Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | El lugarico

Sevilla

Julio Iglesias y su circunstancia

En el centro, el autor de la columna posa junto a Julio Iglesias en Miami.

En el centro, el autor de la columna posa junto a Julio Iglesias en Miami. / El Correo

Nadie puede discutir a estas alturas la fama internacional de Julio Iglesias como uno de los intérpretes más aclamados a lo largo de al menos tres décadas. Y no siendo santo de mi predilección siempre reconocí su voz y su talento que le llevaron a tener miles de seguidores en todo el mundo a través de los millones de discos que reproducen sus canciones.

A Julio lo conocí cuando a principios de los ochenta nos invitó en su mansión de Miami a los que aparecemos con él en la foto, Javier Gómez Navarro, que luego sería ministro de Comercio con Felipe González, y Tico Medina. El cantante era propietario de uno de los cayos con embarcadero propio en Indian Creek, al sur de Florida, y tengo el recuerdo de haber estado pocas veces en un casoplón como aquel, con Rolls Royce en el garaje, barco en su puertecito privado y todo lo que se puede imaginar de la vida de un multimillonario.

Este preámbulo no tiene otro fin que el de poner en escena el marco en que vivía el más famoso de nuestros cantantes en Estados Unidos, precisamente cuando ha saltado a los medios de comunicación el supuesto escándalo de sus relaciones con el servicio doméstico y otras trabajadoras de la casa.

Nada pudimos advertir entonces los comensales, entre los que se encontraba también su madre, Concha de la Cueva, autora del pote gallego del que dimos cuenta, y la preciosa veinteañera miss haitiana, Valiere, por entonces pareja de Julio. Extrovertido y muy dicharachero, nuestro anfitrión nos colmó de atenciones y nos enseñó con detalle el palacio donde residía, incluidas sus estancias privadas, el gimnasio, la piscina y la sauna finlandesa que tomaba varias veces al día.

Y al recordar aquel día en Indian Creek el ambiente fastuoso de que se rodeaba el primer marido de Isabel Preysler, y sin tener la menor prueba de la vida disoluta del artista (sólo conocemos los testimonios de las presuntas víctimas) compruebo cómo en esta nuestra querida España hay dos varas de medir ante supuestos escándalos, a los que se le pone sordina si los actores son de las izquierdas, aunque se paseen por los despachos de la Moncloa con la bragueta abierta, o si por su forma de vida se les asocia con el amplio abanico conservador, como es el caso que nos ocupa.

Y merece el más duro reproche que determinados medios de comunicación, empezando por TVE informen con tanta desvergüenza de uno de los casos y tiemplen gaitas con otros que en su caso con sentencia firme pudieran merecer idéntica reprobación pública.

El oficio de informar con arreglo a normas de veracidad, equidad y transparencia ha saltado por los aires a manos de aquellos desalmados que se dicen custodios de la ética y envilecen la profesión periodística con argucias que pretenden crear estados de opinión favorables a sus intereses.

Es una vergüenza el espectáculo de una televisión costeada por todos los españoles que manipula las noticias elevando a conclusiones definitivas lo que por el momento son testimonios de parte. Y tapándose los ojos cuando la golfería y el puterío asedia a La Moncloa.

Tracking Pixel Contents