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Opinión | En la ciudad

Sevilla

Necesitamos jóvenes 'flâneires'

Una estudiante camina por la avenida Reina Mercedes de Sevilla.

Una estudiante camina por la avenida Reina Mercedes de Sevilla. / Reyes Gallegos

Flâneur era el personaje a través del cual Walter Benjamín contemplaba las múltiples percepciones de la escala humana de las ciudades. Eran caminantes a la deriva que observaban y se detenían en las esquinas de forma azarosa y placentera. Los filósofos peripatéticos eran flâneurs, los poetas de Nueva York y París también, o los grandes clásicos de la literatura y el cine. Todos caminaban sin rumbo -y sin miedo; eran hombres- y hacerlo les sirvió como experiencia inspiradora para escribir y para imaginar nuevos espacios.

Si antiguamente se atravesaban las ciudades andando, y se apreciaban los cambios en el paisaje -topografías, olores, vegetación-, la modernidad no sólo destronó al flâneur; también modificó el trazado de las ciudades y la forma de vivirlas y de gestionar el tiempo de sus habitantes. Desde entonces, una serie de normativas y dinámicas de gestión y planificación urbana han derivado en una banalización cada vez mayor del paisaje urbano, y una transformación en la manera de usar la calle y los espacios públicos. Si realizáramos hoy paseos conscientes -o derivas situacionistas-, repararíamos en la ausencia de sombras, de agua, de texturas, de colores… En la cantidad de superficie de asfalto gris y de calles y plazas duras de hormigón, ese invento del siglo XX que atenta contra el medioambiente, las especies vivas y los ciclos naturales del soporte donde nos asentamos.

¿Cómo serían los cuadernos de Benjamín hoy? ¿Cómo serían las ciudades modernas si las hubiésemos diseñado a partir de los paseos cotidianos?

En la mayoría de ellas, es complicado ir andando o en bicicleta de un barrio a otro sin ser atravesado por una autovía o una ancha y larga carretera sin sombra. Es cierto que a la persona que tiene que desplazarse en un vehículo motorizado (por longitud del trayecto o por cualquier otro motivo) hay que ofrecerle alternativas claras, y fundamentalmente un transporte público eficaz o una red de carril bici. Pero no es lógico que una vía pública urbana tenga más de dos carriles para la circulación motorizada (uno por sentido), y menos si el uso de un tercer carril va en detrimento de la acera o de la bici. Tampoco lo es el retroceso que significa social y medioambientalmente que desaparezcan tramos de una red de carril bici premiada internacionalmente como la de Sevilla, a favor de zonas privatizadas para veladores.

Imaginaos si hiciéramos de flâneurs y lleváramos un cuaderno de viaje, donde fuésemos anotando todo lo que nos encontramos en el camino. No sólo las cosas hermosas, como el olor al azahar o el bullicio en los mercados, sino aquellos peligros de los que estamos siendo testigos: los árboles que se cortan y no se reponen. Las paradas y líneas de autobuses que desaparecen

Imaginaos si hiciéramos de flâneurs y lleváramos un cuaderno de viaje, donde fuésemos anotando todo lo que nos encontramos en el camino. No sólo las cosas hermosas, como el olor al azahar, el escaparate de una mercería centenaria o el bullicio en los mercados, sino aquellos peligros de los que estamos siendo testigos: los árboles que se cortan y no se reponen. Las paradas y líneas de autobuses que desaparecen. Los pasos de peatones que se han borrado y no se pintan. Las baldosas que se levantan. Los suelos con identidad que desaparecen y se sustituyen por otros peores, a veces resbaladizos y poco seguros. Los bancos que se quitan o se sustituyen por arquitectura hostil. La invasión de los candados de los pisos turísticos. Las zonas inseguras, sin iluminar, o donde los coches van a una velocidad imprudente. Los edificios abandonados en zonas donde los jóvenes no tienen equipamientos culturales ni espacios para el encuentro. Decenas de centros educativos cerrados durante las tardes en barrios sin otras instalaciones deportivas. Qué pasaría si cada ciudadana usáramos la mitad de destreza, energía y tiempo que empleamos con los móviles y en las redes sociales, en la constatación y denuncia de todas estas incongruencias.

Mi amiga Julia Gutiérrez, vecina y vocal representante del distrito Este, Alcosa y Torreblanca de Sevilla, lleva décadas luchando por una ciudad mejor. Es de la generación que ha conseguido casi todo a base de lucha. El otro día me propuso explicarles a los jóvenes cómo pasar el testigo para continuar "pedaleando". Quiere que sepan el poder que tiene cualquier ciudadana a través de las asociaciones de vecinos y de las vocales de Distrito que, como ella, llevan las peticiones a los Consejos, donde los delegados y delegadas están obligadas a recogerlas y remitirlas al área que le corresponda.

Cuando Julia me hizo esa propuesta, me acordé de la cantidad de jóvenes que este año, tras el visionado del documental Ellas en la ciudad, me preguntaban: Y ahora, ¿por dónde empezamos? Quizá no se les ha contado nunca que su palabra es importante. Ni se les ha explicado en los programas educativos que tienen cauces a su disposición para comenzar a cambiar las cosas.

No disponemos de los consejos y presupuestos participativos como antes, ni somos Zúrich o Ginebra, ciudades reconocidas por su sistema de democracia directa y envidiable frecuencia de referéndums locales y nacionales. Pero para imaginar esas fórmulas como posibles, podríamos empezar por utilizar los cauces que sí mantenemos (y así no perderlos).

Mirar al futuro significa generar transferencias de sabidurías y actuar, mínimamente, como "rótulas" de un gran engranaje que comienza desde lo más pequeño. La misión silenciosa de pasear, mirar, anotar y trasladar la información puede ser revelador. Y es urgente escuchar y hacer partícipes del mundo a la población joven.

Necesitamos jóvenes flâneires.

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