Opinión | El trasluz
Todo a la vez
Cada nueva Navidad, lejos de sustituir a la anterior, se suma a ella

"Tengo la sensación de que la Navidad no vuelve, sino que no se ha ido o, en otras palabras, que no deja de suceder". / iStock
Tengo la sensación de que la Navidad no vuelve, sino que no se ha ido o, en otras palabras, que no deja de suceder. Ocurre lo mismo con la Semana Santa o con determinados pasajes de la infancia o de la juventud. No es nostalgia, ni simple repetición. Son etapas de la vida que se quedan. Mis padres, por ejemplo, se siguen muriendo cada día. Imaginamos el tiempo como una línea: lo que ocurrió queda atrás, lo que ocurre está aquí, lo que ocurrirá aún no existe. Pero el tiempo vivido rara vez se comporta así. Más bien se pliega, se superpone, se condensa. Hay momentos que no se cierran, que no aceptan la clausura.
Por eso hay situaciones que, más que recordarse, se reactivan, como esos alimentos deshidratados que vuelven a la vida tras mojarlos. Vuelven porque están hechas de una sustancia imperecedera, de símbolos que nos reordenan por dentro. Son, más que acontecimientos aislados, atmósferas, climas. Cada nueva Navidad, lejos de sustituir a la anterior, se suma a ella. Todas las Navidades pasadas actúan a la vez sobre la presente, aunque lo hagan de forma distinta cada año. Lo mismo ocurre con la Semana Santa o con ciertos veranos de la infancia: no reaparecen como copias, sino como capas. La pregunta resulta, pues, inevitable: ¿Y si todo lo que creemos que ha sucedido siguiera sucediendo en alguna dimensión de la realidad? No hace falta imaginar portales ni universos paralelos para tomar en serio esta intuición. Basta con aceptar que la realidad no tiene una sola capa y que vivimos, constantemente, en un cruce de capas.
Algunas teorías físicas hablan de un tiempo en el que todo existe a la vez, un bloque inmóvil por el que nos desplazamos. Traducido a la experiencia cotidiana, eso significa que hay zonas del tiempo que permanecen activas porque nos constituyen. No como fantasmas del pasado, sino como persistencias fatales. Así, cuando la Navidad parece suceder sin cesar, no es porque el tiempo se haya roto, sino porque hay cosas que no dejan de suceder, como los domingos por la tarde. Si alguna dimensión se ha colado en la nuestra, no viene de fuera, sino de dentro: se trata de nuestra propia vida recordándonos que el tiempo, a veces, no obedece a las convenciones sociales.
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