Opinión | En la ciudad
Ellas en Hong Kong. 'Waitress': la cultura de esperar

Fotograma del documental 'Ellas en la ciudad'. / El Correo
El término Waitress (camarera en inglés) proviene literalmente de wait: esperar. Esperar colas, esperar a que llegue el autobús, esperar a la cita médica, esperar a que te vuelvan a llamar para trabajar, esperar a que te concedan la nacionalidad… esperar indefinidamente una vida mejor.
La falta de igualdad, de libertad y autonomía en la gestión del tiempo en la ciudad viene determinada por la clase, la procedencia y el género. Por ejemplo, si eres una mujer con una renta baja y vives en un área aislada, dedicas mucho más tiempo a trayectos, rutas y esperas en paradas de autobuses (para ir y volver a trabajos precarizados y relacionados normalmente con los cuidados, la limpieza o el turismo). El tiempo -la vida-, ese valor tan preciado que nos falta a todas, se les escurre a algunas trabajadoras entre metros, trenes, autobuses y casas de empleadores.
El otro día me encontré con una noticia que me sobrecogió sobre un ejemplo radical de cómo un sistema hipercapitalista puede determinar la libertad y la salud de las personas. Contaba que la mayoría de familias en Hong Kong tienen contratada a una helper auntie (tía ayudante), que son mujeres migrantes de Filipinas que trabajan como empleadas de hogares -donde también viven- de lunes a sábado a tiempo completo. Limpian las casas, cocinan, cuidan mascotas y crían a los hijos de sus empleadores. El domingo es el único día libre que tienen, y lo pasan juntas y en la calle, pues no se pueden permitir un hogar propio ni un lugar para descansar. Este día es habitual verlas en grupo en las plazas, centros comerciales, soportales o debajo de los puentes compartiendo comidas, bebidas, charlando, riendo o manteniendo conversaciones por videoconferencia con sus hijos y familiares. Suspendidas en la espera de un futuro mejor para ellas o para los suyos.
De lunes a sábado a tiempo completo, limpian las casas, cocinan, cuidan mascotas y crían a los hijos de sus empleadores. El domingo es el único día libre que tienen, y lo pasan juntas y en la calle, pues no se pueden permitir un hogar propio ni un lugar para descansar
Las helpers aunties no hacen vida (ni se mezclan) con la población originaria de la ciudad donde habitan. Sino que se organizan entre ellas en grandes grupos (cientos de mujeres juntas) sosteniéndose -y resguardándose- las unas a las otras en esta especie de asentamientos temporales o espacios de comunidad improvisados en lugares públicos. El gobierno de Hong Kong permite este tipo de prácticas para ahorrarse ayudas sociales (viviendas, comida, etcétera). A ellas no les pone trabas como sí lo hace con los homeless, porque se beneficia de la indispensable labor de estas mujeres para que la ciudad siga funcionando. A este fenómeno que la ciudad ha normalizado -y el gobierno legalizado- se le viene llamando Domingos sin casa, y la paradoja es que existe para sostener cientos de hogares ajenos. No dejo de pensar en lo doloroso del ciclo: empleadores que no tienen tiempo para criar a sus propios hijos, migrantes educando a los suyos desde la distancia en una situación de desamparo y falsa libertad que se reduce a esperar unos pocos domingos al año.
Si el hábitat nos define como personas y nos ayuda a construir nuestra autonomía y nuestra autoestima, me pregunto cómo puede afectar a la salud mental semejante aislamiento físico y emocional. De qué manera se traducirá en ellas -y en sus cuerpos- la renuncia y el desarraigo a cambio de un salario probablemente injusto.
No hay que irse a Asia. En Madrid, el colectivo madrileño Territorio doméstico, formado por trabajadoras del hogar, los cuidados y el turismo -la mayoría migrantes- cansadas de esperar, hacen performances en la calle a modo de protesta, y cuentan en las letras de sus canciones: "Basta ya de precariedad. Me duele el cuerpo de tanto currar y no tengo un día libre ni para enfermar. Si este curro que hacemos es fundamental, por qué pagan tan mal". Otras letras bromean sobre las limpiadoras automedicadas con paracetamol para aliviarse y seguir. Marga, la portavoz, denuncia que no tienen bajas, ni horas libres para ir al médico, y muchas de estas mujeres comienzan a tener enfermedades crónicas relacionadas con las caminatas, las escaleras cargadas de peso, el estrés, las altas temperaturas y las horas de pie.
Cuando leo comentarios sobre "los migrantes que vienen a quitarnos el trabajo", ese trabajo que nadie quiere, pienso qué sería de nuestro país si se pusieran de acuerdo los colectivos Terroritorio doméstico, Las migrantas, Sindillar, Las kellys, etcétera y organizaran una huelga entre las aproximadamente 600.000 trabajadoras del hogar, de los cuidados, de la limpieza, del sector servicio y hotelero. ¿Qué pasaría con el mundo, si todas decidieran dejar de seguir esperando justicia? Las ciudades se pararían, el caos se adueñaría de los hogares, los trabajos, los supermercados, los hospitales y las calles. La era del turismo se desmoronaría.

Mujeres migrantes con sus hijos en un parque de Nantes. / Reyes Gallegos
¿Qué sería de Hong Kong si las helpers aunties decidieran no ir a trabajar el próximo lunes? El mundo las esperaría a ellas por primera vez, y sería una señal de esperanza.
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