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Opinión | En la ciudad

El patrimonio invisible

'Fuera de carta' (Ricardo Barquín Molero y Pablo Vallejo, 2025)

'Fuera de carta' (Ricardo Barquín Molero y Pablo Vallejo, 2025) / El Correo

La semana pasada estuve conversando en Sevilla con Juan Cavestany, guionista, dramaturgo y director de cine madrileño (Madrid, Ext., Vergüenza, Urtain). Esta noche volveremos a coincidir en la ciudad de Pontevedra, donde se celebran los Premios Feroz de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España, y a los que estamos nominados.

En nuestro encuentro en el Teatro Central de Sevilla, en el marco del Ciclo de la Filmoteca de Andalucía, estuvimos conversando sobre varias cosas que nos preocupan y que de alguna forma atraviesan nuestras películas: los tiempos de las ciudades, la pérdida de algunos oficios y algunas de las músicas urbanas como el zapatero, el tapicero, el butanero o el afilador. Estuvimos hablando de Rebecca Solnit y del placer de caminar la ciudad -sin consumir- como resistencia al capitalismo. Compartimos la obsesión de leer la ciudad a través de las calles, los letreros y sus tipografías, y me acordé de mis amigos Ricardo Barquín y Daniel Espada, que cuando saben del cierre de un comercio tradicional, van a recoger los rótulos y los almacenan antes de que acaben en una cuba. Ricardo es gestor del Proyecto Sevillatipo y pertenece a la Red Ibérica en Defensa del Patrimonio Gráfico, además de editor en los catálogos Fuera de carta y No hay futuro cuando se pierde el encanto, (Pony Bravo) que recogen fotografías de los rótulos y pizarras que formaban parte del paisaje urbano estamos dejando de ver en nuestras ciudades.

Una calle del centro histórico de Pontevedra.

Una calle del centro histórico de Pontevedra, donde se celebran los Premios Feroz. / Reyes Gallegos

Actualmente existe una gran preocupación en los ámbitos de la Arquitectura, la historia o la antropología, por la pérdida de identidad de nuestras ciudades. Los planes de protección no alcanzan el ritmo acelerado que impone el mercado, y está siendo imposible generar fórmulas que protejan el patrimonio inmaterial sin antes ser arrasado por los apartamentos turísticos o las multinacionales.

El otro día no quise despedirme de Juan sin que me respondiera qué sería lo primero que protegería él. Unos minutos antes me había preguntado qué me llevó a mí, siendo arquitecta, a hacer una película.

Ambas preguntas tenían la misma respuesta: la experiencia de encontrarse a las personas, escuchar sus relatos, proteger la memoria colectiva.

Últimamente me persigue la idea de que a nuestro país le falta memoria de lo invisible. Y no hablo sólo de los jóvenes. Hablo también de mi generación, de las que fuimos educadas en ser básicamente productivas como rechazo a la vida de nuestras mayores. De esto (y de más cosas) se habla en Pipas y en Nadie me esperaba aquí. Ambos libros radiografían con nitidez lo que ha supuesto tanto el desclasamiento como la híperproductividad para nuestra generación.

Últimamente me persigue la idea de que a nuestro país le falta memoria de lo invisible. Y no hablo sólo de los jóvenes. Hablo también de mi generación, de las que fuimos educadas en ser básicamente productivas como rechazo a la vida de nuestras mayores

Y es que hemos desnaturalizado nuestros comportamientos cotidianos, y por tanto, las ciudades. No compramos en los comercios pequeños de nuestro entorno inmediato porque ahorramos tiempo yendo a una gran superficie o comprando online. Tampoco tenemos tiempo de estar con nuestras familias, con nuestras amigas. Mientras, los estudios aseguran que son las relaciones con los otros lo que genera más felicidad y lo que nos salva de los problemas de salud mental o ansiedad.

Hoy pensaba en todo esto desde Pontevedra, la ciudad española que ha apostado por la peatonalización para la vuelta a la socialización y a la humanización y salud de las personas. Pese a las reticencias iniciales, la ciudad gallega con un modelo urbano aplaudido y premiado mundialmente, mejora por año los indicadores sociales, de salud, de medio ambiente y sostenibilidad, y el comercio local se ha beneficiado de esta reactivación de la vida urbana.

Dice la arquitecta y urbanista Isabela Velázquez que "las ciudades deben crecer (en toda su variedad y complejidad), no engordar". Que cualquier calle con coches debe dedicar la misma superficie a los árboles, y que las calles con veladores deberían tener el mismo número de bancos públicos que sillas privadas, para que exista el mismo derecho a la ciudad entre quien puede pagar una consumición y quien no.

Si hacen memoria e intentan recordar los momentos más especiales que han vivido en un espacio público de su ciudad o en otra ciudad que hayan visitado, probablemente no sea en una mesa de velador de un bar cualquiera. Puede que sea en un parque haciendo un picnic, o un chapuzón en el río, un beso en una escalinata al sol, una verbena en la plaza de un pueblo o el día que se sacaron las sillas a la calle.

Párese en su portal. Hable de cualquier cosa con sus vecinas. Pregunte por alguien a quien no ve hace tiempo por el barrio

Pregunte a sus abuelas, tías y madres por sus vivencias en la calle. Vaya a conocer los barrios. Coja autobuses. Observe a los pasajeros. Use los bancos públicos. Siéntese a leer en una plaza. Párese en su portal. Hable de cualquier cosa con sus vecinas. Pregunte por alguien a quien no ve hace tiempo por el barrio. Asómense a sus ventanas. Hable con desconocidas en las puertas de los centros de salud, de los colegios, de los mercados de abasto.

Es gratis y más valioso y revolucionario de lo que pensamos. Y es algo que no nos pueden robar si nos empeñamos en practicarlo. Es nuestro patrimonio invisible e inexpropiable. Nuestra resistente identidad y el futuro relato de nuestras ciudades.

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