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Opinión | Tribuna

Sevilla

Este año Baltasar es del Partido Popular

Juanma Moreno con la corona de rey Baltasar.

Juanma Moreno con la corona de rey Baltasar. / Instagram

Ya es Navidad y los adultos nos convertimos en orfeos en busca de nuestra infancia desaparecida en el infierno de tiendas, decoraciones, villancicos y tradiciones familiares. Dicen los científicos que todo eso provoca endorfinas de modo que la conexión con el pasado se convierte en un instrumento positivo de identidad personal. Lo llaman memoria autobiográfica emocional, pero en realidad no es más que la nostalgia de ese tiempo de felicidad y confort en el que éramos apenas personitas en formación bajo la protección y el amor de otros. Habrá quien se alegre sinceramente porque ha nacido el Mesías y de esa emoción religiosa le nazca el impulso de entonar villancicos. La inmensa mayoría de la población, sin embargo, lo vivimos como mera celebración emocional cuajada de tradiciones.

La Navidad es íntima y personal pero también colectiva. Los marcadores externos son necesarios para crear la atmósfera que la convierte en época especial del año. Y si no, que se lo digan a quienes la odian. Como la felicidad se hace mandato obligatorio, siempre se ha ridiculizado a quienes no encuentran disfrute en estas fiestas. Lo hizo Charles Dickens con su señor Scrooge y volvió a hacerlo después Seuss con el Grinch, símbolo contemporáneo del gruñón que odia la navidad. En la ficción estos tipos acaban siempre redimidos y descubriendo el feliz espíritu de estos días. En la vida real uno no puede sino admirar –con cierta compasión– a quienes por distintos motivos se sienten ajenos al ambiente forzadamente festivo de estas semanas.

En la vetusta Sevilla la gestión pública de la navidad cada vez tiene menos que ver con la ilusión o la infancia. Hace tiempo que nuestros ayuntamientos entraron en la absurda competición por ver quien pone más millones de luces led adornando las calles. Una catetada barroca y vulgar con falsos aires de grandeza de la que es difícil escapar. Una falta de buen gusto cada vez más combinada con el desprecio por la esencia de la Navidad. El alcalde que vino de Tomares es aficionado a los golpes de pecho de cristiano nuevo. Hace gala de su fe religiosa a modo de bandera política y es de los que nunca felicitan las fiestas. Sin embargo, nos endilga un mapping lamentable a modo de celebración. El gran evento de la navidad es la proyección sobre la fachada del Ayuntamiento de un audiovisual lleno de guiños a la feria, la semana santa y los toros. Parece que ha buscado la manera más cutre de combinar “innovaciones” que parecen sacadas de la Expo92 con la Sevilla más rancia. Arsa, la navidad.

Y mientras el ayuntamiento utiliza la Navidad para vender la versión más casposa de los tópicos de la ciudad, la organización de la cabalgata de reyes ha decidido que este año el rey Baltasar de ese desfile lo represente nada menos que Juanma Moreno Bonilla, presidente de la Junta de Andalucía metido en plena campaña electoral para renovar su mandato.

La auténtica “paradoja de Baltasar” es que mientras queremos que los niños crean en la existencia real de este ser imaginario, los adultos somos conscientes de quién se esconde bajo la capa de betún y por qué. En eso ya no podemos volver a la edad de la inocencia. Ni podemos evitar las arcadas que provoca tan burda manipulación política. La culpa dicen que no es del Ayuntamiento, sino del Ateneo, convertido en una de sus sucursales.

El Ateneo de Sevilla fue hace mucho tiempo un motor de progreso e innovación; el hogar que reunió a la generación del 27 o al ideal andaluz de Blas Infante. Sin embargo, hoy sufre una triste involución paralela a la de la ciudad misma. De ser el epicentro de las vanguardias, como se definía, ha degenerado en club oscuro de señores conservadores en busca de influencia. El espíritu de los tiempos ya no es el zeitgeist ilustrado y emancipador. Volvemos a la Sevilla controlada en los aristocráticos salones de poder. La de los casinos, grandes clubes privados y palcos en los toros. Y en ese mundillo siniestro hay que tener contento a quien manda sobre los dineros públicos. Sobre todo si es de los tuyos.

Al paso que vamos, que nadie se extrañe si pronto vemos a Juanma Moreno como pregonero de la Semana Santa. Y menos mal que no es buen dibujante, que si no hasta le encargan el cartel. La ciudad está a los pies de su amo designado. Quienes adulan al presidente de la Junta y lo promueven para estas cosas no esperan que reparta caramelos. Seguramente tengan más en mente otro tipo de regalos. Favores, sueldos, licitaciones y chanchullos en general. Estamos entrando en una etapa tan falta de pudor que no es difícil imaginarlos al paso de la cabalgata quitándose el puro de la boca para gritar: ¡Baltasar, tírame un contrato fraccionado de esos que tú haces! Desde luego, mamografías no va a tirar, que de eso hay pocas.

En todo caso, que nadie se llame a engaño. Lo de premiar a políticos con un trono en la cabalgata viene de antiguo. Pasó con Juan Espadas hace ocho años y con Monteseirín en 2002. También mucho más atrás con Javier Arenas, José Rodríguez de la Borbolla o Alejandro Rojas Marcos. La “pequeña” diferencia es que ninguno de ellos lo ha sido en año electoral. Esta vez, el cinco de enero -si la lluvia lo permite- veremos al candidato del partido popular pasear enjoyado por las calles de nuestra ciudad repartiendo caramelos y recibiendo aplausos. Que tenga cuidado el señor Moreno Bonilla. No porque puedan acribillarlo a caramelazos como le pasó a Pepote, sino porque la estadística dice que uno de cada treinta reyes magos acaba en la cárcel. Es lo que el brillante máximo responsable de comunicación de la Junta de Andalucía llamaba hace unos años la maldición de la cabalgata. Esperemos que esta vez no sea el caso.

El candidato Moreno Bonilla se mostrará en su trono con la cara tiznada. Una costumbre cada vez más chocante. Tenía su lógica cuando vivíamos en una sociedad menos rica y plural. En los tiempos que corren, cuando compartimos ya la ciudad con tantas personas de raza negra, sería importante dejar claro que no se trata de ridiculizar a nadie por su color de piel. Tanta cara pintada ayuda a reforzar los estereotipos que están en la base del racismo y por eso sería interesante que tanto en el cortejo de beduinos como, eventualmente, alguna vez entre los reyes magos se recurriera a personas negras. Como recordaba hace poco un dirigente afrodescendiente ¿qué diríamos si un alcalde negro se pintara la cara de blanco para hacer de Melchor en una cabalgata? Pues que hay muchos blancos como pare tener que elegir a quien no lo es. Eso mismo dicen ellos de Baltasar. Y que ningún purista de los que abundan en la Sevilla rancia se escandalice; el primer Baltasar de la cabalgata de Sevilla fue un “negro de verdad”. Antoñito, el botones del cine Llorens. Según cuentan no resultó elegido tanto por su raza como su habilidad para montar en camello. Así que si alguien se enroca en las tradiciones, que respete también esta y a ver si por fin volvemos a tener un Baltasar que no necesite pintarse la cara.

Entre tanto, no nos va a quedar más remedio que recurrir a las tradicionales copitas de anís para quitarnos la náusea que provoca tanto santurrón de boquilla convencido de que la navidad es suya. En vez de escandalizarnos como Cayetana, brindemos por que saquen sus sucias manos de encima de los reyes magos. La Navidad es terreno de la infancia y, como ella, debería permanecer inocente y feliz. Ajena a estas miserias. Si no es mucho pedir.

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