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Opinión

Sevilla

Nos tendremos que mudar a un hotel

Obras en los números 10 y 11 del Paseo de Colón, en Sevilla, para la construcción de apartamentos turísticos. Septiembre de 2025

Obras en los números 10 y 11 del Paseo de Colón, en Sevilla, para la construcción de apartamentos turísticos. Septiembre de 2025 / Jorge Jiménez / ECA

El Ayuntamiento de Sevilla acaba de anunciar con alborozo que recalifica la parcela histórica que acoge a uno de los colegios más antiguos de España para que se pueda convertir en un hotel. No es una metáfora, sino la cruda realidad de una propuesta de ciudad basada en esta clara declaración: menos niños y más turistas.

Suena a pelotazo pero dice la Gerencia de Urbanismo que no. Que lo hacen para mejorar la movilidad y el modelo de ciudad. La movilidad será la de la gente del centro expulsada hacia las afueras. Y lo del modelo de ciudad es ya de traca.

Quienes gestionan Sevilla no tienen nada digno de ese nombre: un ideal de cómo debería ser para que sus habitantes puedan vivir en ella con el máximo confort y felicidad. No han tenido interés en diseñar un modelo de ciudad sostenible, bien comunicada, con dotaciones adecuadas de servicios públicos y articulada eficientemente que sirva de objetivo para todas sus políticas públicas. En vez de eso su único modelo parece ser fomentar que unos pocos se enriquezcan lo más rápido posible a base de construir hoteles y traer turistas. Ahí acaba prácticamente todo.

Quienes gestionan Sevilla no tienen nada digno de ese nombre: un ideal de cómo debería ser para que sus habitantes puedan vivir en ella con el máximo confort y felicidad

Asistí hace unos meses a un encuentro informativo con el alcalde de la ciudad organizado brillantemente por este periódico. Salí impactado, porque aparte de algunas autoridades y numerosos periodistas, el público estaba integrado esencialmente por medianos empresarios, sobre todo de la construcción, deseosos de acercarse al munícipe a ver qué sacaban. Cualquier observador hubiera pensado que ese hombre está prácticamente secuestrado por empresas constructoras y hoteleras que son las que deciden en su nombre y se benefician de sus políticas. Quizás no sea así, pero la imagen era poderosa y la sensación inquietante.

Es difícil encontrar un alcalde que no mienta en elecciones, pero Sevilla es una ciudad especialista en batir récords. También en esto. En primavera de 2023, en una entrevista a una televisión local, Sanz fue tajante: En Sevilla “no nos cabe ni un apartamento turístico más”. Pues resulta en lo poco que lleva este de mandato se ha duplicado el número de apartamentos turísticos mientras se autorizaban también dos mil nuevos pisos turísticos.

Está claro que en su caso hay poca relación entre lo que dice y lo que hace. No para de repetir que Sevilla no necesita más turistas, pero insiste en ampliar el aeropuerto, en impulsar la construcción de nuevos hoteles. Hace cuatro años la ciudad tenía doscientos hoteles; hoy, gracias al empuje municipal, ya se acercan a trescientos.

Es difícil encontrar un alcalde que no mienta en elecciones, pero Sevilla es una ciudad especialista en batir récords. También en esto. En primavera de 2023, en una entrevista a una televisión local, Sanz fue tajante: En Sevilla “no nos cabe ni un apartamento turístico más”

Estamos recibiendo más de tres millones y medio de turistas al año en una ciudad que no llega a los setecientos mil habitantes. Prácticamente todos se alojan en el centro histórico, de donde desaparecen las viviendas para sevillanos. Las que quedan se ofrecen a precios inasumibles. Así se cumple su sueño de que los niños y los colegios huyan a la periferia. Será que Sanz, durante muchos años alcalde de Tomares, es más partidario de que la gente viva en el Aljarafe. A lo sumo en Sevilla Este o los Bermejales. Con cortedad de miras concibe la ciudad histórica exclusivamente como un inmenso decorado turístico, que se pasa el año entero preparándose para el gran show; el espectáculo de la Semana Santa.

En efecto, la única consideración urbanística tan importante como el turismo es la Semana Santa. Es el circo que distrae a la sevillanía cuando le quitan el pan de la ciudad misma. No quedaremos sin vecinos, pero tendremos cofradías. Y la gente pasa por el aro. Cuando hace unas semanas un rayo destruyó el enorme laurel de la plaza de Santa Ana, inmediatamente surgieron en las redes sociales voces congratulándose de que gracias a ello las cofradías del barrio podrían lucirse mejor. En Bellavista acaban de talar varios árboles, incluido un hermoso cedro de setenta y cinco años, para que pueda salir mejor una cofradía. El gobierno municipal se encarga de proteger el impulso capirotero y tras él esconden este proceso por el que regalan la ciudad a un puñado de hoteleros.

Cada semana cierran nuevos comercios tradicionales de la ciudad. Estos días cierran para siempre Pichardo, Calzados Catedral, la cuchillería de la calle Regina, o el estudio de fotografía de la calle Rioja, por citar solo unos cuantos.

Esta misma semana ha salido adelante la recalificación del canal de la Expo. La ha apoyado VOX, mucho más preocupado por el aborto, que por los niños vivos. Ese espacio verde singular y necesario, aunque abandonado, de la Cartuja, desaparece. Se convierte en cemento y sobre él se construyen más hoteles. Otro pelotazo urbanístico y de nuevo la excusa del turismo. El maná infinito del que viven unos pocos y que no debe dejar nunca de crecer.

Cada semana cierran nuevos comercios tradicionales de la ciudad. Estos días cierran para siempre Pichardo, Calzados Catedral, la cuchillería de la calle Regina, o el estudio de fotografía de la calle Rioja, por citar solo unos cuantos. No es solo porque el mundo está cambiando. Es también el producto de determinadas políticas municipales que apuestan por una ciudad sin habitantes.

En estos tiempos convulsos, en Sevilla, a menudo, son los conservadores los que defienden que se destruya sin piedad la ciudad y los progresistas los que abogan por mantener el modo de vida de siempre. Por encima del apego a la tradición o a la modernidad lo que hay es la defensa de intereses distintos. Unos apoyan que los grandes empresarios se enriquezcan pronto aunque eso suponga destruir la ciudad que conocemos. Otros, cada vez más minoritarios, abogan por un modelo que permita seguir viviendo aquí, que priorice la calidad de vida de todos sobre el beneficio de unos pocos.

Cuando Sevilla deje de ser definitivamente una ciudad y se convierta en una urbanización hotelera, tal y como sueña el alcalde Sanz, vendrán los lamentos. Como con Matalascañas. Cuando ecologistas y ciudadanos con conciencia pedían que no se construyera más, que se creciera de modo sostenible y pensando en el futuro, la Sevilla eterna los machacó con sus chistes ramplones. Ahora que el mar se está comiendo un engendro urbanístico insostenible, los mismos sevillanos rancios que dicen que el cambio climático es una paparrucha andan ya pidiendo ayudas y subvenciones a papá Estado. Destruyen el patrimonio de todos y encima quieren que ahora se lo paguemos los demás.

Eso mismo sucederá con Sevilla. Cuando en el centro no vivan más que los turistas y el negocio deje de ser rentable, nos machacarán al resto pidiendo que les devolvamos su Sevilla eterna. Entretanto, parece que a los sevillanos que queramos seguir viviendo en el centro de la ciudad no nos va a quedar más remedio que mudarnos a un hotel.

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