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Opinión | 28F

Daniel Valdivia

Daniel Valdivia

Profesor de la Universidad Pablo de Olavide.

¿Quién piensa en Andalucía cuando solo la celebramos?

Falete clausura con un concierto el Día de la Bandera en Alcalá de Guadaíra.

Falete clausura con un concierto el Día de la Bandera en Alcalá de Guadaíra. / Europa Press

Cada día de Andalucía hay una escena que se repite en los centros educativos de nuestra comunidad. Es imposible no recordar con alegría aquellos días cercanos al 28 de febrero, cuando tocábamos el himno con la flauta y desayunábamos el mollete andaluz con aceite y azúcar para celebrar el día de Andalucía. Es fácil sonreír ante un repertorio que funciona, moviliza y genera un clima de pertenencia; sin embargo, precisamente por lo bien que funciona, debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿qué tipo de identidad andaluza estamos enseñando cuando la escuela explica Andalucía sin narrar las conquistas del pasado ni los desafíos del presente?

Eso es lo que sugiere el estudio publicado en la Revista CENTRA de Ciencias Sociales. La conclusión principal no es que no se enseñe Andalucía, porque sí se enseña. La identidad andaluza aparece con fuerza en la escuela, de manera cotidiana en la forma teorizada por Michel Billig en el clásico Nacionalismo Banal (Capitan Swing, 2014); el problema radica en que los elementos centrales de la construcción de Andalucía en la escuela se enmarcan en el plano cultural, del flamenco a la gastronomía pasando por las tradiciones, mientras que figuras fundamentales como Blas Infante, hechos históricos vinculados al proceso autonómico y los problemas estructurales de nuestra tierra quedan en la periferia.

Animo a quienes lean estas palabras a preguntar a las personas jóvenes de su entorno por Blas Infante. Las veces que lo he hecho, el silencio ha sido la respuesta unánime. El olvido del padre de la patria andaluza no es el único, sino que va acompañado del de Caparrós, de la Desbandá o de la emigración del pueblo andaluz durante el franquismo. En conjunto, encontramos silencios ensordecedores para la construcción de la memoria colectiva de Andalucía.

Nadie duda de que nuestra cultura es el vivo reflejo de la vida buena, pero debería ir siempre acompañada del recuerdo de lo que fuimos, si de verdad queremos volver a serlo, como cantamos a pulmón en nuestro himno

Ante este escenario, resulta imprescindible preguntarnos qué significa ser andaluz. Este sábado, las redes sociales y las calles se volverán a llenar de andaluces y andaluzas celebrando su pertenencia a Andalucía, formada por un crisol de estampas entrañables de las que nos sentimos profundamente orgullosos. Nadie duda de que nuestra cultura es el vivo reflejo de la vida buena, pero debería ir siempre acompañada del recuerdo de lo que fuimos, si de verdad queremos volver a serlo, como cantamos a pulmón en nuestro himno.

Con este fin, es indudable que la educación desempeña un papel fundamental. La cultura andaluza no nació por inspiración divina, sino que surgió para hacer frente al hambre de pan y al hambre de tierra -como explicó en su tesis doctoral mi estimada Rosalía Martínez hace más de 30 años- de un pueblo que se levantó para pedir autonomía, tierra y libertad aquel 4 de diciembre. Andalucía se vive, se reconoce, se siente, se celebra, se conmemora con hasta dos días nacionales, se añora, se canta y hasta se come, pero ya no recuerda cómo lo logró ni todo lo que queda pendiente.

Antes de la autonomía nos preguntábamos quién pensaba en Andalucía cuando los acomodados miraban a Madrid y los pobres a Barcelona; hoy toca recuperar aquella reflexión. Si los mayores han perdido la memoria y los jóvenes no conocen su historia, ¿quién va a pensar en Andalucía?

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