Opinión | Miel, limón & vinagre
José María de Loma
Juan Carlos de Borbón, el rey desnudo

Juan Carlos de Borbón, rey emérito de España. / Redacción / EFE
Al final, lo que todos queremos es que alguien nos escuche. Repudiado por muchísimos, excepto Froilán, gran consejero; una de sus hijas y un empresario gallego paganini, clamaba en el desierto. En el de Abu Dabi, para ser más exactos. Así que el Rey emérito, Juan Carlos de Borbón, se ha ido a que lo confiese una francesa. Darle la chapa, y que te preste atención, a una francesa: algo así como el sueño del hombre del landismo, que aún persiste. El landismo.
Uno se imagina al Borbón con aquellos tartamudeos a lo Alfredo Landa cuando tenía una sueca cerca. Las suecas eran el objeto de deseo del españolito medio y reprimido en los setenta e incluso los ochenta. Pero el Rey de entonces no tenía nada de reprimido y daba rienda suelta a sus deseos, de business, sentimentales, de cazador, pescador, conquistador y hombre de negocios. También ambicionó desdibujar o reescribir el pasado y vendernos que él hizo la Transición. No estorbó, si bien su compadreo con el general Armada para un posible Gobierno de concentración presidido por el militar está también documentado.
El emérito. Genio y aún figura. Ahora ha escrito. Ha dictado. Largas jornadas con Laurence Debray han dado como resultado un libro que se titula Reconciliación y que debería llamarse Justificación. Hay quien escribe unas memorias y quien publica unas desmemorias. Debray es hija del filósofo de izquierdas Régis Debray y, según ella misma ha señalado muchas veces, su obsesión con el exmonarca viene de lejos. Tenía fotos de él en su habitación de adolescente y ya ha escrito más de un texto sobre Juan Carlos de Borbón. Las nuevas formas de frikismo nunca dejan de sorprender. El libro está funcionando bien, en estas jornadas en las que incluso los más alérgicos a la lectura dan vueltas por las librerías (sección de librería de los grandes almacenes) para hacer un regalo.
En el volumen deja títere con cabeza pero no todo el mundo sale muy bien parado: él sí. Para eso es el autor. En una escuela o taller literario, Juan Carlos podría dar clase de cómo construir un personaje. Él mismo. Nada, nada, el trinque de cien kilos en comisiones, nada, nada, los cuernos a doña Sofía, tal vez la persona más apreciada y querida de España, nada, nada. ¿Suárez?, que sí, hombre, majete pero si no fuera por mí…
En el libro, se atribuye la iniciativa de legalizar el Partido Comunista de España, lo cual resulta de un atrevimiento y un descaro que insulta a toda la historiografía reciente y no tan reciente, que atribuyen a Adolfo Suárez la iniciativa.
En sus páginas, la mentira del PP con el 11-M, esas famosas llamadas de Aznar a los directores de periódico jurando y perjurando que había sido ETA, queda minimizada, justificada. También confiesa que ha discutido mucho a cuenta de política nacional y entra más o menos en el caso Noos, tal vez con envidia de que haya alguien en la exfamilia, Iñaki, que tenga más rostro que él para los negocios. En un reciente vídeo con la bandera de España detrás, el Borbón ha animado a los jóvenes (los no tan jóvenes ya nos sabemos la película) a que apoyen a Felipe VI en lo que ha sido una suerte de spot pro monarquía trufado de vídeo promocional del libro.
«Quien quiera ser amado, trabaje por ser presente», nos dejó dicho Jorge Manrique. El emérito trabaja por estar hasta en la sopa. Más que para ser amado, para que su libro sea comprado. Se encarama en la lista de los más vendidos, no así de los más apreciados. Su familia (Felipe y Letizia sobre todo) circunscribe la relación con él a almuerzos privados sabatinos en los que seguramente se comporte como una persona normal y hasta pida extra de guarnición de patatas fritas y sugiera la posibilidad de arroz con leche y carajillo. Pero él quiere una presencia más efectiva, un reconocimiento. Nadie le impide venir a vivir aquí, si acaso eso, su propia familia. Un rey ha de tener mucho de buen relaciones públicas, pero a él se le ha pasado el turno. Resultado un estorbo para sus parientes, se ha convertido en un talismán para las editoriales. A lo mejor puede dar a imprenta otro libro de fantasías. Que tiene valor periodístico, no sabemos si histórico. Todo un ejercicio de redundancia: que un rey se desnude en un libro cuando ya hace muchos años que aquí se ha proclamado que el Rey está desnudo.
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