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Opinión | Tribuna

Rafael Manher

Rafael Manher

Arquitecto, conservador del patrimonio y escritor.

Sevilla

Madridlucía ¿apropiación cultural?

Madrilucía traslada a Madrid el espíritu de la Feria de Abril, del 9 de mayo al 7 de junio. Aquí imagen de lo que podría ser, facilitada por sus organizadores y patrocinadores.

Madrilucía traslada a Madrid el espíritu de la Feria de Abril, del 9 de mayo al 7 de junio. Aquí imagen de lo que podría ser, facilitada por sus organizadores y patrocinadores. / IBERDROLA MUSIC / Europa Press

Es raro caminar por Nueva York y no encontrarse con alguien comiéndose un trozo de pizza. Doblado con precisión, chorreando grasa sin pedir perdón, sostenido con la misma naturalidad con la que otros sostienen un móvil. La pizza está en las manos, en las cajas de cartón que cruzan las avenidas como si fueran maletines cargados de tesoros y, por supuesto, en los menús. En cualquier menú. Siempre hay pizza. Siempre.

Todo empezó con un inmigrante italiano al que le dio por hornear recuerdos en pleno Manhattan. Así, en 1905 abrió la primera pizzería. Luego llegó la Segunda Guerra Mundial y los soldados estadounidenses destinados en Italia regresaron con un botín inesperado: aquel círculo humilde de harina, tomate y queso que sabía a algo más que comida. De pronto, todo Estados Unidos quiso pizza. Y la pizza -y los italianos, muy sabios ellos- se dejaron querer.

¿Apropiación cultural? Imaginemos por un momento a los pizzeros de Nápoles. Me cuesta verlos rasgándose las vestiduras porque alguien, a miles de kilómetros, esté horneando una pizza. Lo que sí tengo claro es que quien quiera probar la verdadera, la esencial, la que roza lo sagrado, sabe perfectamente dónde ir: a Nápoles. No por casualidad el arte de la pizza napolitana es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Ahí está la clave: proteger lo auténtico sin impedir que el mundo juegue, copie, versionee y celebre.

¿Quién no ha ido nunca a cenar sushi? ¿Quién no ha tomado un kebab sin pisar Japón ni Turquía? Viajan los platos, viajan las costumbres, viajan los gestos. Por eso escandalizarse ante el viaje de una tradición es no haber entendido nunca cómo se ha construido la historia: a base de préstamos, de intercambios, de contaminaciones fértiles. Nada verdaderamente vivo permanece inmóvil.

Hace tres mil años, un barco trajo una rara planta de hojas anchas y frutos en racimo desde las costas de la actual Siria. Sin aquel viaje no habríamos probado nunca el vino de nuestras tierras. La historia es eso: ir, venir y volver distinto. Es aceptar que lo propio, casi siempre, empezó siendo de otro.

Por eso, quienes se llevan las manos a la cabeza porque en Madrid se celebre una fiesta inspirada en la Feria de Abril de Sevilla deberían desear, con entusiasmo, que el año que viene se haga otra en Nueva York. Y otra en Tokio. Y otra en Berlín. Porque la identidad no se diluye cuando viaja; se reafirma, se explica, se vuelve deseable.

Lo verdaderamente importante sería declarar Patrimonio de la Humanidad la de Sevilla, para que siga siendo la auténtica, como la pizza de Nápoles. Y dejar que el resto del mundo se tome un rebujito donde quiera: en Madrid, en Budapest o, como diría el mismo Bad Bunny, en Nueva YoL.

Ojalá mañana cada ciudad del mundo tuviera tantos restaurantes españoles como italianos. Ojalá el mundo se llenara de bares, de tapas, de sobremesas interminables y de acentos mezclados. Y, sobre todo, ojalá nos quisiéramos tanto como se quieren los italianos.

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