Opinión | Tribuna
Banderas andaluzas en el vacío

El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, junto al alcalde Málaga, Francisco de la Torre, durante el acto que ha presidido de izado de la bandera de Andalucía. / Álvaro Cabrera / EFE
En la luna no hay atmósfera ni viento. Allí no pueden ondear banderas. Y aun así, los primeros astronautas norteamericanos clavaron una que parecía moverse como en nuestro planeta. Lo consiguieron gracias a un complejo sistema de varillas horizontales. Da el pego, pero no deja de ser un engaño. Algo parecido pasa en Andalucía este 4D, declarado solemnemente por Juanma Moreno Día de la bandera andaluza.
El 4 de diciembre se conmemora la que sigue siendo la mayor movilización social en la historia de Andalucía. En este día, en 1977, millones de andaluces salieron a las calles pidiendo libertad y autonomía. Muchos, y muchas, agitando banderas blanquiverdes. Las grandes avenidas de nuestra tierra se abrieron entonces en esos colores que incluso ondearon en solitario en muchos edificios públicos.
Celebrar esta efeméride nunca fue del gusto del Partido Socialista. Evoca un movimiento popular reivindicativo; un grito espontáneo y rabiosamente andaluz que contrasta demasiado con la Andalucía de despachos, burocracia e instituciones en la que se consolidó ese partido. Frente a ello, optó por declarar como día de Andalucía el 28 de febrero, fecha del referéndum institucional en el que se ratificó nuestro acceso a la autonomía plena. De ese modo, el partido que dirigió durante tantos años el destino de nuestra tierra puede recordarnos cada año la traición de los partidos conservadores que en aquella ocasión llamaron al pueblo andaluz a rechazar nuestras propias instituciones.
Ajenos a estas peleas partidistas, los andalucistas que veían en el autogobierno de Andalucía el ideal emancipador de un horizonte más justo siguieron celebrándolo el 4 de diciembre. Se fue convirtiendo en una cosa minoritaria de quienes seguían insistiendo en que el único camino hacia el progreso pasa por que los andaluces elijan su propio destino. Detrás de este sentimiento nacional latía la convicción de que si nosotros mismos gestionamos nuestro futuro podremos salir de la marginación en la que hemos vivido siempre.
Y durante años la bandera de Andalucía simbolizó verdaderamente ese sueño. Eso fue cuando aún era una bandera sin escudo, ribetes ni mástil. Tres líneas -verde, blanca y verde- que se agitan en las fincas baldías ocupadas para que las cultive la gente, en huelgas de hambre por los derechos humanos, manifestaciones para evitar el despido de trabajadores o concentraciones contra la guerra. Parecía entonces que la bandera trajera en sí misma la esperanza de un mundo mejor. Como cantaba Carlos Cano, la blanquiverde quitaba penas, quitaba hambre. Con el paso de los años hasta ese sueño se está desvaneciendo.
Los datos, desalentadores, dejan poco lugar para la épica. El balance de la autonomía, 50 años después, es tristemente escuálido. En estas décadas Andalucía ni ha disfrutado de un autogobierno razonable, ni ha sido tampoco capaz de reducir la terrible brecha que nos separa del resto de la península.
La práctica ha demostrado que el hecho de tener instituciones andaluzas no implica necesariamente une gestión virtuosa. Más allá de la constante lacra de la corrupción, que es universal, los gobiernos andaluces no han demostrado ni capacidad ni, sobre todo, interés en dar una solución andaluza a nuestros problemas seculares. Los partidos que han dirigido la Junta de Andalucía lo han hecho siempre más preocupados por la política española, y por sí mismos, que por el pueblo andaluz.
Tenemos un parlamento que ocupa un bonito edificio pero que es como tener un tío en Alcalá. Ha habido años en los que nuestros diputados solo han conseguido aprobar tres o cuatro leyes. En 2023, se aprobaron ocho y entre ellas hay varias destinadas exclusivamente a aprobar la creación de sendas universidades privadas. Ahora, aprovechando la mayoría absoluta popular parece que nuestros políticos vuelven a decidirse a aprobar normas andaluzas, pero lo hacen para reformar las del partido socialista o para copiar las de otros lugares. No hay ningún interés en buscar soluciones específicas para los problemas de aquí, que son sin duda diferentes -por su origen y su desarrollo- a los de otros lugares.
El autogobierno no ha sacado a Andalucía de la cola de Europa. La promesa de la autonomía se desmoronó como un azucarillo, convertida en señores con ínfulas que engolan la voz para hablar siempre de sí mismos. ¡Quién lo iba a decir! Al final la autonomía era volver a la Andalucía de los coches con chófer, los casinos y los palcos reservados. Y mientras ellos se pavonean orgullosos nuestro pueblo vive cada vez más cerca de la miseria.
Las cifras son un abismo al que nadie quiere asomarse: Andalucía tiene la tasa de pobreza y exclusión social más alta del país. Afecta a más del 35 por ciento de las personas que vivimos aquí. Casi diez puntos porcentuales por encima de la media estatal. Algo parecido sucede con el abandono escolar temprano, que afecta a casi una cuarta parte de nuestros niños, trece puntos por encima de la media europea. El desempleo, por supuesto sigue siendo mucho más alta que en la mayoría de otros territorios.
A Andalucía le va peor que a nadie. Llevamos así 50 años y los gobiernos andaluces jamás se han parado a intentar remediarlo. Mientras nuestros hijos pasan hambre, el sonriente Moreno Bonilla recupera el 4 de diciembre convertido en día alegre y festivo de la bandera. La Junta nos anima a colgar banderas del balcón para celebrar que no somos nada ni tenemos nada que celebrar. Por supuesto, no tiene en mente aquella enseña combativa cuya mera presencia exigía pan y trabajo; vivienda y libertad. Prefiere trapos verdiblancos mucho más decorativos: banderas como colgaduras de Semana Santa o mantones de manila de los que se exhiben en los toros. Algo bonito que les alegre la vista mientras pasean sus trofeos entre humo del incienso. Todo más falso que la bandera de la luna en una atmósfera igual de vacía.
Nuestra bandera debe recuperar su dignidad como expresión de la lucha de un pueblo
Andalucía no se merece esto. Nuestra bandera debe recuperar su dignidad como expresión de la lucha de un pueblo, pero solo podría hacerlo de la mano de un nuevo andalucismo que conecte con una gente verdaderamente abandonada. En vez de eso, los restos políticos y culturales del andalucismo -resignados al camino de la gracia- acabaron por subirse al caballo del folklorismo. Se han creído la milonga de que la autonomía ha logrado convertirnos en un pueblo donde todos somos señoritos en vez de jornaleros. Y se han creído que ser andaluz solo tiene que ver con pasarse el año ensayando coplas de carnaval, preparando cofradías o soñando con ferias aflamencadas. El tópico hecho realidad, olvidando somos tierra de desgarro y sufrimiento.
El 4 de diciembre es el mejor día para pensar en esta deriva. Y no hay que hacerlo con la melancolía de los que creen que todo tiempo pasado fue mejor o más combativo. Bien al contrario, es buen momento tomar conciencia de todo lo que podría cambiar si Andalucía volviera a ser un sujeto político propio. No para competir con nadie ni para pedir dinero a nadie (que son las únicas formas en las que nuestros políticos entienden lo andaluz) sino para entender las necesidades específicas de nuestro pueblo y buscarle por fin arreglo.
En este día en el que se intentan tapar con la bandera la miseria a la que unos y otros nos han llevado, es posible desmontar ese engaño. Recuperar la dignidad. No hay nada que celebrar y sí mucho trabajo por hacer. Solo falta gente dispuesta. Andaluces y andaluzas de verdad, de los que no están en la luna.
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