Opinión | Tribuna
Cienfuegos

José Luis Cienfuegos / El Correo
Recibí la noticia a través del móvil en un autobús lleno de cineastas y gentes del audiovisual. Herido y sin creérmelo, compartí esos titulares escritos entre dolor y prisas con los integrantes de la caravana y amistades muy queridas. Nadie era capaz de asumirlo. Nadie era capaz de aceptarlo. Nadie quería digerir que había fallecido José Luis Cienfuegos, según muchas firmas destacadísimas del sector (solo hay que asomarse estos días a las redes), "el mejor director de festivales de cine de España". No solo eso. Según quienes tuvimos la suerte de conocerle, también un amigo que se percibía como tal casi al instante de tratarle. Sin duda, porque Cienfuegos nació en Avilés y es absolutamente imposible no entablar una cercanía radical e inmediata con cualquier alma de raíz asturiana, pero también -me atrevo a pensar- porque su gran amor era el cine. Y el cine éramos el resto.
Aquel delgadísimo “mod” de gafas de pasta y talante transgresor estaba a punto de convertir a la capital andaluza en otro referente del cine contemporáneo y en la sede de las nominaciones de los Premios del Cine Europeo
Le conocí en 2013, año en que seleccionaron nuestro largometraje Casting en el Festival de Cine Europeo de Sevilla. Él era prácticamente un recién llegado a una ciudad con una idiosincrasia particular y con una forma de ser que, con gran inteligencia y buenas hechuras, José Luis hizo suya poco después de aterrizar. Quizás por eso, la Mariana Villa -como la describe uno de nuestros tantos amigos comunes- acogió bien a ese tipo espigado vestido de Fred Perry y pantalón pitillo, y de una risa rápida y nerviosa que se contagiaba justo cuando se agarraba de tu brazo, con tal fuerza que uno intuía que era su forma de evitar caerse al suelo. Aquel delgadísimo mod de gafas de pasta y talante transgresor estaba a punto de convertir a la capital andaluza en otro referente del cine contemporáneo y en la sede de las nominaciones de los Premios del Cine Europeo (hasta el punto de que su 31 edición se celebraría allí, en pleno Teatro de la Maestranza, en 2018).
Desde ese momento, el Festival de Sevilla no dejó de crecer. Y con él, su público. Hace poco conocí a un chico que, sin ser de la profesión, reconoce haber visitado Sevilla solo para disfrutar del certamen y de sus películas, algo impensable antes de la dirección del inquietísimo cinéfilo. Como dijo la periodista Marta Echeverría en Hoy empieza todo (Radio 3), José Luis Cienfuegos "redefinió el concepto de cine independiente". Y yo diría más. Creo que a la mayoría de sus secuaces nos redefinió también como espectadores. Su gusto fino, exquisito, atrevido hasta lo delirante y de una editorial tan moderna que podía provocar la extenuación, nos hizo más exigentes, más conscientes, más observadores de la pureza (and rareza) del cine. Cienfuegos y su equipo -con su inseparable Mariona como "compañera de viaje", como la define una esquela que ojalá no hubiera leído nunca- realzaron el papel del arte cinematográfico en una ciudad que, hasta entonces, solo había logrado vivir -y muy bien- de su folklore. La Hispalis punky, esa que tanto nos ha seducido a la sevillanía, había encontrado en esta panda su catapulta a Europa.
Tras aquel primer contacto, vendrían muchos más. Tuve el privilegio de que me invitara a ser jurado de largometrajes y de ganar uno de sus giraldillos dorados con un corto rodado en la tierra con colegas que, más tarde, acabaron vinculados a su familia profesional. Nos encontramos en fiestas, bares, conciertos, premios Goya y no-Goya. Fue la primera persona que nos apoyó institucionalmente para llevar a cabo el Encuentro de Guionistas de 2024 en Sevilla. Y hablamos mucho cuando llegó el cataclismo que provocó su salida del festival. Se le notaba dolido y cansado. Después de más de una década dejándose la vida en las oficinas de los teatros y las calles de la Alameda, después de convertir cada noche del SEFF en una fiesta de música y colores, José Luis se merecía el aplauso del sector, y a cambio se encontró con algún reproche innecesario y más de una mezquindad. Por suerte, tenía firmado su refugio en Valladolid, donde en apenas dos años ha logrado situar a la Seminci en el pódium incontestable que siempre se mereció.
Tuve el privilegio de que me invitara a ser jurado de largometrajes y de ganar uno de sus giraldillos dorados con un corto rodado en la tierra con colegas que, más tarde, acabaron vinculados a su familia profesional
El martes noche fue imposible no llorar al bajar de ese bus de colegas cineastas y maldecir a esos jodidos aneurismas que fulminan a nuestra gente de forma aleatoria, traicionera y sin aviso. Al mismo tiempo, también era imposible no extraer de ahí -como tantas otras veces- la todavía más jodida lección de que hay que exprimir la vida como José Luis Cienfuegos exprimió cada fotograma que atravesó esas elegantísimas lentes cargadas de cine, arte y existencia. Es posible que solo así, como canta otra alma asturiana llamada Nacho Vegas, comprendamos que "vivir es fuga y fragilidad". El resto es otra película, pero no merece ser seleccionada.
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