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Opinión | La ciudad en la mirada

Sevilla

La cultura de los cuidados, patrimonio inmaterial del pueblo andaluz

Imagen de una calle de Andalucía con los contraste de sol y sombra.

Imagen de una calle de Andalucía con los contraste de sol y sombra. / Cristina Vicente Gilabert

La cuestión de la identidad, y en particular de la identidad de los pueblos, ha sido ampliamente estudiada, debatida y cuestionada desde foros y disciplinas muy diversas. A lo largo del tiempo, su comprensión ha transitado desde una concepción romántica, más estática y simplificada hacia una mirada contemporánea más dinámica y compleja.

¿Cuál es la verdadera identidad andaluza?

En occidente, la idea romántica de la identidad apelaba a una realidad inmutable, guiada por el inmovilismo de lo intrínseco. Nacía, por tanto, de interpretar los lugares desde la pureza y la singularidad; desde el hito y la búsqueda del alma única de las cosas. Esta idea de identidad estaba muy relacionada con el paisaje, que se entendía como un escenario o un telón de fondo pintoresco y nostálgico. Por eso, a esta supuesta esencia se accedía la mayoría de las veces desde lo visual y se apreciaba en lo simbólico y lo estético.

Por su parte, la idea más contemporánea de identidad rompe con esa rigidez romántica para entenderla como un proceso abierto y en constante construcción. Esto implica una lectura de los lugares más dinámica, más cohesionada y menos marcada por hitos narrativos y espaciales, pues fomenta atender a otras cuestiones que tienen más que ver con cómo funcionan las cosas que con lo que aparentan ser. De este modo, el propio paisaje deja de ser entendido como un escenario estático y pasivo, para convertirse en una forma de habitar.

La idea más contemporánea de identidad rompe con esa rigidez romántica para entenderla como un proceso abierto y en constante construcción

Uno de los riesgos de interpretar la identidad desde una visión exclusivamente romántica, –algo que resulta tentador y que por desgracia sucede frecuentemente– es la de quedarse en la capa superficial de las cosas. La consecuencia directa de caer en esta simplificación es alimentar los clichés y lugares comunes, que no hacen más que devaluar la riqueza cultural de los lugares. Otro riesgo, más peligroso aún, es el de convertir la identidad en un arma de doble filo al servicio de intereses particulares. Porque la identidad se puede usar como mecanismo atractor de lo diferente cuando interesa, como es el caso del turismo, pero también como barrera frente a lo diferente cuando deja de interesar. Y esto es bastante peligroso porque el resultado es la exclusión social.

La noción contemporánea de la identidad viene a abrir la puerta a formas más amplias y diversas de entender la cultura de los lugares, sin que esto implique ni mucho menos destruirla. Se trata más bien de profundizar en cuestiones de fondo, nutrirla y hacerla más rica y evolutiva, asimilando que las circunstancias cambian y con ellas, la idea de identidad. Gracias a esta perspectiva se pueden incorporar al debate sobre la identidad aspectos antes relegados, como son las formas de convivencia, las prácticas cotidianas, los vínculos sociales o los cuidados. En definitiva: lo relacional.

La noción contemporánea de la identidad viene a abrir la puerta a formas más amplias y diversas de entender la cultura de los lugares, sin que esto implique ni mucho menos destruirla

El caso es que en Andalucía, una vez superada esa visión romántica cargada de estereotipos de postal que ya sobradamente conocemos y que no voy a traer a este texto, encontramos una de las expresiones más profundas de esa identidad, precisamente, en lo relacional. No como tópico cultural, sino como una forma histórica de habitar el territorio. Quizás el clima como facilitador, unido a la configuración de los espacios urbanos y la propia arquitectura, han favorecido una cultura que se desarrolla hacia el exterior: la calle como extensión de la casa, las plazas como lugar de permanencia, los balcones como elementos de comunicación con el exterior, etcétera. Esta identidad basada en lo relacional es, en el fondo, una identidad basada en los cuidados. Y es que al final, un banco con vecinas compartiendo pestiños al caer la tarde habla más de Andalucía que el mayor de los monumentos, porque es la expresión cotidiana de una cultura que entiende la vida como algo compartido.

Sin embargo, esta cultura de los cuidados, desde ahora patrimonio inmaterial del pueblo andaluz, no corresponde exclusivamente a las personas que habitan este territorio. Cuidar puede hacerse a todas las escalas. Cuida una vecina que riega las plantas, pero también cuidan las instituciones, y esto no debemos olvidarlo. Y las instituciones cuidan cuando garantizan las condiciones que permiten vivir con dignidad, cuando diseñan ciudades habitables que favorecen esas relaciones, o cuando velan por el respeto del medio ambiente. También cuidan cuando invierten en educación pública de calidad, en sanidad y en políticas de dependencia y conciliación, o cuando evitan que el talento joven tenga que marcharse para encontrar oportunidades fuera de esta tierra. Todo eso también es proteger la verdadera identidad andaluza.

Feliz día de Andalucía

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