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Opinión | Obituario

Sevilla

Así es la rosa (Bendala)

Rosa Bendala

Rosa Bendala / Archivo Histórico de CCOO de Andalucía

No la toques ya más, que así es la rosa. Es inevitable que el poema más corto -y luminoso- de Juan Ramón Jiménez se nos venga a la memoria para hablar de alguien a quien se ha querido tanto. Y tantos. Y de la que pueden hablar, y bien, muchos más. A Rosa Bendala era difícil no quererla porque sus ideas, sólidas y firmes, no le impedían abrazar a los otros, querer a los otros, escuchar a los otros. Entender a los otros. Touche pas la femme blanche, la película de Marco Ferreri con una magnífica Catherine Deneuve -tan pejiguera en el rodaje que el cruento final fue un regalo del director al sufrido equipo- le gustó mucho. Sobre todo el título, que le hacía mucha gracia. Era sobria en gestos y expansiva en afectos. ¿Cómo se puede ser tan parca en abrazos, besos, manos y sin embargo emanar tanto cariño, tanta complicidad, tanta empatía? Así es la rosa. Tan grande que cualquier palabra se le queda corta. Aunque ella sabría qué decir, en una sola frase.

Si no hubiera sido tan bondadosa nos habría dado miedo: de su inteligencia, de su lucidez, de su sinceridad sin envoltorio. Pero como trabajaba la bondad (que no existe ni por omisión ni por pereza ni aún menos por cortedad de luces en contra de lo que algunos, en su descargo, imagino, defienden), como era activa y voluntariamente buena nunca nos humilló con su sagacidad ni hizo exhibición de su deslumbrante capacidad de pensamiento Rosa, como en el poema de Juan Ramón, tocaba poco pero abrazaba mucho Lo abrazaba todo y a todos. Porque le daba la gana y porque, precisamente, estaba convencida de que el factor humano nos hace grandes, en su debilidad, por sus flaquezas.

Su curiosidad y su buena memoria la hacían imbatible en cualquier conversación (qué tertulias con ella, con Bosco Diaz de Urmeneta, Víctor Pérez Escolano, Ignacio Vázquez Parladé, Adolfo Cuellar, Enrique Lago, los Pacos: Molina, Cortijo y Ortiz)

No mentía jamás pero no usaba la verdad como arma arrojadiza o como puñales de una razón que, sin embargo, había que darle muchas veces porque acertaba casi siempre. Y uso el casi para no ofender su finísimo sentido de la prudencia. Su curiosidad y su buena memoria la hacían imbatible en cualquier conversación (qué tertulias con ella, con Bosco Diaz de Urmeneta, Víctor Pérez Escolano, Ignacio Vázquez Parladé, Adolfo Cuellar, Enrique Lago, los Pacos: Molina, Cortijo y Ortiz). Y esa conversación ininterrumpida con sus dos almas gemelas, Juan Bosco y Javier Aristu, su familia elegida.

De todo tenía algo que contar porque todo le interesaba: sabía de derecho- no sólo del que le dio de comer durante años- de arte, de arquitectura, de viajes, de libros, de música, de cocina. Sin exhibiciones ni pedanterías, compartiendo saberes -y opiniones- como quien te regala una receta y sus secretos. Amaba tambien y apasionadamente, la política, la que enseña la Historia y la que cambia, a mejor, la realidad. Porque amaba hacer: hacer comidas, hacer amigos, hacer prodigios en sus macetas, hacer listas de libros imprescindibles, de canciones inolvidables, de anécdotas llenas de gracia y de ironía. Amaba a su hijo Guillermo y a sus nietos. A su pareja y sus amigos. Y apreciaba -bastante, que dirían sus queridos Les Luthiers- a sus compañeros y hasta a sus adversarios, no en todos los casos ni siempre, que no practicaba el masoquismo en ninguna de sus versiones. Llevaba mal la tontería. Aunque simulara y simplemente arqueara levemente la ceja ante una estupidez. Era sólida, cálida y esdrújula. Llana en trato, aguda en la conversación.

Cada diciembre regalaba a los amigos un almanaque hecho por ella, imágenes y frases hermosas e inteligentes para cada mes. Y nos lo mandaba por correo. Ya no habrá un paquete en el buzón con su letra pulcra de niña aplicada. Nos deja sin calendario y sin brújula. Ella que jamás perdió el Norte y echo sus raíces en el Sur. Ha sido un privilegio y una fortuna conocerla. El más acá sin Rosa Bendala -así es la rosa- es menos interesante, menos estimulante, mucho menos bueno. Pero honrarla, merecerla, es saber que cada día, como en su calendario, es un regalo. Y que a ella, entre otras cosas, le horrorizaba despilfarrar. De cualquier resto hacía unas croquetas al estilo Becerra. Como hacía, también, con la vida.

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