Opinión | A compás
La movida flamenca

Joaquín Grilo presenta 'Cucharón y paso atrás' en la pasada Bienal de Flamenco / Juan Bezos
Desde que escribo esta columna se me ha acercado mucha gente de la intelectualidad sorprendida por descubrir el flamenco desde una perspectiva que desconocían. Esto es, como una expresión cultural actual, diversa y permeable, que refleja la realidad que vivimos y explica lo que somos.
Por más que quienes lo tenemos cerca sepamos que éste ha sido siempre un arte vivo, conectado e influenciado por las corrientes estéticas del momento y relacionado irremediablemente con el contexto sociopolítico y cultural de cada época, se ve que aún llama la atención esta visión de lo jondo. De ahí, que todavía se perciba como novedosa casi cualquier creación que vaya más allá de la peina y la silla de enea.
La instrumentalización que se hizo del flamenco en el franquismo, la pervivencia de un relato romancista que se empeña en defender narraciones ficticias o determinados códigos contribuyen desde luego a perpetuar esta equívoca mirada que coloca lo jondo como algo fosilizado y entumecido. Un cliché que llevan desmontando desde hace décadas investigadores como José Manuel Gamboa, José Luis Ortíz Nuevo, Cristina Cruces, Faustino Núñez o Pedro G. Romero (Premio Nacional de Artes Plásticas 2024), que ha basado gran parte de su obra en hurgar en la relación del flamenco con las vanguardias, en ensayos como El ojo partido. Flamenco, cultura de masas y vanguardias (Athenaica).
En la presentación del fanzine Fuera de Carta (en el que diseñador Ricardo Barquín Molero rinde tributo al patrimonio gráfico de nuestros bares) que tuvo lugar esta Navidad en Casa Vizcaíno, la artista sonora Elena Córdoba Novia Pagana me señalaba la efervescencia que nota de un tiempo a esta parte en Sevilla en torno al flamenco y me preguntaba si percibía yo un momento especialmente vibrante.
Volviendo al principio, y teniendo en cuenta que el afán de innovación entre los artistas flamencos y la curiosidad que despierta a su vez en otras disciplinas es inherente a su desarrollo desde el origen, me resultaría osado hablar de revoluciones o de épocas doradas, sin tener además la perspectiva del tiempo.
Sin embargo, basta perderse un poco por los callejones culturales de esta ciudad para notar eso que percibía la compositora cordobesa. Esto es, un interesante auge de colectivos y creadores de otras disciplinas y/o estéticas que dialogan con el flamenco desde una posición más cercana, menos acomplejada y prejuiciosa, y más natural.
Seguramente, interpelados por esa actitud desvergonzada y rebelde que encuentran en el flamenco; seducidos por un ambiente, ahora más integrador e inclusivo gracias en parte al cambio de paradigma en las peñas flamencas; fascinados por un imaginario genuino repleto de símbolos y códigos propios y conquistados, al final, por un riquísimo universo artístico que transita desde lo más sutil a lo más áspero.
El hartazgo, la precariedad y la falta de recursos, sumado al abandono que ha sufrido el sector cultural de la ciudad por parte de las instituciones, ha favorecido además la unión de los creadores y el resurgir de propuestas independientes, dando lugar a una ebullición contracultural que recuerda —con todas las diferencias— a la movida sevillana que revolucionó la escena en los setenta.
En estos últimos años, los bares, las salas de música, los locales de ensayo y los estudios de grabación de Sevilla están llenos de flamencos conviviendo y trabajando codo a codo con poetas, ilustradores, diseñadores gráficos, compositores, cineastas, músicos, pintores… y viceversa. Generándose, como digo, un apasionante intercambio de intereses, miradas y conocimiento en el que unos beben y se inspiran de los otros.
Es verdad que estas fructíferas relaciones no ocurren sólo en Sevilla, pero sí experimentan aquí un especial fulgor y adopta unas características concretas que tiene mucho que ver con la reivindicación que los creadores —y los propios sevillanos— están haciendo de símbolos y figuras culturales locales, marginadas, olvidadas o menospreciadas desde el ámbito nacional. Desde El Pali a Silvio, pasando por Fernando Mansilla o Smash.
Puede que los flamencos no hayan sido nunca tan libres como ahora para probar y experimentar lo que les plazca y que tampoco antes había sabido lo jondo conectar con otros públicos como ahora. O puede, claro, que todo sea fruto de una moda pasajera. Lo que parece innegable es que el relato musical, visual y estético del flamenco ha cambiado para siempre. Eso y que, si hay movida, hay agitación y, si hay agitación, salen burbujas.
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