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Opinión | El lugarico

La virreina de Sevilla

Cayetana Fitz-James montada en su poni 'Tommy' y pintada por Ignacio Zuloaga

Cayetana Fitz-James montada en su poni 'Tommy' y pintada por Ignacio Zuloaga / Marina Casanova

Querida y admirada Cayetana: en otro tiempo podrías haber sido virreina de Sevilla al igual que algunos de tus antepasados lo fueron de Nueva España o del Perú. Bien es verdad que tu virreinato sevillano, renovable por primaveras, solo duraba desde que despuntaba el azahar en los naranjos hasta que los primeros calores te invitaban a trasladarte a San Sebastián y luego a Marbella. Era un virreinato oficioso que toda la ciudad te reconocía junto a tus cuarenta títulos nobiliarios, catorce de ellos con grandeza, y otros de resonancia histórica como Berwick o como el que más le gustaba imprimir en sus tarjetas a Jesús Aguirre: conde-duque de Olivares.

Pero tu virreinato, con su pequeña troupe cortesana, era imbatible en los días más luminosos de Sevilla pese a tus quejas al alcalde por haber podado las enredaderas del Callejón del Agua o por diezmar la población de palomas omnipresentes en todas las calles y parques urbanos.

Ni la edad, ni el cansancio ni las recomendaciones del médico te impedían estar en todas partes ejerciendo de virreina; lo mismo presidiendo un rastrillo benéfico que asistiendo en la Academia al tostón de aquella diaria conferencia que, como alguien dijo, a las siete de la tarde o la das o te la dan. Y a continuación la cena en el Alfonso y recaudar fondos para alguna de las asociaciones de enfermedades raras que presidías. La señal de que un evento había sido un éxito estaba medido por la presencia de la muy sevillana virreina sin nombramiento oficial.

Y, cómo no, los almuerzos con la flor y nata de la sociedad en el comedor de arriba presidido por el gran cuadro de la emperatriz Eugenia de Montijo, tu tía abuela granadina alguna vez retratada en el huerto claro de Dueñas donde madura el limonero. Porque toda tu vida, querida Tana, se resumía en los recuerdos de un patio sevillano con ecos antiguos de Antonio Machado. Dueñas, en la primavera florecida, era la misma antesala del paraíso.

Esta semana Su Majestad el Rey Felipe VI (q. D. g.) ha inaugurado la Exposición que conmemora tu centenario, impresionante repertorio de una vida rica en sensibilidades que acerca al visitante la personalidad de una mujer tan singular y tan querida en Sevilla, que muy posiblemente esa exposición no podía haber tenido mejor escenario. Eugenia, duquesa de Montoro, y Cristina Carrillo de Albornoz han hecho en Dueñas una bellísima obra de arte para compendiar una larga vida que no cabe en los confines del tiempo.

En esos salones donde todavía resuenan los taconeos de Antonio el Bailarín y de Enrique el Cojo, ante la mirada absorta de Jacqueline Kennedy y de la princesa Grace de Mónaco; de Luis Miguel Dominguín y de Pepe Luis Vázquez, del doctor Fleming o del avvocato Agnelli que siempre exclamaba: no hay jardines más bellos en el mundo que los de esta casa sevillana.

Te recuerdo, María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y de Silva, en cada rincón de esta exposición primorosa y brindo en recuerdo de las buenas sobremesas conversando en las reuniones de amigos con la siempre impertinente pero educada sabiduría del reverendo Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, conde-duque de Olivares para sus tarjetas de visita y amigos de ocasión. Ave, virreina de Sevilla.

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