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Opinión | Tribuna

Sevilla

Curas y diamantes

Jaime Conde, párroco de La Oliva, en un quinario de La Hermandad de Los Gitanos.

Jaime Conde, párroco de La Oliva, en un quinario de La Hermandad de Los Gitanos.

La tranquilidad de la iglesia sevillana se ha visto estos días perturbada. Por una vez el culpable no es una cofradía. El cura párroco de La Oliva, la barriada del Polígono Sur cercana a las Tres Mil, se ha descolgado en algunos medios de comunicación con unas declaraciones muy poco ortodoxas. Dice que las paguitas hacen un país de vagos. Comenta que en la hostelería está muy difícil encontrar trabajadores porque la generalización de los subsidios nos está convirtiendo en un país en el que nadie da un palo al agua.

Son, sin duda, oraciones chocantes en boca de un sacerdote. En especial de uno que ha elegido ejercer su labor pastoral en una barriada humilde, aunque sea la que llaman Los Remedios del Sur. Coinciden además con el aniversario de la muerte de Diamantino García, el cura obrero sevillano por antonomasia y un diamante de persona. El contraste es evidente. Diamantino creció en el Cerro del Águila, no muy lejos de la Oliva. Siendo párroco de Los Corrales llegó al extremo de ir a Francia a la vendimia junto con sus feligreses y de trabajar, como ellos, de jornalero en extenuantes jornadas en el campo. Decía que quien no conoce de primera mano el sufrimiento de la gente difícilmente puede sentir solidaridad por ella.

En estos tiempos, alguien así es inimaginable. El párroco de La Oliva es un sacerdote de alzacuellos diario y pregonero de hermandades, lo cual no es incompatible con mostrar cierta humanidad hacia los desfavorecidos. Cobra todos los meses su propia "paguita" del Estado español, a modo de sueldo en virtud de los acuerdos con la Iglesia Católica. No le parece mal vivir él del dinero de nuestros impuestos, pero sí que lo hagan otros.

El párroco de La Oliva es un sacerdote de alzacuellos diario y pregonero de hermandades (...) no le parece mal vivir él del dinero de nuestros impuestos, pero sí que lo hagan otros

Quién escribe estas líneas se ha creado y creció como persona rodeado de curas obreros y comprometidos. Fui al colegio en La Pañoleta, una barriada entonces marginal donde la presencia de un párroco cercano a sus feligreses aún permanece en el recuerdo. Su iglesia se convirtió en un lugar de encuentro para teólogos sacerdotes y seglares de todos lados con otra manera de ver la religión. La altura intelectual de personas como Fernando Camacho, Gonzalo Flor o Juan Mateos estaba muy por encima de la mayoría de los nuevos curas actuales. Eran todos ellos políglotas, viajados, eruditos y teólogos bien formados. La traducción del nuevo testamento que hizo Juan, sin ir más lejos, impactó en su momento a todo el mundo católico. Sin embargo, decidieron entregar su vida pastoral al servicio de pequeñas comunidades marginadas. Sabían que su lugar estaba con los más necesitados y antepusieron el mensaje de Jesús a la liturgia de la Iglesia.

En ese mundo de compromiso vital y permanente reflexión sobre la liberación de las gentes, nunca habría habido espacio para la desconfianza con el pobre y el compadreo con los poderosos. Esa involución que están volviendo a contaminar la iglesia española.

Quiero pensar que el cura de La Oliva no carece de humanidad. Estoy seguro de que la mayor parte del tiempo también él es una persona solidaria y entregada a la gente. Prefiero creer, por eso, que hace estas declaraciones porque se ha dejado llevar por un ambiente cada vez más extendido. Lo que algunos llaman auge del fascismo y otros simplemente crecimiento de las ideas de derecha, conlleva de manera necesaria -aunque a veces imperceptible- la negación de la dignidad humana. Los chascarrillos contra los pobres, los de fuera, los diferentes no son cosa de cuñado, sino las bases de un nuevo modelo que deja de girar en torno a la dignidad de la persona.

Sin embargo, las declaraciones de este sacerdote de profunda fe rociera no se quedan en el desprecio a los pobres. Están también impregnadas de racismo y xenofobia o, por decirlo, de modo suave, un cierto prejuicio frente a otras culturas y religiones. Se queja de que haya vecinos que protesten por el sonido de las campanas de su iglesia y nadie diga nada porque los musulmanes vayan en chilaba por la calle. Está convencido de que los inmigrantes del norte de África son problemáticos; habla de que a veces quienes dan tirones en el barrio son los "morenitos". No se corta en afirmar que los musulmanes, todos ellos, no entienden que cuando vienen aquí deben respetar nuestras tradiciones y peor aún, tienen entre ceja y ceja el empeño de conquistar nuestra tierra.

El cura de La Oliva se queja de que haya vecinos que protesten por el sonido de las campanas de su iglesia y nadie diga nada porque los musulmanes vayan en chilaba por la calle

Vamos a ver, hombre de dios ¿qué disparate es ese? Los sacerdotes tienen siempre un resquemor contra otras religiones que puedan quitarles la clientela, pero las cosas que dice este no tienen ni pies ni cabeza.

En Sevilla hay más costaleros que musulmanes. En una ciudad que pone en la calle casi sesenta mil nazarenos cada año la presencia de cinco o seis mil personas que practican otra religión no supone ninguna amenaza para la hegemonía católica. Vamos, ni para nuestras costumbres, ni para nuestra gastronomía, ni para nada. Poner el acento en esa minúscula comunidad tiene algo de perverso. Recuerda a las cacerías de judíos de otras épocas, cuando se los acusaba de secuestrar a los niños o tener un plan para conquistar el mundo. Solo sirve para extender el odio y reforzar el nacionalismo más cate tío ante una amenaza que simplemente no existe.

En esta ciudad tan mariana tenemos de todo, pero parece que escasean los buenos cristianos. Parece que a algunos les estamos pagando el sueldo para que conforten a quien sufre y lo usan para humillarlo. No lo digo como un juicio a la fe de cada uno. Igual que sería lícito criticar al imán musulmán que llamara en público a mantener la discriminación contra las mujeres, también lo es evidenciar el daño que algunos prelados católicos producen al expandir el odio contra los pobres o los de fuera. Como discurso es peligroso, aunque la iglesia lo apoye. La Constitución protege la libertad religiosa y cada uno tiene derecho a creer en lo que sea y las actividades de culto que desee. Ya sean estrafalarias o tradicionales.

No pocos círculos católicos de Sevilla creen lícitamente en una religión que pone el acento en otras cosas. Hablar de las elecciones en Los Gitanos, o del feo que le han hecho los panaderos a Santa Marta al tapar la visión de sus titulares. De hecho esas rencillas y anécdotas nos dan la vida a todos. Son el folclore de la religión, tan apasionado como tentador. ¿Cómo resistirse a comentar lo de los costaleros de la Macarena, convertidos en grupo de presión y auténtica escuadra electoral, que juegan a eso y se resisten a afrontar las consecuencias? Aunque uno sea ni católico, es divertido. Si hay quien ejerce así su libertad de culto, nada que objetar.

Sin embargo, cuando los ministros católicos acostumbrados a las sacristías y el poder llaman públicamente a discriminar a los africanos o a recortar las ayudas sociales no sólo contradicen las enseñanzas de Jesús, sino que insultan y dañan a millones de personas.

No aspiro a que el cura de la Oliva sea como Diamantino y tantos otros. No espero que, como ellos, proclame que la justicia solo puede ser justicia social y la pobreza tiene causas y culpables. No aspiro a curas que tomen partido por los débiles en vez de por la jerarquía y las fuerzas vivas. Me bastaría con que mostrasen un mínimo de humanidad y respeto. O, más fácil aún, con que se dedicaran a sus inciensos y sus pregones y nos ahorrasen al resto de la sociedad sus proclamas insultantes.

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