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Opinión | Tribuna

Rafael Manher

Rafael Manher

Arquitecto, conservador del patrimonio y escritor.

La arquitectura de la tragedia

Vecinos de Adamuz (Córdoba) ayudan con mantas y colchones para acoger a los familiares de las víctimas del accidente ferroviario.

Vecinos de Adamuz (Córdoba) ayudan con mantas y colchones para acoger a los familiares de las víctimas del accidente ferroviario. / Jorge Zapata / EFE

Esta columna iba a versar sobre otros asuntos. Pero aún con el estómago lleno de dolor y sin apenas apetito tras la tragedia del accidente ferroviario de Córdoba, escribo estas palabras. Hay momentos en los que el silencio lo ocupa todo y se vuelve incómodo, casi ensordecedor. Momentos en los que un oficio -el de cuidar, el de acoger- nos interpela a todos y nos sitúa en una resonancia dramática de la que cuesta salir.

Hay algo que se repite en todas estas crisis: la necesidad urgente de alojar a cientos de afectados, a policías, a equipos de protección civil y a voluntarios que se ven implicados de forma inmediata. Las imágenes de los vecinos de Adamuz donando colchones y mantas son la materialización física de ese cuidado colectivo, una forma espontánea y profundamente humana de construir refugio. Esa es, en el sentido más literal, la arquitectura de la tragedia.

El arquitecto japonés Shigeru Ban, premio Pritzker de Arquitectura, fue reconocido, entre otros motivos, por haber diseñado espacios de emergencia para acoger a las víctimas del tsunami provocado por el terremoto de Fukushima. Su trabajo plantea una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿es realmente tan difícil contar con sistemas arquitectónicos que puedan instalarse en cuestión de horas?, ¿espacios que, sin resolverlo todo, ayuden al luto, al duelo y a la angustia de los afectados y de sus familias?

El arquitecto japonés Shigeru Ban, premio Pritzker de Arquitectura, fue reconocido, entre otros motivos, por haber diseñado espacios de emergencia para acoger a las víctimas del tsunami provocado por el terremoto de Fukushima

En una primera fase, las personas suelen refugiarse en edificios públicos o grandes instalaciones como polideportivos. Espacios pensados para el ruido y el movimiento que, de pronto, se llenan de silencio, de llanto contenido, de miradas perdidas. Lugares donde todo es demasiado grande para quien solo necesita recogerse, y demasiado expuesto para quien acaba de perderlo todo. Allí, la intimidad desaparece y el duelo se vuelve público, casi incómodo.

Frente a esa realidad, el trabajo de Shigeru Ban no ofrece grandes gestos ni soluciones heroicas. Ofrece algo mucho más sencillo y, por eso mismo, más valioso: la posibilidad de delimitar un pequeño territorio propio en medio del caos. Un espacio mínimo donde sentarse, donde abrazarse, donde llorar sin sentirse observado. No es arquitectura para admirar, sino para acompañar.

Quizá la pregunta no sea si podemos hacerlo, sino por qué no lo tenemos ya previsto. Porque en las tragedias, además de infraestructuras y protocolos, también se necesita dignidad. Y esa dignidad, muchas veces, empieza por un espacio mínimo donde poder llorar en silencio.

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