Opinión | A compás
Me lo dijo Camarón
Este 5 de diciembre, el de San Fernando, hubiera cumplido 75 años

El fotógrafo jerezano Juan Carlos Toro se encargó de convertir una fotografía Camarón de la Isla realizada por Joaquín Hernández, 'Kiki' en un mural gigante de diez por diez metrosen el Centro de Interpretación Camarón de la Isla en San Fernando / Román Ríos / EFE
Que un clavo saca otro clavo y un amor quita otro amor, ná es eterno; que es la flor de la noche pa quien la merece; que confianza en el hombre nunca la tengas; que el espejo en que te miras te dirá cómo tú eres, pero nunca te dirá el pensamiento que tienes. Lo aprendí sin que me importara no saber que lo hacía por bulerías, rumbas, alegrías o soleá. Desde la inconsciencia de que aquello que escuchaba era flamenco en mayúsculas. Ajena a que el grito hiriente y dulce de ese gitano estiloso y enigmático marcaría el devenir del cante del nuevo siglo. Sin adivinar la trascendencia de una estética, un mensaje y un legado que cada año parece echarse más en falta.
Eran los años noventa. En mi casa, como en todas las del barrio, acababan de traernos por Reyes la primera minicadena. Como si se tratara de un altar, colocamos aquel aparato enorme (ya saben que en la década de la Expo y los Juegos Olímpicos no cabía la sobriedad) en el centro del salón y ahí se congregaba mi familia de ateos sobresaltada para pedir su turno y poner el CD de su gusto.
No recuerdo el momento exacto ni guardo en mi memoria un hecho concreto que me permita relatar poéticamente mis inicios en el flamenco. Pero sí que mis primeros álbumes propios fueron ya, a excepción de los de Alejandro Sanz, títulos flamencos.
Yo era una preadolescente que se creía mayor y reclamaba su voz y espacio entre los discos de Serrat, Luz Casal, Ana Belén, Carlos Cano, Rocío Jurado, Gloria Estefan o María Jiménez, que componían la biblioteca musical de mis padres. No recuerdo el momento exacto ni guardo en mi memoria un hecho concreto que me permita relatar poéticamente mis inicios en el flamenco. Pero sí que mis primeros álbumes propios fueron ya, a excepción de los de Alejandro Sanz, títulos flamencos.

Camarón en una actuación / CORDIGITAL
En esa música encontré enseguida una manera de ser rebelde y posicionarme en el mundo. Primero porque, como niña redicha, el complejo universo que intuía que escondía este arte saciaba la descontrolada curiosidad de esos años y, después, porque lo que iba descubriendo por mi cuenta me parecía tan misterioso y fascinante como cercano.
Muchas veces en casa de mi abuela me metía a escondidas en el cuarto de mi tía a ponerme Potro de rabia y miel del que me llamaba tanto la atención esa portada pintada por Barceló como el dramatismo del cantaor, que a mí se me antojaba entre patético y quebradizo. Fue la última obra que publicó el de la Isla, apenas dos meses antes de su muerte el 2 de julio de 1992, “en un día de una tristeza perfecta”, en palabras de Ortiz Nuevo. Cuando tenía tan sólo 41 años y 18 discos con cerca de 200 títulos grabados.

Disco de Potro de rabia y miel / camarondelaisla.es
Ahora sé que prácticamente todas las preguntas que me hice en aquel viaje iniciático con lo jondo me las respondió José Monge Cruz. En mi particular búsqueda hacia la fuente y en el aprendizaje del cante (los palos, los estilos, los nombres de cantaores, el toque, las referencias…) me sirvió de guía -o mejor, de estímulo- la Antología editada en 1996 que es para José Manuel Gamboa “la aventura musical de un verdadero genio”.
Al principio de los tres discos, que recogen su obra en orden cronológico, escuchaba únicamente el segundo, relativo a su periodo de Grandeza, con éxitos como Rosa María, La Tarara, Volando voy, Como el agua, Un tiro al aire, Moraito como un lirio o La leyenda del tiempo. Pero pronto acudí a los Fundamentos de su primera etapa y desembarqué en la Apoteosis del período final. Allí encontré el flamenco de ayer que quería conocer, el que me apelaba hoy y con el que soñaría mañana.

Camarón murió con apenas 41 años, pero con un gran legado musical / E.C.
Si Camarón resultaba irresistible en lo artístico para muchos oyentes neófitos en lo jondo era precisamente porque, no sólo no los expulsaba, sino que los invitaba a descubrir, a soñar, a dejarse seducir y perder los prejuicios. “Por eso nos gustaba Camarón, porque era viejo como un faraón, pero ligero como un chiquillo; alegre y serio al mismo tiempo” señalan Irene Mala y Salva F. Romero en su biografía ilustrada.
"Su arte mezclaba rigor e imaginación, clasicismo y ternura, revolución y potencia, sabiduría e instinto. Y como cantante no le faltaba nada: tenía una afinación prodigiosa -oído absoluto-, sabor y transmisión; una musicalidad única y una voz inconfundible. Luego estaba su valentía para arriesgar, inventar y abrir caminos nuevos: no había límites", apuntan Miguel Mora y Gamboa.

Imagen facilitada por la Taberna La Carmencita de Madrid de la fotografía de Paco de Lucía y Camarón realizada en 1973 por el argentino Pedro Lamarca, y que es uno de los retratos que cuelgan desde hoy en este local, un negocio de 1854 que en los años 70 del siglo pasado era parada obligatoria para las figuras del flamenco / PEPE LAMARCA / EFE
Su natural atractivo, pienso, tenía mucho que ver con que la sangre que supuraban sus heridas eran las de un pueblo maltratado. Así, cantaba como necesitado de afecto, con un "tierno grito de gitanito desconsolado", Gamboa dixit. "Camarón puso de moda ser gitano y como si fuera un estratega genial e involuntario del marketing creó también la necesidad y el deseo de serlo”, apunta la periodista Silvia Cruz Lapeña en este sentido.
Su natural atractivo, pienso, tenía mucho que ver con que la sangre que supuraban sus heridas eran las de un pueblo maltratado. Así, cantaba como necesitado de afecto, con un “tierno grito de gitanito desconsolado”, Gamboa dixit
Pero, además, tristemente, encerraba todos los dramas de la época: la pobreza, la marginalidad, la adicción, la enfermedad… "Fue yunque, fragua y alcayata, y también billares, hachís, bocadillos, cocaína, papel de aluminio, ácidos y tabaco rubio americano, Mercedes Benz, galas en América…", escribió Francisco Peregil en El dolor de un príncipe, una biografía que se lee "como una juerga flamenca" entre cuyos invitados aparecen "noctívagos de vocación, artistas del hambre, guardaespaldas afanados, guitarristas virtuosos, promotores de poco escrúpulo, estilistas de presidio, aduladores que persiguen una migaja del genio, y algunos, más bien pocos, amigos verdaderos".

Óscar Jaenada como Camarón en su biopic / PI
Probablemente sin quererlo Camarón se convirtió en el mayor icono musical español del siglo XX, un fenómeno social y un líder espiritual de masas. Quizás, por eso, según iba creciendo su leyenda y yo veía como su figura se convertía en objeto de caricatura y merchandising, me quise despegar de él, renegando de una estética cuyos seguidores, que no discípulos, pervertían alimentando la anécdota.
Pero más allá del mito, este 5 de diciembre en que habría cumplido 75 años, me quedo con el dolor de la ausencia de un creador intuitivo, de personalidad rompedora, libre, salvaje y valiente. Con esa sensación de "escalofrío casi inmediato, de temblor ante una situación extraña, inesperada e incómoda" que se siente, como resume Cruz Lapeña, cuando "alguien escucha por primera vez el alarido camaronero". Ése que sigue vivo e intacto y que conserva "una verdad que se reproduce cada vez que alguien en cualquier lugar del planeta pulsa el play".
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