Sevilla

Black Friday, o la ciudad como escenario de la contradicción

Decoración navideña en la calle Sierpes.

Decoración navideña en la calle Sierpes. / El Correo

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Si hoy es Black Friday, significa que ayer fue Thanksgiving Day (el Día de Acción de Gracias) en Estados Unidos. La verdad es que me importa bien poco, porque solo lo he visto en películas y me suena a una gran mesa repleta de velas, calabazas, y un gran pavo en el centro. Pero el caso es que, sin comerlo ni beberlo, aquí estamos celebrando sus secuelas en un festival de compras compulsivas que desde hace unos años inaugura nuestra temporada navideña. Y nos va la vida en ello. Creo que a esto se refieren cuando hablan de globalización. Remuevo el café y reflexiono mientras hago scroll en una aplicación de ventas por internet, y me lamento al mismo tiempo por ser una vez más cómplice del capitalismo que nos ahoga ¿o quizás una víctima? No lo tengo claro, pero siento que es una autodestrucción. Y en esta lucha conmigo misma empiezo el día.

Camino por la calle Sierpes de camino al estudio y, aunque todavía es temprano, la gente empieza a tomar posiciones para acechar sus fichajes en cuanto se abran las puertas de las tiendas. Los escaparates están llenos de carteles de colores anunciado los ansiados descuentos y la ciudad ya tiene la decoración navideña instalada. Este año la estética del brilli brilli que pendonea sobre las calles está siendo un éxito, y eso que todavía no hemos visto las luces encendidas. La verdad es que está bien pensado, porque el movimiento de las guirnaldas crea reflejos muy llamativos cuando les da el sol. Así no tienes que esperar a que sea de noche para poder empezar a disfrutar del espectáculo. Aquí es fiesta todo el día. Y no sé si me parece tremendamente hortera o en realidad me encanta. Puede que las dos cosas sean verdad.

Iluminación navideña

Iluminación navideña / El Correo

Las ciudades se transforman en Navidad, y aunque sea en parte un efecto secundario del consumismo, es también bonito, porque el espacio público se convierte en un lugar de encuentro, los negocios locales reviven, la gente ocupa las calles, pasea ociosa con castañas en las manos, y la ciudad se pone al servicio de quienes la habitan. Creo que deberíamos aprender a vivir de este modo siempre, no solo cuando es fiesta.

Algo que no termino de entender es la nueva lucha por los LED. Bueno, sí lo entiendo. Hace poco leí acerca del turismo de luces navideñas, y obviamente sabía que era un reclamo en muchas ciudades. De lo que no era consciente era de que se había configurado toda una ontología turística tan contundente como para tener nombre propio. ¿Será una señal (metafórica, por supuesto) de que la gente necesita un poco de luz en sus vidas? ¿Estamos consolando nuestra precariedad a base de espectáculo, al borde del ataque epiléptico y gastando una energía y un dinero que no tenemos, o que podríamos estar invirtiendo en otras cosas más urgentes y necesarias?

Creo que, si hay un momento del año en el que nos volvemos especialmente contradictorios, ese es la Navidad: Regalar. Compartir, Consumir. Comprar. Ilusión. Culpa. Capitalismo. Guerras. Genocidio. Destrucción. Rebajas. Cambio climático. Luces. Luces. Luces. Alegría. Crisis energética. Crisis de la vivienda. Contaminación. Plástico. Despilfarro. Reencuentros. Desencuentros. Nostalgia. Cambio climático. Más luces. Más plástico. Fiesta. Amigos. Familia. Soledad. Pobreza. Esperanza. Magia. Save up to 50% y los peces en el río.

Así, todo junto. Compulsivo y aleatorio. Porque ya demasiado tenemos cada una con lo nuestro. Y así nos va. Pero qué le vamos a hacer, si vida solo hay una. O a lo mejor nos podríamos replantear ciertas cosas. Quizás ahí, en la contradicción entre el brillo y la culpa, esté la magia de la Navidad.

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