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Opinión | Cuaresma 2026

José María Moriche

Sevilla

'De mi vida Señora' a 'Silencio blanco'

El Cristo de las Tres Caidas de la Hermandad de la Esperanza de Triana

El Cristo de las Tres Caidas de la Hermandad de la Esperanza de Triana / Eduardo Briones / Europa Press

Aún recuerdo aquel chiquillo que correteaba por la sacristía de nuestra capilla mientras que su padre y otros hermanos se afanaban en montar los pasos y preparar lo que ya era inminente. Pepe San Román, Juanma, Julio, Pepe G Suarez, Juani Arenas… son tantos los nombres que no podría nómbralos a todos. La Hermandad lo era todo y ellos lo daban todo por ella.

Nunca podré olvidar aquellos años de mi infancia y mi juventud cuando todo giraba en torno a la hermandad, y el cariño con el que se me acogió en el grupo joven.

Fueron años en los que se me enseñó lo que era vivir en Hermandad, Luis, Alfredo, Pepe … y esas tardes con mi tito Manolo y mi primo Carlos, cuando nos quedábamos solos en la capilla, y que me enseñaron lo que ahora intento enseñar a las generaciones que se acercan por primera vez a la Hermandad.

Ese chiquillo que soñaba desde pequeño con poder ser compañero de su padre bajo las trabajaderas de Nuestro Señor, cuando ser costalero no era una moda sino un sacrificio, ese chiquillo que se hizo mayor entre las dependencias de la capilla y jugaba a ser costalero sin aun llegar al palo cuando Jesus nos dejaba meternos debajo, ese chiquillo al que un día le sonó el teléfono del salón de su casa y que su madre contestó:

-Sí, dígame.

-¿Está Moriche?

-Sí, te lo paso, pero el padre no, el niño.

-Jose, para ti.

-¿Quién es?

-No me lo ha dicho.

Al otro lado estaba Juan Borrero: "Niño, vente pal tallé que tengo que hablar contigo". Se me cayó el teléfono de las manos: “Papá, papá que ma llamao Juan, voy corriendo pa la calle Pureza". Y al fin esas palabras esperadas: "Niño hay hueco en sexta, vente a la capilla pal ensayo el sábado”.

Se cumplía un sueño, fueron semanas de ensayos y nervios en los que, desde primera hora, era uno más, ni nuevo ni viejo, simplemente eso, uno más de la cuadrilla y así me lo hicieron sentir todos, eso sí, pendiente mía y aconsejándome en todo momento.

"Se cumplía un sueño, fueron semanas de ensayos y nervios en los que, desde primera hora, era uno más, ni nuevo ni viejo, simplemente eso, uno más de la cuadrilla"

Llego la Madrugá soñada y Salvador me dijo dónde me tenía que meter. Si yo era un flan mi padre lo era más todavía. "Niño, al final de Reyes Católicos llegando a San Pablo". No me puedo ni imaginar lo que tuvo que sentir mi padre al poder compartir con su hijo ese momento.

"Niño, la ropa, niño, la faja, niño, antes de meterte en el palo, sácate las arrugas, niño ¿vas bien?”. En ese momento se escucha: "Viejo, deja ya al niño que estamos nosotros al lao". Era la voz del Vuelta, a la que lo acompañó la del Nene: "Que pesao ere, Viejo. Deja al niño tranquilo".

Llegó el momento y suena el martillo. No podré olvidar nunca ese sonido ni esas palabras de Salvador "Quesada, que voy a llamar…" Otro golpe de martillo y se levanta el Señor. No sabría describir lo que sentí en ese instante, de repente Julio con su corneta marca la marcha y tras varios compases de tambor empieza a sonar De mi vida Señora, Valenzuela empieza a mandar los cambios y entre el sudor, el esfuerzo y el crujir de las maderas uno llega a entender lo grande que es ser costalero de tu Cristo.

He tenido la suerte de vivir momentos inolvidables que se quedaran para siempre en mi memoria, de trabajar con gente a la que considero mis hermanos, que me lo han dado todo en los momentos buenos y, lo que es más grande, en los malos, de compañeros que me enseñaron lo que es el mundo del costal y sobre todo que hay que estar siempre a tu lado, tanto dentro como fuera de ese mundo, pero más aun ha sido la suerte de poder transmitirle yo a sus hijos eso que ellos me enseñaron a mí.

Empieza a sonar De mi vida Señora, Valenzuela empieza a mandar los cambios y entre el sudor, el esfuerzo y el crujir de las maderas uno llega a entender lo grande que es ser costalero de tu Cristo

Cuando ya está todo, o casi todo, vivido, llega el momento de la retirada, llega ese momento en el que nunca piensas, o no has querido pensar, llega esa última chicotá y cuando crees que ya está todo acabado y no puedes sentir más emociones, tu banda, tu novena trabajadera, te hace, sin saberlo, el mejor regalo imaginable: empieza a sonar tu marcha, la marcha que lo cambio todo, la marcha que nunca pudiste trabajar con tu padre, suenan los sones de Silencio blanco, estás dentro de la capilla en lo que es tu última mano y se te cae el alma.

Han sido 30 años siendo sus pies y no sé lo que pasara esta Madrugá cuando ya no lo sea, lo que sí sé es el amor y el cariño que me llevo de todos y cada uno de mis hermanos, desde mi Foncu a mi Agu, ahí sabéis que cabéis todos: a los niños de la hermandad que me acogieron siendo un crío, y a todo aquel que me ha querido desde que empecé siendo el niño” hasta que terminé siendo el viejo.

Os quise, os quiero y os querré.

Y al igual que empezó todo, también se termina, Paco da un último golpe de martillo, abajo con Él. Y ese sonido se queda grabado en mi mente para siempre, al igual que en esa Madrugá en el que lo oí por primera vez.

Ahí queó Triana.

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