Opinión | En la ciudad
"Antes de comprar, visita el piso piloto"
"No teníamos agua potable" o "estábamos más cerca de Madrid que de Sevilla" son frases de Victoria o Maribel en el documental 'Ellas en la ciudad'

Juani en su balcón, Barriada de La Oliva (Polígono Sur, Sevilla). / Bea Hohenleiter
Era inicios de los 70, en un barrio de Sevilla. Mientras en el centro de la ciudad empezaba a emerger la vanguardia contracultural a ritmo de los Smash, en la ciudad extramuros surgían como setas nuevos barrios y bloques idénticos de hormigón armado. Miles de familias que venían del campo o de casas humildes poblaron las periferias de las ciudades buscando un mejor porvenir. El lema franquista "de proletarios a propietarios", el crecimiento del negocio inmobiliario y la construcción de vivienda pública en régimen de venta -no de alquiler-, sumió a la población española en el sueño del bienestar y la modernidad: el coche y el piso en propiedad.
"Todo esto era campo", dice Nati en el documental.
La construcción masiva de vivienda protegida podría haber sido la gran oportunidad para la vivienda pública en España. Sin embargo, el régimen de venta no blindaba su protección, y transcurrido el plazo de 15 a 30 años, se privatizaban. Por desgracia, con la democracia no se revisó esa desprotección, y a día de hoy en nuestro país se han privatizado millones de viviendas públicas -y la poca que se genera sale a precio de lujo-. No llegamos al 2% de vivienda protegida frente al total, es decir, 98 de cada 100 viviendas depende del mercado libre. Las consecuencias las sabemos: precios disparados, centros gentrificados y aumento de desahucios, entre otras. Por el contrario, en países como Holanda o Austria, el parque público de viviendas destinadas a alquiler nunca se vendió y ocupa un 25% de su suelo residencial, y además de innovar continuamente en programas vivienda social, aseguran que promociones de viviendas de alquiler asequible (pero blindadas), terminan por salirle gratis al Estado al ser una inversión que se recupera a lo largo de los años con el propio precio del alquiler.
"Nosotras no fuimos a la Universidad, pero nuestras hijas sí", afirma Carmen en Ellas en la ciudad.
Hoy descubro con asombro que mis alumnas, arquitectas en potencia que viven con sus padres, en pisos de estudiantes o residencias, y a las que les asfixia la idea de no poder acceder a una vivienda digna, se muestran reticentes a plantearse el alquiler social como su vivienda del futuro, por idónea que sea. El modelo de alquiler social es un alquiler indefinido, es decir, para toda la vida, hasta que mueras o te quieras ir. La única diferencia es que el suelo no es tuyo. Pero han heredado la propiedad como única opción, tal y como lo hicieron las protagonistas del documental hace medio siglo, y prefieren esperar años, ser avaladas por sus familias, hipotecarse de por vida e irse a un bloque cebra a las nuevas áreas de desarrollo en las afueras.
Un cambio de mentalidad en lo personal y cotidiano es lo más revolucionario hoy, y el único futuro posible para hacer frente a la especulación inmobiliaria, y de paso, al individualismo y al desencanto
"Tú ves que tienes derecho a una cosa, y que no te la dan porque hay una serie de problemas, o de señores, que no te la quieren dar. Entonces tú reivindicas eso hasta que lo logras", concluye Juani.
Vivimos en un país en el que la mitad de la población tiene serios problemas de acceso a la vivienda, y la otra mitad dedica casi tres cuartas partes de su salario -y de su tiempo- a pagar el alquiler (libre) o la hipoteca, el garaje y el vehículo para desplazarse a ese trabajo asalariado. De la misma manera que mis alumnas no valoran el acceso a una vivienda digna a un precio regulado e indefinido, mi generación tampoco valoró al firmar una hipoteca qué significaba la libertad verdadera. ¿Y si viviéramos en un modelo de vivienda que nos permitiera vivir con menos y ser libre de emplear nuestro tiempo en lo que deseamos? Quizá si apostáramos por la vivienda de alquiler social, asequible y estable, y nos olvidáramos de comprar y especular, no sólo resolveríamos parte del problema habitacional, sino que seríamos más felices y las ciudades estarían más vivas. Creo que un cambio de mentalidad en lo personal y cotidiano es lo más revolucionario hoy, y el único futuro posible para hacer frente a la especulación inmobiliaria, y de paso, al individualismo y al desencanto.
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