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Opinión | A compás

Sevilla

Que no nos quiten lo ‘bailao’

La bailaora María Moreno del grupo de flamenco 'Guerrero'.

La bailaora María Moreno del grupo de flamenco 'Guerrero'. / A. Pérez Meca / Europa Press

Bailar es seguramente la expresión artística que desarrollamos de forma más natural. Bailamos desde que somos niños y apenas balbuceamos palabra alguna para mostrar nuestra felicidad, liberar tensiones o celebrar la alegría. Cuando aún nos llevan en brazos movemos las manos y la cabeza para hacernos notar y, aunque todavía nos tambaleemos al andar, probamos a cruzar nuestros pies para comunicarnos.

Hay algo instintivo que nos impulsa a ponernos en movimiento porque el cuerpo, para sentirse vivo, necesita estirarse, girar, tambalearse, expandirse, agotarse. Por eso, por más que conforme vamos creciendo nos obliguen a permanecer sentados y se premie nuestra quietud, salimos cada vez que podemos a bailar. Porque bailar es la fiesta y resulta liberador abandonarse y dejar que sea nuestro esqueleto el que hable por sí solo. Piénsenlo. Desde que llegamos al mundo respondemos a los estímulos con un meneo y cuando envejecemos sólo pedimos seguir bailando.

Sólo quería bailar (2023, Tránsito), por cierto, es el título del maravilloso libro de la bailarina, coreógrafa, payasa y directora teatral, Greta García Jonsson, en el que narra en primera persona la historia de Pili, una bailarina sevillana que acaba en la cárcel jarta de la institución y la burocracia. Un alegato fresco, irreverente y directo contra las barreras de un sistema siniestro que aniquila la creación.

Viendo las cifras del Anuario de la SGAE 2025 de las artes escénicas, musicales y audiovisuales, resulta desolador comprobar que la danza representara sólo el 4,5 por ciento de las funciones programadas en España el pasado año. De los datos globales, el teatro ocupa el 93% de las representaciones y el género lírico, más abajo todavía con un 2,1 por ciento, el resto.

Andalucía, la cuarta en este ranking general de las artes escénicas, avanza un puesto cuando se atiende a programación de danza, pero con un porcentaje bastante lejano (el 13,7%) a los que ostentan Madrid (26,2%) y Cataluña (21,1%)

De este análisis de los principales indicadores del comportamiento del sector cultural, los hábitos de consumo en 2024 y su evolución respecto a los años previos, se extrae también que las artes escénicas pierden la mitad de su público desde antes de la crisis y que la diferencia de la oferta de representaciones entre comunidades autónomas genera una indignante brecha para artistas y espectadores, concentrando Madrid (con el 33,7% del total), Cataluña (21,6%) y la Comunidad Valenciana (7,8%) los mayores porcentajes. Esto es, el 63,1 % de toda la actividad escénica registrada en el país.

Andalucía, la cuarta en este ranking general de las artes escénicas, avanza un puesto cuando se atiende a programación de danza, pero con un porcentaje bastante lejano (el 13,7%) a los que ostentan Madrid (26,2%) y Cataluña (21,1%). Un salto que contrasta con la brillante nómina de bailaores, bailaoras, bailarines y bailarinas que desarrollan sus creaciones en nuestra región, cuyo talento termina por protagonizar los carteles de las temporadas de los grandes escenarios y festivales europeos y mundiales.

Precisamente de esta discriminación, que deja a los artistas de danza andaluces desvalidos, alertaba este jueves pasado la Asociación de Profesionales y compañías para el desarrollo de la danza en Andalucía (PAD) a cuenta a la presentación de candidaturas a los premios MAX, que reconoce cada año las producciones más destacadas de este campo.

La incorporación en sus bases de la exigencia de un mínimo de diez funciones para acceder a la candidatura ha supuesto que “más de la mitad de propuestas hayan sido denegadas y 29 obras se queden fuera”, lamenta la PAD. Es decir, las pocas oportunidades de exhibición en nuestro territorio provocan una clara desigualdad que favorece a las compañías de danza contemporánea catalanas (con circuitos propios). “Cuando tu comunidad no programa danza, la cadena de consecuencias es real”, señala la asociación en su comunicado donde lamenta que la danza andaluza quede fuera, no por falta de calidad, sino por falta de apoyo: “mientras Cataluña protege, impulsa y presume de sus propias compañías, Andalucía no está ofreciendo las mismas oportunidades”. –“Y todas las compañías que no han presentado sus espectáculos porque al leer las bases ni lo hemos intentado”, comentaba en Instagram la bailarina Lucía Vázquez que, junto a otras bailaoras flamencas como Sara Jiménez, Lucía Álvarez ‘La Piñona’ o Ana Morales, expresaban su tristeza en la red.

Este maltrato sorprende aún más cuando contamos, en danza contemporánea y sobre todo en danza flamenca, con las figuras más reconocidas a nivel mundial que, evidentemente se ven abocadas al exilio creativo.

Sevilla no cuenta, salvo el Teatro Central, con ningún espacio escénico con programación habitual de danza -flamenca o no- y que el Ayuntamiento de Sevilla sigue a día de hoy -dos años y tres meses después- sin buscar una alternativa al vacío escénico que implica el cierre del Teatro Lope de Vega

La realidad, como he señalado ya desde esta columna, es que las compañías y los solistas de baile flamenco tienen con suerte (cuando ya son reconocidos, su espectáculo goza de buenas críticas y no vienen de un éxito anterior), una gira nacional que puede aspirar a un máximo de 3/4 funciones en el circuito jondo. Entre otras cosas porque en esta ciudad no se concibe, por ejemplo, que un espectáculo que haya sido programado en la Bienal se pueda ver de nuevo ese mismo año o al siguiente de nuevo. Por no insistir en que Sevilla no cuenta, salvo el Teatro Central, con ningún espacio escénico con programación habitual de danza -flamenca o no- y que el Ayuntamiento de Sevilla sigue a día de hoy -dos años y tres meses después- sin buscar una alternativa al vacío escénico que implica el cierre del Teatro Lope de Vega.

Sin el Lope; con unas Naves de Calatrava cuyo proyecto ha pasado de ser un futuro centro de danza a una cochera de la Policía Local; la desaparición del Mes de Danza en 2020 tras 26 ediciones por falta de apoyo institucional; el raquítico apoyo a la distribución de los espectáculos; el escaso número de escenarios donde poder bailar y este último bofetón de los MAX, la capital andaluza no sólo pierde la oportunidad de posicionarse como el referente de la danza que podría ser, sino que deja en un absoluto desamparo a los creadores con los que luego se pone medallas. Y, en estas, sólo nos queda patalear para que no nos quiten lo bailao.

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