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Opinión | Tribuna

Carlos Estévez

Carlos Estévez

Periodista de investigación- Autor del documental Los silencios del 23F y del libro de reciente publicación Cuando la verdad te alcance: lo que el 23F oculta.

Sevilla

Lo que el 23F oculta

El golpista Antonio Tejero, el 23 de febero de 1981, en el Congreso de los Diputados.

El golpista Antonio Tejero, el 23 de febero de 1981, en el Congreso de los Diputados. / EL PERIÓDICO

El 23 de febrero de 1981 no entendimos absolutamente nada de lo que estaba sucediendo. Ni la torpe actuación del teniente coronel Antonio Tejero, que entró en el hemiciclo del Congreso de los Diputados al frente de doscientos guardias civiles para dinamitar el proceso democrático. Ni el hecho de que el cabecilla del golpe fuera el general monárquico más afín al rey, Alfonso Armada, su confidente hasta unos días antes. Ni el largo silencio de Juan Carlos I en las horas más peligrosas de la intentona militar, cuando, entre otros, el presidente en funciones Adolfo Suárez y los líderes de los partidos de la izquierda parlamentaria, Felipe González y Santiago Carrillo, habían sido tomados como rehenes con serio peligro de sus vidas. Aquel silencio resultó atronador.

Aquel intento de golpe militar estaba condenado al fracaso. Tejero era la persona menos indicada para llevarlo a cabo. Se trataba de un guardia civil muy significado por sus ansias golpistas y con importantes antecedentes en la materia, hecho este que lo convertía en la persona más vigilada por el CESID (Centro Superior de Información de la Defensa). Algunos de sus miembros más destacados supieron utilizarlo como señuelo de una operación que él mismo precipitó y nunca entendió.

El señuelo

Las ansias golpistas de la ultraderecha —militar, económica, mediática y política— con el impulsivo Tejero al frente, serían eficazmente aprovechadas por el general Alfonso Armada para llevar a cabo un contragolpe y «reconducir la situación», tal y como el rey le había pedido. La persona designada para llevar a cabo ese «amago», esa «seria advertencia», esa «asonada militar» o ese «pronunciamiento» —estas eran las palabras utilizadas por los golpistas— fue el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina. Él fue el señuelo utilizado para crear la situación de máximo temor y peligro, y Alfonso Armada la persona que habría de presentarse como la solución al problema creado. Para ello nadie más idóneo que aquel teniente coronel tenido por un golpista compulsivo, temperamental y un tanto histriónico. ¿Quién mejor que él para provocar el caos? ¿Y quién mejor que el general Armada para domar a la fiera y devolverla a su jaula ante el aplauso de los temerosos diputados? Finalmente, la democracia habría triunfado.

La 'Operación Armada'

Para evitar un verdadero golpe de Estado, se recurre a un autogolpe con la finalidad de constituir un nuevo Gobierno con el apoyo de los principales partidos políticos. Un ejecutivo presidido por un general y con presencia militar en otras carteras. Un intento extremadamente peligroso, llevado a cabo por personas afines al rey Juan Carlos con la intención de poner límites al desarrollo democrático en España y salvar a la Corona. Estamos hablando de militares, periodistas, banqueros, empresarios y políticos que colaboraron para poner fin al mandato del presidente del Gobierno Adolfo Suárez, estableciendo unos límites al proceso democrático acordes con la monarquía. Todo ello, como ha dicho el periodista Jesús Palacios, a través «de un amago, que hiciera reconsiderar a la totalidad de la clase política su frívola actuación». Lo que se buscaba, a juicio del historiador Juan Francisco Fuentes, era «crear una inercia imparable que arrastrara a la Corona y obligara al Rey a sancionar una «solución Armada», un «golpe de timón» o una «Operación De Gaulle». Había que dárselo hecho».

El factor humano

El imprevisible factor humano transformó los planes de los golpistas y el contragolpe en un completo fracaso, aunque no impidió que finalmente se pudiera llevar a la práctica una «democracia recortada», los cimientos reales sobre los que finalmente se asentaría el sistema político que ahora tenemos.

Si Tejero no hubiera entrado a tiros en el hemiciclo del Congreso, dando rienda libre a sus emociones (en contra de lo que se le había ordenado); si el coronel San Martín (cabecilla del golpe duro) no hubiera hecho regresar a Madrid al general que mandaba la División Acorazada; o Sabino Fernández Campo no hubiera impedido la entrada del general Armada en la Zarzuela, aquel golpe militar hubiera triunfado y, muy posiblemente, el Ejército franquista hubiera tomado las riendas del país, tal y como Franco les había pedido, para «preservar la unidad de España». El rey Juan Carlos se vería entonces en la difícil tesitura de tener que abandonar el país o admitir una solución militar de muy difícil justificación.

El 23f fue una carambola política-militar de gran riesgo que fue abortada por el propio Tejero, impidiendo la entrada del general Armada en el hemiciclo para proponerse como presidente de un gobierno de salvación nacional que contaba con el apoyo de no pocos diputados allí presentes, tanto de derechas como de izquierdas. Tejero, con su acción, desbarató los planes previstos. Muchos años más tarde, el teniente coronel golpista, en unas declaraciones al diario El Español, se atribuye el mérito de desbaratar la «Operación Armada»: Yo al rey Juan Carlos lo jodí vivo: él tenía preparado con Armada un gobierno a su gusto.

El frustrado intento de golpe militar del 23f no hubiera sido posible sin el cerco al que se vio sometido el gobierno por gran parte de los partidos políticos de la oposición, debilitándolo hasta el extremo de manejarse soluciones difícilmente constitucionales para echar de la Moncloa a Adolfo Suárez, un presidente legítimamente elegido en las urnas. Algo que iba a ser oportunamente aprovechado por los sectores más involucionistas de la sociedad española con el fin de azuzar a los militares golpistas para intentar derribar el sistema político utilizando la fuerza de las armas. Esto es lo que se ha pretendido ocultar tras el 23f.

Lo que el 23F oculta

Lo que se esconde tras los hechos del 23F y le fue ocultado a todos los españoles, fue la conspiración que lo hizo posible, tras la que se encuentra el temor del rey a que Suárez pudiera llevarse por delante la monarquía; la connivencia de los partidos de la derecha franquista con determinados militares para reconducir el país utilizando la fuerza de las armas; la enorme prisa de los socialistas por ocupar la presidencia del Gobierno en un momento particularmente delicado en el que lo que se pedía era unir fuerzas ante el peligro de involución política; la sed de poder de los grupúsculos democristianos, liberales y socialdemócratas que formaban la UCD; el trabajo en la sombra de los equipos de inteligencia para desarticular un golpe duro; la trama civil, de empresarios, banqueros, políticos y periodistas —sin olvidar a la Iglesia, tan en contra de la ley de divorcio—, o al gobierno de los Estados Unidos que quería sacarse de encima a Adolfo Suárez por representar un obstáculo para la entrada de España en la OTAN, tal y como nos exigían. Y a pesar de lo que diga la «historia oficial» y todos sus intoxicadores, la actitud de gran parte del Ejército, que presionaba una y otra vez para que en España se produjera un proceso involucionista, influido por la ultraderecha, en un clima de terrorismo, de inestabilidad económica y de creciente pulso al Estado desde las llamadas nacionalidades históricas, que, en opinión de los militares, podían poner peligro la unidad de España. Con ese caldo de cultivo el golpe estaba servido.

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