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La perla

20/10/2025 Decenas de personas observan la portada del nuevo álbum de Rosalía, 'Lux', en la plaza de Callao. / Carlos Luján / Europa Press
Rosalía va llenando el mundo con su música. Nueva York, Londres, París resuenan hoy a los acordes de una artista española acompañada por los violines de una gran orquesta. El gesto no es menor. Hay en esa imagen -una voz nacida en los márgenes del flamenco dialogando con el espacio solemne de la música sinfónica- algo más que éxito o modernidad: hay una afirmación cultural. Justo hace cien años, otro músico español logró algo parecido. En 1925, El amor brujo del gaditano Manuel de Falla confirmaba que la música española podía ocupar, sin complejos, los grandes templos culturales de la modernidad. No era solo una partitura: era una declaración de intenciones. España dialogaba de tú a tú con el mundo sin renunciar a sus raíces.
Aquel momento formaba parte de lo que hoy llamamos la Edad de Plata: un tiempo excepcional en el que música, literatura, ciencia y artes plásticas españolas convivieron con una intensidad difícil de repetir. Fue una época de ambición intelectual, de apertura al exterior y de confianza en el talento propio. Un siglo después, la música española vuelve a ocupar un lugar visible en la escena internacional, aunque desde otros lenguajes y otras coordenadas. Rosalía, con su proyecto Lux, entra en el espacio de la orquesta desde una sensibilidad híbrida, contemporánea y plenamente consciente del mundo global. No invade ese territorio: lo escucha, lo reinterpreta y lo transforma.
Cabe preguntarse si no estaremos -o si no estaremos deseándolo- asomándonos a una nueva edad luminosa, acaso a otra etapa memorable para nuestra cultura. Sin embargo, el balance general invita a la reflexión. En literatura acumulamos más de tres décadas sin un Premio Nobel. En ciencia, el último reconocimiento de ese calibre nos remite a 1959, con Severo Ochoa. En las artes plásticas, nombres como Secundino Hernández o Daniel Steegmann Mangrané mantienen una presencia sostenida en ferias y museos de primer nivel, aunque no siempre desde dentro de nuestras propias fronteras, ni con el respaldo estructural que cabría esperar de un país con vocación cultural.
Por eso, el éxito de Rosalía es motivo de celebración, sí, pero también de responsabilidad colectiva. Porque una cultura no se mide solo por sus figuras excepcionales, sino por el ecosistema que las hace posibles. Sin estructuras estables, sin apoyo sostenido, sin políticas culturales ambiciosas y continuadas, el talento corre el riesgo de convertirse en excepción, en milagro aislado, en destello fugaz que no logra iluminar a otros.
Comienzan a prepararse los fastos para conmemorar los cien años de aquella Edad de Plata. Tal vez la mejor celebración no consista únicamente en mirar atrás, sino en preguntarnos qué condiciones hicieron posible aquel esplendor y cuáles estamos dispuestos a reconstruir hoy. Rosalía es, en este presente incierto, una de esas pocas perlas que aún brillan con luz propia en el escaparate internacional. Pero las perlas no aparecen por azar: se forman lentamente y en condiciones muy precisas.
Ojalá sepamos crear esas condiciones. Ojalá la nueva edad de plata no sea la de una sola voz brillante, sino la de un tiempo en el que muchas otras perlas puedan surgir, crecer y resonar en el contexto internacional. Porque solo entonces el brillo dejará de ser una excepción para convertirse, de nuevo, en un paisaje memorable de nuestra cultura.
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