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Opinión | A compás

Miguel Camacho, un mesías del "fuego sagrado del flamenco"

Miguel Camacho en el podcast 'Fatiguitas'

Miguel Camacho en el podcast 'Fatiguitas' / Sara Arguijo

Aún no me creo que no vayas a leer esta columna y a responderme con uno de tus alentadores mensajes que me invitaban siempre a seguir adelante porque, me dijiste en uno reciente, "hace falta tu voz en este océano de silencios".

La tuya Miguel, tan clara, firme y certera, te la quiso arrebatar la maldita enfermedad, pero supiste encontrar la manera de alzarla a través de las redes, o así en bajito, para defender aquello en lo que creías y por lo que luchaste sin descanso. Una Andalucía libre, un mundo sin guerra, una educación inclusiva y universal, un sistema público digno, una sociedad más humana e igualitaria, un flamenco unido y hospitalario donde quepamos todas y todos... A ver quien puede competir con este legado de compromiso, pasión, generosidad, perseverancia y lucidez.

En estos tiempos de apatía, pereza, desconfianza y desilusión, Miguel Camacho, impulsor de la Unión de Peñas Flamencas de Sevilla, docente durante casi cuatro décadas, político, andalucista y aficionado al flamenco, a la lectura, a los viajes y a la vida, vino aquí a demostrarnos lo que advertía el filósofo Noam Chomsky en una entrevista reciente: "Si asumes que tienes libertad y que se pueden cambiar las cosas, podrás crear un mundo mejor".

Recuerdo cómo le ponías el acento a las palabras importantes cuando nos recordabas, sobre todo a los más jóvenes, la necesidad de seguir peleando y no dar las batallas por ganadas, ni por perdidas.

De hecho, Camacho no era un idealista ni un buenista sin filtro. Fue más bien un hombre de firmes convicciones, valiente y machacón que, con la pericia de un alquimista, trabajaba para elaborar un antídoto para cada derrota. Convencido, eso sí, de que las barreras sólo se rompen si empujamos juntos, codo a codo.

Miguel Camacho en el podcast 'Fatiguitas'

Miguel Camacho en el podcast 'Fatiguitas' / Cedida

Lejos de sumarse a la queja, el debate estéril y la crítica nostálgica que invade a la afición jonda, Miguel prefería proponer proyectos, apostar por nuevas ideas, apoyar iniciativas ajenas, reclamar mejoras en los despachos de los que mandan, practicar la autocrítica y acudir donde olía gente talentosa e inteligente con algo que enseñarle. En definitiva, poner soluciones donde otros excusas. La mano donde otros la envidia.

Si algo mantenía a este activista en pie de guerra era su sincera y profunda esperanza en el ser humano y en el poder del pueblo. Él, que ya con quince años cogía varios autobuses para ir a La Corchuela a dar clases a niños que no tenían colegio, confiaba en que ofreciendo las herramientas necesarias se pueden construir sociedades más justas. Como creía en el diálogo y el consenso como camino para la concordia. O en que se pueden confrontar ideas desde el cariño y la escucha.

Camacho no era un idealista ni un buenista sin filtro. Fue más bien un hombre de firmes convicciones, valiente y machacón que, con la pericia de un alquimista, trabajaba para elaborar un antídoto para cada derrota. Convencido, eso sí, de que las barreras sólo se rompen si empujamos juntos, codo a codo.

Perdonen que vuelva a la primera persona, pero, por si acaso te llega este artículo, quería contarte que me ha escrito por Instagram un tal Víctor para trasladarme su tristeza porque "uno de los profesores que más admiro se ha ido". Por lo visto fue alumno tuyo de Historia del Arte en el IES Llanes y fue a Venecia contigo. Me cuenta que tiene "unos recuerdos tuyos preciosos" y que su clase "te echará siempre de menos".

Recientemente señalaste que es "la gente sencilla y los gestos (in)significantes donde está la vida" y no sé hasta qué punto eras consciente de la huella imborrable que has dejado en amigos, alumnos, compañeros de la política, la educación, la cultura y el flamenco que te han llorado estos días.

"A mí, que entré al flamenco por la puerta de atrás, siempre me habían advertido contra los peñistas y esa especie de logias masónicas en las que te podían crucificar por sacar un poco el pie fuera del tiesto. Pero cuando quise acercarme de verdad al flamenco y al mundo de la afición Miguel Camacho fue una de las personas que me tendió su mano y desmontó rápidamente todos esos prejuicios. Con su vocación de maestro, su vitalidad y su mente abierta era un motor imprescindible (e ineludible)", escribía el bajista de Frente Abierto y Orthodox, Marco Serrato, coincidiendo con tantos que encontramos en ti una mirada cómplice y unos brazos acogedores.

Desde luego, luces con honor el apelativo de "cabal" que te dedicó el compañero Kiko Valle en su obituario y que encierra valores de los que presumimos en lo jondo. Cabal es el honesto, el responsable, el serio, el luchador y el entusiasta. Y en esto has sido un referente.

Con un pedigrí como el tuyo, bromeaba para picarte sobre lo cansado que era ser un buen flamenco. Te has ido con el carné de socio de seis peñas flamencas. Entre ellas la de Torres Macarena, tu segunda casa; La Bambera, a la que te sumaste enseguida pese a que algunos la miraran con recelo; Aires flamencos, donde pusiste en marcha un cinefórum del que te sentías tan orgulloso. O El Carbonerillo, donde respirabas el ambiente familiar que cuesta tanto conservar en esta ciudad gentrificada.

"Si hay un ADN que define una peña de una institución cualquiera es que tiene un compromiso por divulgar el flamenco", sostenías con ahínco en la entrevista que concediste al podcast Fatiguitas, en la que, como un mesías, transmitiste "el fuego sagrado del flamenco". Ése que a ti te encendía y te servía de aliento. Fue inevitable acordarme de lo que hubieras disfrutado este viernes con el desparpajo de Alberto Sellés y el arte de Miguel Ángel Heredia, Manuel Pajares y Juan Anguita en la Torres Macarena.

Vídeo | Alberto Sellés en la peña Torres Macarena

Alberto Sellés en la peña Torres Macarena / El Correo

Sevilla te deberá el resurgir del peñismo jondo que auspiciaste cuando todo el mundo daba la fórmula por perdida. También el amor que has contagiado por un arte que nos recuerda lo importante. Tu apoyo incondicional a los artistas jóvenes. Y, cómo no, el haber puesto de acuerdo a flamencos (y a políticos) ¡con lo difícil que es esto! Pero, más allá, perdemos a un hombre necesario, de impulso inagotable y optimismo invencible, y a un amigo auténtico. Gracias Miguel.

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