Opinión | Tribuna
El último aliento de un rockero

Concierto homenaje a Jesús de la Rosa con José María Sagrista y Manuel Imán. / Ignacio Díaz Pérez
A Antonio Samuel Rodríguez, que muy pronto adoptaría como apellido artístico el nombre de la banda en la que echó los dientes, aquella idea de fusionar el flamenco con el rock que le planteaba Gonzalo García Pelayo en el Club Dom Gonzalo, entre discos de Leadbelly y los maestros del cante jondo, no le terminaba de convencer. Él se sentía rockero por encima de todo. Como Jimi Hendrix, como Frank Zappa. Con la batería o con la guitarra. Y lo fue hasta el último aliento de su vida.
Antonio Smash siempre fue un hippy. Vivió como un hippy y se sintió un hippy. De aspecto enjuto, se crecía cuando se subía al escenario y su voz se proyectaba firme y limpia. Y, tal vez por eso, nunca se bajó de él. Ha muerto sin desenchufar la guitarra, sin desconectarse de la música y del arte. En el Manifiesto de lo Borde, que él firmó junto al resto de los Smash, decía que "no se trata de hacer flamenco-pop ni blues aflamencados, sino de corromperse por derecho, y sólo puede corromperse uno por el palo de la belleza".
En el 'Manifiesto de lo Borde', que él firmó junto al resto de los Smash, decía que "no se trata de hacer flamenco-pop ni blues aflamencados, sino de corromperse por derecho, y sólo puede corromperse uno por el palo de la belleza"
Hace muy poco escribía de Antonio Smash que "aún hay valientes que sacan discos". Y me refería a él como "un incombustible del rock sevillano. Un músico polifacético, un rockero multiinstrumentista, que empezó tocando la batería en los prolegómenos de la gran revolución musical del rock andaluz y sigue aún, ahora como guitarrista, creando música y publicando discos nuevos, como el que acaba de presentar en La Carbonería, en Sevilla, y que lleva por título Viéndolas venir".
En ese disco, Antonio volvía de alguna manera a sus orígenes, con una revisión de uno de los temas incluidos en el primer disco de Smash, Glorieta de los Lotos, su Forever walking, lo que cerraba el círculo. Siempre fiel a sus principios, en su último trabajo combinaba la crítica social y política con su soterrado sentido del humor, las baladas románticas y la música instrumental, e incluso tenía una colaboración con Kiko Veneno.
Las colaboraciones entre estos grandes músicos eran algo habitual. La música sólo tiene sentido si se comparte. Sólo unos días después de presentar el disco tocaba en la Sala Malandar de Sevilla con Manuel Imán, Rafael Marinelli y José María Sagrista, en un homenaje a Jesús de la Rosa, encarnado en la voz de Miguel Zaguán. Y hace muy pocos días volvía a subirse a los escenarios, ya en 2026, para homenajear a Pedro G. Mauricio, fallecido el pasado verano.
No es que los viejos rockeros nunca mueran, maldita sea. Es que su música les sobrevive y los hace eternos.
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