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Opinión | El Lugarico

Sevilla

El Pontifical sin el Papa

El Rey Juan Carlos.

El Rey Juan Carlos. / E.P.

El 2 de junio de 1976 ante el Congreso de los Estados Unidos el Rey Juan Carlos I prometió la instauración de la democracia en España. El anuncio de tal propósito, que lo tenía muy firmemente comprometido consigo mismo desde el largo tiempo de espera hasta convertirse en Jefe del Estado, constituyó realmente el comienzo de la transición política. La noticia dio la vuelta al mundo y a partir de aquel día histórico el papel del Rey empezó a sonar en todas las cancillerías como el motor del cambio en España, lo que sería cada vez más evidente conforme se iniciaron reformas profundas empezando por la destitución de Carlos Arias Navarro como presidente del Gobierno y la designación de Adolfo Suárez.

A lo largo de cerca de cuarenta años este hombre realmente providencial presidió el desmontaje de las instituciones franquistas, especialmente el Movimiento Nacional, y con prudencia se fue preparando el terreno para que un año después se celebraran en España las primeras elecciones democráticas desde 1936. Y tuvieron lugar con la participación de todos los grupos políticos, incluido el Partido Comunista legalizado unos meses antes. Son estas algunas de las razones por las que la transición política en España ha sido puesta como ejemplo en todo el mundo.

Pues bien, el autor intelectual y político de aquella inigualable operación histórica no ha sido invitado a las celebraciones de las bodas de oro de la reinstauración de la Monarquía y ni siquiera ha sido mencionado en las distintas intervenciones de los oradores. Allí, en la primera fila del Congreso de los Diputados, estaban los supervivientes de las Cortes Constituyentes y en la tribuna los ex presidentes de los Gobiernos y de las Cámaras durante el medio siglo que se cumplía. En definitiva, un solemne acto dentro del más exquisito protocolo en el que la figura central de lo que se conmemoraba estaría en todo caso viéndolo por televisión a miles de kilómetros de Madrid.

Frente a su impresionante historial no se ha querido poner en la misma balanza sus servicios a España en momentos de incertidumbre general frente a las amargas páginas de su disoluta vida privada. Y todo ello en un país donde por las mañanas las víctimas del terrorismo se cruzan en plena calle con los asesinos de sus familiares y tienen que ver a sus sucesores sentados en la sede de la soberanía nacional. ¡Qué vergüenza!

Hay una inmensa mayoría de españoles que no ven con buenos ojos la actitud humillante en que se ha dejado a Juan Carlos I, en un país donde ministros y altos cargos han pasado por la cárcel cumpliendo severas condenas y hoy gozan de libertad. Resulta inexplicable y un agravio de difícil calificación que el artífice de aquel pacífico tránsito de la autocracia a la democracia siga manteniendo el castigo de no poder pernoctar en la que fue su casa durante tantos años. La Historia anotará con tinta negra este capítulo de los recientes anales y señalará a sus más directos responsables. Lo que está ocurriendo con el Rey Juan Carlos solo es comparable a que el Papa estuviese retenido en sus habitaciones mientras se celebra en el Vaticano el pontifical de año nuevo.

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