Opinión

Escritora
Mariposas y respiraderos

Cuadrilla del paso del Santísimo Cristo de la Exaltación / El Correo
Cambiar la bolsa de cuerdas en la que guardaron el costal, las zapatillas y la faja por el traje será lo más difícil. Quedará como legado para los que vengan pidiendo hueco, como ellos hicieron en su momento, cuando a través de alguien que conocían llegaron a la Hermandad a pedir sitio. Les empezaban a revolotear las mariposas solo de pensar que sus nombres, apuntados por el listero, sonasen alguna vez en la igualá cada vez más numerosa, donde el patrón enumeraría a aquellos los elegidos para la cuadrilla de la gloria. Otro año será. Y os marchábais sabiendo que el capataz sabía que habíais estado y que estaríais hasta que llegase vuestro hueco.

Costaleros de la Trinidad ajustándose bien el costal antes de meterse bajo el paso. / J. M. Paisano
Serán esas historias de costaleros que nunca dejarán de serlo las que les aliviarán unos kilos que pesarán menos que los años, cuando les pidan que esa voz de la experiencia les hable de capataces, de cuadrillas, que les lleven a los ensayos, que les presenten al contraguía y les expliquen a hacerse la ropa con maestría, como un traje a medida, con la precisión exacta.
Les empezaban a revolotear las mariposas solo de pensar que sus nombres, apuntados por el listero, sonasen alguna vez en la igualá cada vez más numerosa, donde el patrón enumeraría a aquellos los elegidos para la cuadrilla de la gloria
Con ellos aprenderán a dejarse ver, a convidar, a ser convidado, a respetar, a saber ser uno más, oyendo historias de salidas valientes, percances con los cables, avenidas populosas perfectas para el lucimiento, calles estrechas y suelos difíciles que curten bajo los palos y sobre los pies al compás de la marcha, con el corazón en la cintura.
Y será difícil no asomarse a esa otra Sevilla que se muestra a través de los respiraderos, entre el silencio, la niebla del incienso, el jolgorio, los aplausos y las saetas mientras cruje la madera y los cuerpos se vienen arriba al tercero de martillo.
¡Al cielo! grita el capataz y las mariposas se revuelven por entre los zapatos fijos sobre los bordillos, las mismas que ayer revoloteaban sobre un cielo de costales blancos bajo la zambrana, mientras la voz de aquel costalero que fue le va taladrando por dentro recordándole lo lejos que queda aquella última chicotá tan reciente que todavía le quema en el cuello. Una voz que solo él escuchaba enterrado en kilos, de aquellos a los que quiere, de aquellos a los que añora y de aquellos de los que aprendió ese compañerismo de cuando la calle viene mala o la cuesta empieza encadenando marchas, entre el público que se debate entre la emoción y la expectación.
¡Al cielo! grita el capataz y las mariposas se revuelven por entre los zapatos fijos sobre los bordillos, las mismas que ayer revoloteaban sobre un cielo de costales blancos bajo la zambrana
Esa voz fue la que les marcó el camino cuando llegó la difícil hora de irse antes de que lo hiciera la trabajadera y así, darle paso a la trasera, a esa gente joven que llega empujando deseando ser uno de ellos cuando entra la cofradía y se quedan vacíos por el esfuerzo pero llenos en el alma, con el mensaje del capataz de agradecimiento y orgullo latiéndoles en el corazón, donde quedará para siempre como el frío del zagüan donde se fajaban, aquel clavel rojo del friso del paso de misterio para su madre, para su amiga, para su novia, la rosa de las jarritas de palio o el cuadrante de relevos arrugado por el sudor, como las coordenadas de una ruta pasional o un poema de amor escrito en idioma único; Sindicatos, Cortefiel, Rayas, Catunambú...

Ventana de Mariano Camacho. / El Correo
Cuando llega el ahí queó definitivo, aquellos costaleros enrollarán el costal para siempre lleno de mil historias que compartirán en cualquier bar, cuando se reúnan para ir al retranqueo, a la mudá o al ensayo sin tener que sufrir por la coincidencia del trabajo. Dentro llevarán contrastes de sol y nubes, faldones levantados, pétalos de rosa muriendo en los charcos, candelabros de cola cimbreando al azul radiante, lirios bajo pies descalzos, cruces al hombro, manos cautivas, miradas de misericordia, los pies de la cruz, la corona de espinas. Los romanos, el olivo, el techo de palio, hasta el swing de Silvio.
Cuando llega el ahí queó definitivo, aquellos costaleros enrollarán el costal para siempre lleno de mil historias que compartirán en cualquier bar, cuando se reúnan para ir al retranqueo, a la mudá o al ensayo
Será difícil, pero seguirán andando sobre los pies, a paso racheao, con levantás a pulso aliviao. Lo harán mirando al suelo con ese pellizco doloroso de nostalgia y resignación, viendo a las mariposas que se escapan por los respiraderos, los faldones, la mano agarrada al zanco o el patero llamándose, oyendo su voz y la voz del capataz, como siempre ocurrirá.
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